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El riesgo de atentado está en todas partes

24/05/2017 07:26 CEST | Actualizado 24/05/2017 07:26 CEST
EFE

Nuevamente, un atentado en el corazón de la cultura europea. Esta vez ha sido una de las más grandes masacres acaecidas en Reino Unido en los últimos años, tanto por el número de víctimas como por el perfil de las mismas. Adolescentes y familiares han sido el principal objetivo de este nuevo atentado. Un perfil buscado a priori para causar el mayor impacto político y social posible. Finalizaba el concierto de la actriz y cantante norteamericana Ariana Grande, de 23 años, una de las personas que tiene más seguidores en Instagram e icono de los adolescentes y preadolescentes de todo el mundo. Al finalizar el concierto, bajan las medidas de seguridad, y todo está más accesible. Aprovechando la oportunidad, un hombre armado con una bomba casera ha sido capaz de sembrar el terror a miles de personas que todavía se encontraban en el Mánchester Arena.

A estas alturas, ya conocemos los procesos del terrorismo islámico radical y las maneras de proceder de este tipo de terroristas. Ya no importa si son ciudadanos británicos, ni si se han socializado en el mismo país, ni si han sido delincuentes, ni si han viajado o no a algún país radicalizado. El perfil del terrorista ya no interesa, porque es tan homogéneo como el de cualquier otro ciudadano común, y tan heterogéneo como la mayoría de ciudadanos británicos o europeos. Incluso pueden ser seguidores del Estado Islámico o imitadores del fenómeno terrorista. Ya nada sorprendería a la policía ni a los especialistas en terrorismo contemporáneo.

Tampoco los modelos sociales y de intervención social son la solución a la hora de detectar futuros lugares de atentados. Países y ciudades con modelos integracionistas, con modelos aislacionistas, con políticas de intervención en situaciones de pobreza o desamparo, etc... son susceptibles de generar terroristas. Las políticas sociales y ciudadanas tampoco marcan la diferencia entre las zonas de conflicto y las que no. Toda Europa es zona de guerra.

La nueva guerra sigue sin parar, a la espera del próximo atentado.

El factor de riesgo es sobradamente conocido, los estados europeos están en altos niveles de defensa. Preparados para un ataque inminente en cualquier lugar, con cualquier medio. Se reconoce la incapacidad del Estado para cuidar de sus ciudadanos y ni tan siquiera se dan pautas de seguridad ciudadana. Sigue la vida normal y ten suerte de que no te pille en ningún evento social el próximo atentado. No se puede vivir sin ir a centros comerciales, sin ir a supermercados, sin pasear un fin de semana por el centro, sin ir a ningún acto social. Estamos aprendiendo a vivir con ello.

La ciudadanía reconoce el peligro constante y se ciñe a pedir que siga la vida normal, que no nos lleven los terroristas a vivir de una manera que no es la que hemos decidido. Pero a la vez, los medios de comunicación y las redes sociales nos inundan de informaciones constantes sobre la barbarie. Todavía no tenemos demasiadas imágenes ni vídeos, la policía ha pedido que les envíen todo tipo de imágenes y videos del antes, el durante y el después del concierto para intentar reconstruir los hechos. Tendremos imágenes para rato y noticias varias sobre los perfiles de las víctimas y sus familiares. Mes a mes vivimos y viviremos más barbaries.

Estamos aprendiendo a convivir con el peligro social del terrorismo cotidiano en toda Europa. A pesar de que se proclama que no estamos dispuestos a cambiar la forma de vida europea, se empiezan a ver algunos ligeros cambios. La sociedad se adapta a ellos lentamente. Los procesos de cambio social son lentos, pero están variando algunas pautas de convivencia debido a la nueva alarma terrorista. En cada ciudad que ha sufrido un atentado han bajado las pernoctaciones y el turismo en general. Los viajes al sur y el este del mediterráneo también están en horas bajas. Al turismo le sigue la economía. Cada vez centrados más en Asia y menos en medio oriente. La geopolítica mundial está cambiando debido a las nuevas zonas de conflicto y a las constantes situaciones de peligro en las que se encuentra Europa.

¿Qué nos depara el futuro? Por un lado, un estado de vigilancia proactivo y no solamente reactivo. Ya no se moviliza a la policía y los cuerpos de seguridad del estado después de un atentado, sino que están en constante actividad de defensa nacional. La ciberseguridad es ya una línea de defensa prioritaria y cada vez va a ser más importante. Todavía no contamos con demasiados expertos en ciberterrorismo de guerrilla. Ni las leyes toman en consideración la fase proactiva del ciberterrorista debido a que la privacidad del individuo es un eje prioritario de libertad del ser humano.

Pero pronto necesitaremos estándares de privacidad diferentes para poder hacer defensa digital proactiva. Por ejemplo, contamos con cámaras de seguridad en las calles, en centros públicos y en instituciones privadas. Todos ellos susceptibles de ser usadas por medios policiales y de defensa nacional. Pero no tenemos mecanismos rastreadores de comunicaciones o visitas digitales. Podemos conocer dónde se mueve una persona en su día a día bajo una vigilancia policial sin necesidad de permisos jurídicos, pero no podemos saber dónde se mueve virtualmente un individuo, porque eso forma parte de su privacidad. Solamente podemos hacerlo bajo un requerimiento judicial concreto, preciso y argumentado. Quizás todavía hagan falta nuevas herramientas digitales, nuevas leyes y nuevos modelos proactivos de vigilancia digital para combatir un nuevo terrorismo que ataca indiscriminadamente en el corazón de Europa.

Como vemos un atentado más, cada vez más cruel, en el centro de la cultura europea. La nueva guerra sigue sin parar, a la espera del próximo atentado. Siguen las medidas de seguridad, sigue la cotidianeidad, y sigue la sociedad en constate riesgo.

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