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El verdadero objetivo del 25S: un proceso constituyente

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Protestas del 25S. Foto: cineypoesia.

Como era de esperar, el nivel de movilizaciones en España ha vuelto a incrementarse después del parón veraniego. Esta vez la efervescencia social que comenzó con el 15M ha cristalizado en una serie de manifestaciones en los alrededores del Congreso que desde el 25 de septiembre han sacudido la capital de España.

A pesar de un cierto descenso en el número de manifestantes a causa de las reticencias sobre una protesta que apuesta por la desobediencia civil pacífica, el 25S ha sido todo un éxito, y ha logrado una gran cobertura mediática tanto en nuestro país como en el extranjero. Pero por desgracia esta enorme atención informativa se ha centrado casi en exclusiva en la represión policial y la respuesta violenta de algunos manifestantes, olvidando lo más importante: que esta protesta es radicalmente distinta en sus fines y concepción a las últimas manifestaciones vividas en nuestro país, ya que no busca parchear nuestro sistema político, sino rehacerlo de arriba a abajo.

Sin duda, el hecho de que el Gobierno de Rajoy opte por esconder la cabeza y recurrir a la fuerza bruta para acallar a una ciudadanía crítica es totalmente deplorable. En los últimos días han corrido ríos de tinta denunciando el salvajismo de una represión policial indiscriminada. Pero este lamentable hecho no debe hacernos olvidar las cuestiones de fondo que están detrás de las protestas. Si dejamos de ver las manifestaciones como un medio para pasar a verlas como un fin, somos nosotros, los ciudadanos, los que habremos perdido.

¿Qué es lo que ha hecho de estas manifestaciones un punto y aparte frente a movilizaciones pasadas?

Para empezar, y al contrario que durante los primeros días del 15M, la ciudadanía ya no está reclamando mejoras puntuales en nuestra democracia u oponiéndose sin más a los recortes de Rajoy (como algún medio ha querido hacernos creer). Ahora la contestación contra nuestro sistema político y económico va más allá. Y es que la poca efectividad del movimiento de los indignados, que desde su respetuoso civismo no ha logrado que el poder político cambie una sola ordenanza municipal, ha supuesto que mucha gente sea ahora consciente de los límites de un sistema incapacitado para canalizar las ansias de participación de la población.

En época de bonanza los españoles parecieron olvidarse un poco de la política. Pero una vez que nuestro Gobierno perdió la independencia por culpa de la crisis para someterse a los dictados del lobby neoliberal, cada vez más personas son conscientes de hasta qué punto la democracia de la que disfrutamos en España excluye al pueblo a la hora de tomar decisiones de calado. La idea de que las élites viven alejadas de la realidad de los españoles de a pie está cada vez más extendida.

Este nivel de desconexión se ha visto claramente en la reacciones del Gobierno frente a las protestas del 25S. Este martes Cristina Cifuentes encendía los ánimos de todos los españoles pidiendo la "modulación" del derecho de manifestación. Y el presidente Rajoy, lejos de ser comprensivo con las quejas y demandas de los manifestantes, solo se ha referido a estos para hablar de la "mayoría silenciosa" que supuestamente apoya sin grandes estridencias la acción del gobierno. Una mayoría silenciosa que carece de otros cauces para expresarse más allá de las elecciones, y que incluso llegadas éstas es posible que se quede de forma masiva en casa, vistas las previsiones de un 47,2% de abstención de un reciente sondeo. La ciudadanía española ya no cree que su voz cuente.

Esta desafección tiene una consecuencia devastadora: la credibilidad de nuestras instituciones está en caída libre. No se libra ninguna: los españoles ya no confían en una monarquía privilegiada, en un poder judicial fuertemente ideologizado, en unos partidos completamente faltos de democracia interna o en unos políticos que una vez ganadas las elecciones renuncian a su programa para llevar a cabo políticas impuestas por otros actores.

Hemos llegado a tal punto que incluso el pueblo catalán empieza a plantearse seriamente su separación del Estado español.

¿Existe alguna salida a esta situación?

La solución a este desolador panorama es clara para muchos: no basta con parches o reformas puntuales, sino que es necesario rehacer de arriba abajo nuestro Estado contando con la colaboración de todos, para que no sean los propios gobernantes los que establezcan las reglas que regularán y limitarán su ejercicio del poder.

Por eso nuevas movilizaciones como el 25S están reclamando un nuevo pacto social que parta de toda la ciudadanía y que dé pie a una nueva organización de las instituciones y los equilibrios de poder. Y esta nueva organización solo puede venir a través de la elaboración de una nueva Constitución.

Esta propuesta de cambio profundo es vista con recelo por algunos políticos y tertulianos, que no dudan en tachar de golpistas a aquellos que defienden una redefinición colectiva de nuestra norma fundamental. Pero curiosamente los que agitan esta visión inamovible de la Constitución suelen ser los mismos que justificaban su reforma exprés y unilateral para blindar el pago de la deuda.

La realidad es que la actual Constitución no solo se está mostrando inviable para canalizar las nuevas demandas de una democracia más avanzada, sino que está empezando a ver comprometida la propia legitimidad de su aprobación, por cuanto solo los españoles que ahora tienen más de 51 años pudieron votar su texto. Texto que además fue redactado por una camarilla que atendía mayormente a intereses partidistas, debido a la inconveniencia o imposibilidad práctica en aquel momento de dar voz a todos los españoles a lo largo de su elaboración. De ahí la necesidad de abrir un proceso constituyente en el que gracias a los medios que nos brinda la tecnología sean los propios ciudadanos los que doten a nuestro país de una nueva norma básica de convivencia pactada entre todos y acorde a los tiempos actuales.

¿En qué consistiría un proceso constituyente?

Este proceso debería tener como fin último la aprobación una nueva Constitución adaptada a las necesidades actuales de la población. Puede ser implementado de muchas maneras, pero estará definido de forma básica por su amplitud y por su carácter deliberativo e inclusivo, debiendo ser su fin último la obtención de una legitimidad democrática lo más amplia posible.

Por tanto, el requisito básico para este proceso constituyente pasaría por facilitar a toda la ciudadanía las mayores opciones posibles para participar libre y democráticamente.

Teniendo en cuenta que no existen cauces legales en la actualidad para plantear esta demanda, la activación del proceso tendría que derivar de un referendum convocado por un partido concreto o por la propia sociedad civil que diese la legitimidad necesaria a su inicio. Tiene que producirse por tanto un clamor de facto que lleve a la ruptura del actual marco constitucional. Pero lejos de constituir una imposición de las ideas de unos pocos y la ruptura de un marco de convivencia supuestamente pactado entre todos, este sería el primer paso hacia un marco político realmente elaborado y aceptado desde cero por todos los españoles.

Si queremos alcanzar este punto necesitamos ya un trabajo serio a través de estructuras organizadas que surjan en la sociedad civil. El 15M se empeña en fiar todo a un asamblearismo difuso, cuya efectividad a la hora de cambiar realmente las cosas más allá de fomentar el debate en las calles y el surgimiento de redes de asistencia social aún está por demostrar. Este modelo basado en la espontaneidad y la informalidad es interesante y útil, pero no se puede deslegitimar todo intento de estructurar democráticamente el activismo de base que está surgiendo. Es el momento de avanzar para empezar a formar un frente ciudadano amplio y organizado que plantee estas demandas de cambio.

Quizás el 25S ha supuesto el primer paso en este arduo camino. Pero para recorrerlo no podemos entretenernos en el juego protesta/represión mientras somos incapaces de organizarnos a largo plazo para alcanzar nuestro verdadero fin: una democracia real.

Si quieres saber más de los posibles pasos en un proceso constituyente, echa un vistazo a esta hoja de ruta elaborada por ciudadanos anónimos simpatizantes con el 25S.

Nota del editor: Este artículo ha sido modificado desde su publicación a petición del autor. En el sexto párrafo se atribuía al último sondeo del CIS la estimación del 47,2% de abstención en la intención de voto. El sondeo que realiza este cálculo es de Simple Lógica, recogido por Europa Press, no del CIS.