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La FP sigue siendo la hermana pobre de la educación en España

02/02/2016 07:28 CET | Actualizado 01/02/2017 11:12 CET

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Foto: EFE

El curso que viene, el mayor de mis hijos va al instituto. Por supuesto, eso no significa hoy lo mismo que a mediados de los 80, cuando tuvieron lugar las movilizaciones estudiantiles que elevaron a la categoría de icono al Cojo Manteca, aquel vagabundo vasco que por casualidad se convirtió en estandarte del movimiento estudiantes y que murió al cabo de los años de sida. Al fin y al cabo, mi hijo entrará en el insti con 11 añitos para hacer primero de la ESO. Y yo dejé el colegio para hacer el BUP cuando ya tenía 14.

Por otro lado, aunque supongo que, en cierta manera, supondrá un momento importante para él, espero que esté exento de los miedos y sinsabores que tuvo el tránsito académico para mí, cuando "las putadas" (así llamábamos en Tenerife a las temidas novatadas) nos quitaban el sueño a los más pequeños, hartos de fantasear con las vejaciones improbables, pero en cualquier caso inasumibles, que los mayores nos tenían preparadas como vía de ingreso en esa promesa de vida madura que era el instituto.

Sin embargo, lo que creo que no ha cambiado mucho de los años 80 a esta parte es la consideración social que tiene la formación profesional en España. Tengo la impresión de que la FP sigue siendo la hermana pobre del modelo educativo español. Y me explico. El instituto al que va a ir mi hijo ofrece ESO, Bachillerato y FP. Es un instituto público con toda la oferta académica que uno puede esperar en un centro de secundaria. En realidad, es un megacentro con casi 2.000 alumnos y profesores entrando y saliendo de sus aulas de 8 de la mañana a 10 de la noche. Un aeropuerto, vamos.

Hace unos días los padres de los futuros estudiantes del instituto tuvimos la preceptiva reunión con el equipo directivo del mismo, en la que nos informaron de la oferta educativa y del papeleo que nuestros hijos tendrán que formalizar en los próximos meses para asegurarse el ingreso. En esa reunión, se nos vino a decir que los niveles académicos del centro son buenos -entre los mejores de la Comunidad de Madrid, de hecho- si se miran los expedientes de los niños que hacen el bachillerato y se encaminan a la universidad. Aunque los resultados y los niveles de exigencia no son tan idílicos si se tienen en cuenta también a los estudiantes de la FP, que en este centro pueden estudiar electrónica, informática y fabricación mecánica. Es decir, la sección de FP sigue siendo el coto de los malos estudiantes o de los menos ambiciosos.

Los incentivos para que el buen estudiante renuncie a la universidad y se convierta en un profesional preparado siguen siendo escasos.

Cuando yo estudiaba secundaria, en los tiempos confusos y reivindicativos del Cojo Manteca, la FP era un verdadero destierro. En aquel momento, era inconcebible que un alumno mínimamente capaz se plantease renunciar al BUP, el COU y la masificada universidad de los años 80 y 90, por aprender un oficio de electricista, mecánico de coches o de administrativo. Fueron casi siempre los peores alumnos, los que nunca adquirieron el hábito de estudiar porque en casa no encontraron el respaldo suficiente, los que llenaron las aulas de aquella FP sin brillo, y los que más tarde engrosaron la vergonzante estadística del fracaso escolar en España. Definitivamente, en mi adolescencia, la FP era un espacio para perdedores, una verdadera segunda división.

De aquello han pasado 30 años, pero tengo la impresión de que estamos en el mismo punto. Y eso a pesar de las retóricas oficiales, que en aquel tiempo también existían. Se nos suele decir que la FP y el conocimiento que trae de unos oficios que suelen estar muy demandados son clave para el futuro del país. Los expertos glosan las excelencias del modelo alemán de formación profesional, la famosa FP Dual, de la cual ya hay pilotos por aquí y que combina estudio y prácticas remuneradas y que hace posible que empresas y centro educativos se beneficien mutuamente. También se nos dice con vehemencia que sobran filólogos, psicólogos y licenciados en bellas artes y, por el contrario, faltan técnicos de grado medio cualificados -programadores, sanitarios, operarios, instaladores, ayudantes de cocina, animadores...-.

Sin embargo, los incentivos para que el buen estudiante renuncie a la universidad y se convierta en un profesional preparado siguen siendo escasos. Como en la España de los 80, hoy cualquier padre -y me incluyo- sigue queriendo que su hijo haga Derecho -o, para rizar el rizo, Derecho con Administración y Dirección de Empresas-, o que estudie Medicina o que se convierta en ingeniero de Telecomunicaciones. Y a muchos otros no les importa lo que estudie su hijo, con tal de que vaya a la universidad y luego salga a Europa con una beca Erasmus.

No sé muy bien lo que hay que hacer para que la FP deje de ser la hermana pobre del sistema educativo español. Supongo que habría que dotarla económicamente -al fin y al cabo, muchas aulas de FP son verdaderos laboratorios y reproducen sofisticados entornos de producción-. También habría que venderla mucho mejor a estudiantes y familias. Esos resignados profesores que hoy informan de sus pobres resultados se deberían convertir en los mejores embajadores de la FP del futuro. Habría que acercarla mucho más a las empresas, como en la alabada Alemania del "modelo dual". Y, paralelamente, habría que replantear un mapa universitario que, por motivos casi siempre políticos, ha multiplicado hasta el infinito carreras y centros, pero ha olvidado en muchos casos el porqué y el para qué.

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