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05/10/2015 08:19 CEST | Actualizado 05/10/2016 11:12 CEST

Bermillo de Sayago

Esta semana se ha resuelto un caso, el del asesinato de la joven Eva Blanco, que se produjo hace 18 años. Estoy seguro de que el criminal nunca pudo suponer que en todo este tiempo, ejemplares servidores públicos habían estado investigando, que habría personas que, por sentido del deber, en ningún momento se dieron por vencidas. Al leerlo me he acordado de otra detención, en Bermillo de Sayago, que con toda certeza aceleró el final de la violencia de ETA.

Todo ocurrió el sábado 9 de enero del año 2010 sobre las diez de la noche. En la carretera local 527, a la altura del municipio zamorano de Bermillo de Sayago, una pareja de la Guardia Civil dio el alto a una furgoneta sospechosa.

La conducía un militante de ETA, Garikoitz García Arrieta, que consiguió huir, pero que sería detenido pocas horas después en Portugal. La furgoneta trasladaba material electrónico desde Francia hasta un taller de explosivos que la banda terrorista había instalado en la localidad portuguesa de Óbidos.

La decisión de crear esa nueva base logística en un país muy ajeno a las actividades de ETA era desconocida hasta ese momento. Se trataba de una apuesta tan arriesgada como audaz que, de no haber sido por la interceptación de la furgoneta, habría dado muchos quebraderos de cabeza a las fuerzas de seguridad españolas.

En el momento de su descubrimiento, el 4 de febrero de aquél mismo año, en Óbidos se hallaron 1300 kg de explosivos preparados para su utilización. La operación permitió así mismo evitar dos atentados ya programados: uno en un edificio madrileño, que ETA pensaba volar con una bomba semejante a la utilizada en el atentado de la T4, y el otro en un cuartel de Cádiz.

Recomendé a la Guardia Civil la concesión de una medalla a los dos guardias civiles que en pleno mes de enero, un sábado por la noche a varios grados bajo cero, estaban cumpliendo un servicio de vigilancia en una carretera local por la que solo pasaría algún coche de tarde en tarde.

Esta semana se ha resuelto un caso, el del asesinato de la joven Eva Blanco, que se produjo hace 18 años. Estoy seguro de que el criminal nunca pudo suponer que en todo este tiempo, ejemplares servidores públicos habían estado investigando, que habría personas que, por sentido del deber, en ningún momento se dieron por vencidas. Personas que con profesionalidad y miles de horas de trabajo, acabaron dando con la pista de este infame asesino.

Al leerlo me he acordado de esa otra detención, la de Bermillo de Sayago, que con toda certeza aceleró el final de la violencia de ETA cuyo cuarto aniversario celebraremos en pocos días. Las dos llevan la impronta de la Guardia Civil.