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Tres énfasis y ¿otra frustración acumulada?

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Foto: EFE

Una gran ambición marca la cumbre en Hangzhou (Zhejiang) del G20. China lleva inmersa varias semanas en una perseverante exaltación de las posibilidades de este encuentro. Mientras, al resto del mundo se le ve bastante despistado en relación al evento, con cada país integrante del foro centrado en problemas internos de diversa naturaleza, lo que parece ir en detrimento de las altas expectativas chinas.

La propia magnificación china del evento puede deberse también a factores internos ligados a la necesidad de sus autoridades de evidenciar triunfos externos. El activismo diplomático del presidente Xi Jinping ofrece un balance generoso en contratiempos. La agenda próxima y exterior del gigante oriental en los últimos años no ofrece muchos motivos para el regocijo: desde los reveses en Hong Kong y Taiwan a la exacerbación de las tensiones en los mares de China (con Japón, Filipinas, Vietnam...), el salto cualitativo de Corea del Sur en su alianza con EEUU y el desencuentro con Pyongyang, el Brexit que socava parcialmente su proyecto para la UE, el cambio de ciclo en América Latina que puede afectar al futuro de inversiones importantes e incluso al empuje de los BRICS, la agudización de la pugna por la influencia en África o, por qué no decirlo, el relativo fracaso olímpico en Río (nadie dudaba de su segundo puesto en el medallero). La comunidad de destino común ansiada por el presidente Xi se topa con importantes resistencias, unas atribuibles a la muralla de contención dispensada por Occidente, otras resultantes de méritos propios y, finalmente, las terceras debidas a fenómenos que escapan a su control.

Pero no es la geopolítica la que marca al cien por cien la agenda de un G-20 que China quiere convertir en plataforma contra la desmundialización, alabando las bondades de la globalización, condenando el proteccionismo y reivindicando la necesidad de modelos inclusivos. Al estallido de la crisis en 2008, la expansiva respuesta china contribuyó de modo importante a moderar sus efectos globales. Adentrada en su reforma estructural, el éxito de este proceso depende en buena medida de la recuperación global. Para ello, lo que China plantea al mundo en Hangzhou es la adopción de medidas para un impulso que tenga en cuenta su propio proceso de transformación.

China nos anuncia su disposición a abrir una nueva vía en el G20 reivindicando las bondades de su modelo económico, su experiencia y capacidad para tender puentes con el mundo en desarrollo.

Tres son los énfasis sugeridos por China: crecimiento, reforma estructural y países en desarrollo. El crecimiento sigue siendo una preocupación sustancial. Si con su 6,7 por ciento hoy lidera el crecimiento mundial (en 2015 aportó el 30 por ciento del crecimiento económico mundial y este año podría elevarse al 40 por ciento), en línea con la orientación de su transformación interna reclama un crecimiento global más inclusivo y sostenible.

La reforma estructural tiene dos pilares principales. Primero, el propio G20. Segundo, la gobernanza económica y financiera global. China plantea transformar el mecanismo del G20 de mecanismo de respuesta a la crisis en otro que pilote la gobernanza y la coordinación de las políticas macroeconómicas, avanzando para ello en las reformas de los sistemas y normas internacionales.

El protagonismo de los países en desarrollo presenta dos dimensiones. Primera, su participación, que será la mayor de todas las citas del G20, significando su aporte al PIB mundial y alargando la representatividad del foro. Segunda, su compromiso con un nuevo enfoque de la cooperación internacional basada en la reducción de la pobreza mediante la creación de fondos de ayuda y otras propuestas incluida la conectividad y las infraestructuras para mejorar las capacidades endógenas de desarrollo y sumar a estos países a la cadena del comercio mundial.

En el orden financiero, la cumbre estará marcada por la emisión de los primeros bonos denominados en Derechos Especiales de Giro en más de 30 años. El yuan será incluido en octubre en la cesta que determina su valor, junto al dólar, el euro y el yen. Ello no solo pretende promover el uso global de la moneda china sino acotar progresivamente el papel del dólar en las finanzas globales.

El G20 salió a flote en el marco de la crisis de 2008, concentrando las expectativas de una mejor gobernanza de la economía mundial, aquejada de una crisis global indisociable de los efectos nocivos de la mundialización. En el transcurso de su existencia y de sus respuestas a la crisis, las capacidades y el liderazgo de Occidente han quedado en entredicho. Las amenazas de colapso, la inestabilidad financiera, las incertidumbres en todos los órdenes siguen siendo el pan nuestro de cada día. China nos anuncia su disposición a abrir una nueva vía reivindicando las bondades de su modelo económico, su experiencia y capacidad para tender puentes con el mundo en desarrollo.

En Hangzhou, China mostrará disposición y ambición para marcar la agenda aprovechando su condición de país importante en la economía global pero ello, paradójicamente, podría suponer un nuevo impulso a la competencia geopolítica y, consecuentemente, restar capacidad vinculante a sus acuerdos.

La experiencia de las dificultades en la reforma de estructuras existentes como el FMI o el Banco Mundial, nos indican que no será nada fácil y que, voluntades aparte, sus posibilidades efectivas son limitadas.