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Idomeni: la última frontera

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Foto: EFE

La pasada semana me desplacé a Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia, para poder compartir con los y las activistas que trabajan sobre el terreno las dificultades, necesidades y retos del campamento improvisado de refugiados más grande de Europa. A lo largo de estas semanas, debido al cierre escalonado de la llamada "ruta" de los Balcanes occidentales, hemos podido observar las espeluznantes imágenes de familias enteras agolpadas en el embudo humano en el que se ha convertido Idomeni, donde conviven algo mas de doce mil personas.

Esta situación ha motivado que la Comisión Europea anunciara un hecho sin precedentes en la historia de la UE, el primer plan de emergencia humanitaria en suelo europeo. La falta asombrosa de voluntad política por aportar soluciones al drama migratorio no solo se muestra con especial crueldad en las muertes en el Mediterráneo: en el norte de Grecia malviven decenas de miles. Estas muertes y sufrimiento no son fortuitas, son el producto del racismo de nuestras políticas, que prefieren alimentar a las mafias que trafican con personas a habilitar un paso humanitario y seguro para los refugiados que huyen del terror.

Una de las primeras cosas que resalta en la carretera antes de llegar a la frontera de Macedonia es la constelación de asentamientos temporales, y sumamente precarios, que han convertido el norte de Grecia en un inmenso e improvisado campamento de refugiados. Si bien Idomeni es el campamento mas populoso y que concentra mas atención mediática y de recursos, tenemos pequeños asentamientos en su periferia que fluctúan en tamaño o ubicación según las semanas, debido muchas veces a falsas informaciones sobre la apertura de fronteras. La ansiedad de los refugiados por salir de Grecia es tan grande que cualquier rumor corre como la pólvora y motiva su desplazamiento hacia la carretera tanto desde Idomeni como desde los recién creados campos militares de refugiados. Estos campamentos de carretera son aún más precarios porque su provisionalidad constante ante la eventualidad de poder continuar la marcha los incapacita para tener tan siquiera un mínimo de recursos.

En Idomeni conviven diferentes nacionalidades que se reparten por el espacio como si fueran los barrios de una ciudad. Junto a estas nacionalidades, también conviven realidades bien distintas de entender la ayuda humanitaria y/o la cooperación: desde las grandes ONGs, verdaderas empresas de la miseria, hasta las pequeñas asociaciones o red de voluntarios/activistas auto-organizados.

La solidaridad que vemos en las fronteras, las estaciones de tren, las islas griegas o los barrios de las ciudades debe de dar paso a un movimiento que pueda convertir esta solidaridad en derechos, unos derechos que conformen una nueva Europa.

Ante la dejación de funciones de los gobiernos y la lentitud con la que operan las organizaciones humanitarias tradicionales, han ido apareciendo en Europa, a lo largo de las rutas de entrada y transito de los refugiados, nuevos actores y actoras humanitarias, desde los bomberos españoles de Lesbos a los habitantes del barrio de Moabit en Berlín, que han sostenido con su solidaridad y esfuerzo la llegada de miles de refugiados a sus costas o a sus barrios. Ciudadanía corriente que plantea, con su acción humanitaria, un acto político de desobediencia ante el aumento de la xenofobia en Europa y de un contexto que ha involucionado desde el "Refugees welcome" al "Do not come to Europe", expresado por el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y ratificado con el acuerdo de la vergüenza entre la UE y Turquía.

Estos nuevos sujetos políticos de la acción humanitaria se coordinan a través de las redes sociales, que conforman un canal de información instantáneo sobre la situación y necesidades en cada frontera, campamento o punto de conflicto. Este mecanismo horizontal y participado permite a los activistas una mayor movilidad y detección de necesidades que los organismos tradicionales de ayuda humanitaria. Uno de los coordinadores de voluntarios de Idomeni siempre nos repetía que cuando ni el gobierno ni las ONGs habían llegado, ellos llevaban varios días sobre el terreno. Una intervención ágil y sin apenas recursos económicos, lo poco que tienen lo consiguen directamente de donaciones por micromecenazgo, en una relación directa entre el donante y el beneficiario, ya que los costes de mantenimiento de estructura son inexistentes.

De esta forma, el centro cultural del campo de Idomeni, que también hace las veces de escuela infantil, es sufragado directamente por microdonaciones a proyectos concretos, como la instalación de unos toldos o la compra de una carpa. Donaciones que se canalizan a través de plataformas de internet y que se publicitan por las redes sociales, un modelo de financiación que recuerda, por su acción de base, es tu vecino o vecina, tu compañero del trabajo o un familiar el que te apela pidiendo tu implicación en la financiación, a las cajas de resistencia obreras de principios del siglo XX con un toque 2.0 y que convierte la financiación de la ayuda humanitaria en un hecho político en sí mismo.

La infinidad de colectivos que se han creado al calor de la crisis humanitaria de los refugiados contrasta con las políticas y discursos xenófobos, la violencia, y el cierre de fronteras que han impulsado los diferentes gobiernos. En cierta manera demuestran que estamos ante una disputa no sólo humanitaria, sino claramente política. Estamos disputando el concepto de Europa. Esta batalla se está librando ahora mismo en el campo de refugiados de Idomeni, entre los diferentes modelos de gestión de la crisis humanitaria: la militar/securitaria o la social civil/auto-organizada. La solidaridad que vemos en las fronteras, las estaciones de tren, las islas griegas o los barrios de las ciudades debe de dar paso a un movimiento que pueda convertir esta solidaridad en derechos, unos derechos que conformen una nueva Europa. Hagamos que el campamento de Idomeni se convierta en la última frontera para los que huyen de la miseria y de las bombas.