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El genocidio sirio: las cosas, por su nombre

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Foto: Refugiados sirios se calientan alrededor de una hoguera en el campamento de Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia/EFE/Michael Kappeler

Se cumplen cinco años de lo que en el futuro se conocerá, por desgracia, como el genocidio sirio, el primero en la lista de masacres humanitarias del siglo XXI. Para celebrar esta sangrienta efeméride, la Unión Europea se ha sacado de la manga la idea de bloquear el paso de los refugiados que huyen de sus criminales, una medida que viola íntegramente la ética, pero también la protección que ofrece a los refugiados la Cuarta Convención de Ginebra, relativa a la protección de civiles en tiempo de guerra.

He dedicado el último año a investigar las circunstancias en las que se inició y se llevó a cabo, entre 1915 y 1922, el genocidio contra el pueblo armenio. Y los paralelismos que encuentro con lo que les ocurre a los sirios me estremecen. Cien años después de que ese pueblo legendario se quedara sin tierra y al borde de la extinción, la Historia se repite como si nada. Nadie reconoce que aquello fue un genocidio y nadie reconocerá, me temo, que el exterminio sistemático al que están hoy sometidos los sirios es también un genocidio y también tiene responsables.

En los últimos cien años han aflorado pruebas irrefutables de que la Turquía de entonces fue responsable de la muerte de 1,5 millones de armenios y de que la actual Turquía se quedó con la mitad de aquel país, integrándolo en lo que hoy es la Antakya turca y todo el vasto territorio del Este. Sin la generosidad de Siria, que acogió e integró al 70% de los supervivientes, el pueblo armenio habría dejado de existir. Sin duda. Hasta el comienzo de la guerra en Siria, de hecho, la población de la ciudad de Alepo era mayoritariamente armenia.

Esto quiere decir que, junto a los sirios hacinados en las fronteras europeas, hay cientos, miles de sirios originarios de Armenia que repiten mala suerte, porque son directos descendientes de los supervivientes del aquel primer genocidio del siglo XX perpetrado por Turquía.

Se me ponen los pelos de punta cuando escucho en España hablar a los nuevos políticos de "genocidio lingüístico", entre otros "genocidios" de los que hablan, malogrando la definición tan precisa y tan bárbara que Raphael Lemkin dio al término genocidio. El jurista lo definió en 1939 como el conjunto de actos sistemáticos "perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso". Entre esos actos, Lemkin citaba expresamente la matanza, la lesión física o mental, el sometimiento y el "traslado por la fuerza de niños del grupo a otro grupo".

Quizás yo sea muy sensible, pero el bloqueo de la UE al éxodo del pueblo sirio, la negativa a darles asilo en Europa, incluye, de forma explícita, ese traslado por la fuerza de niños a territorio turco. También incluye la expulsión de refugiados sin haber garantizado en modo alguno su integridad física o su supervivencia. Y la inacción de Bruselas a la que venimos asistiendo en el último año en el drama que se vive en las costas de Grecia puede tener muchos nombres, claro que sí, pero estoy seguro de que la palabra crimen es la que mejor se ajusta. Crimen contra la humanidad, sí. Para qué andarnos con eufemismos.

Me temo que cuando haya pasado un siglo, en el año 2116, la Historia no habrá reconocido como genocidio la masacre sistemática que llevan sufriendo los sirios en los cinco últimos años. Pero entre las pruebas acumuladas para responsabilizar de genocidas a los gobiernos europeos estará, entre las primeras, esta medida que Bruselas y Turquía se han sacado de la manga: la expulsión y confinamiento de un pueblo entero, incluidos sus niños, que huyen de las bombas que les lanzan, entre otros, Turquía y la Unión Europea, ambos firmantes de las Convenciones de Ginebra y de la resoluciones de la ONU sobre genocidios.