Estaba Vladimir Putin en la Feria Internacional de la Industria de Hannover, recorriendo el stand de Volkswagen y viendo el XL1 (el coche con el consumo más bajo de combustible del planeta) acompañado de la canciller alemana Merkel, cuando varias mujeres haciendo topless les asaltaron con el cuerpo escrito, entre gritos.
Mijaíl Kaláshnikov lleva siete décadas acumulando las más altas condecoraciones de Rusia y la Unión Soviética; banderas rojas y estrellas doradas cuajan su pecho, y estatuas han sido elevados en honor de alguien cuyas manos han estrechado las de Putin y Stalin. Parece no haber premio suficiente para el hombre que inventó el rifle de asalto más famoso del mundo.
Más allá del folklore, de lo anecdótico, de la búsqueda desesperada del escándalo -una búsqueda, por parte de Gérard Depardieu, tan desesperada que parece rozar el suicidio-, el episodio ruso de estos últimos días da que pensar. Nos gustaría que el ministro de Asuntos Exteriores protestara por los malos modos de Rusia respecto a Francia.
Una de las respuestas más comunes del ruso para explicar un problema es darse toquecitos en la yugular. Accidentes, peleas, absentismo, violencia doméstica, abuso policial, bancarrotas, divorcios. "¿Qué ha pasado?" Toquecitos en la yugular. "¿Por qué?" Toquecitos en la yugular. Significa, simplemente, alcoholismo.