¿Son más listos quienes más tacos dicen?

¿Son más listos quienes más tacos dicen?

Para algunos, las palabrotas suponen una descarga emocional, un alivio terapéutico, pues liberan tensiones emocionales, algo así como un bálsamo o un analgésico.

Mujer insultandoAnthony Redpath via Getty Images

Un artículo escrito por María Pilar Úcar Ventura, profesora adjunta de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, departamento de Traducción e Interpretación y Comunicación Multilingüe, Universidad Pontificia Comillas. 

 

¿Es difícil escribir un artículo sobre los tacos y palabras malsonantes sin incluir ninguno en su redacción? Dados los tiempos que corren, convendría soltar más de uno. Variaditos, eso sí.

Para algunos, las palabrotas suponen una descarga emocional, un alivio terapéutico, pues liberan tensiones emocionales, algo así como un bálsamo o un analgésico.

Algo de ello debían saber autores como Quevedo y Góngora, por ejemplo, o la corriente literaria goliardesca y los libros de caballerías, o el marqués de Sade, entre otros. Los autores del romanticismo introdujeron el lenguaje popular en la literatura, pero será en el naturalismo con Zola cuando hablemos de un auténtico sociolecto.

Somos conscientes, por tanto, de que a lo largo de la historia de la lengua y de la literatura el taco ha estado presente en textos de relevancia.

Les gros mots forman parte de la espontaneidad y de la expresividad propias del registro coloquial, caracterizado por cierta naturalidad y flexibilidad en la comunicación diaria, ya sea entre amigos, familiares o conocidos.

No obstante, convendría su uso en la justa medida para controlar su alcance. Los contrarios a dicho empleo se basan en razones de lo que denominan “buen gusto”: ante público femenino aconsejan desterrarlos de su vocabulario porque causa mala impresión; tampoco es de buen tono que las clases sociales más privilegiadas o profesiones de elevado rango intelectual escupan palabrotas. Y los niños, que son como esponjas, que ni los oigan, por supuesto: padres y profesores deben inculcar ejemplo a pupilos y vástagos.

Existen estudios que avalan la virtud del taco, pues demuestran que las personas que los profieren son más inteligentes y que poseen una mayor capacidad de recursos léxicos y estilísticos en su expresión tanto escrita como oral.

Sin entrar en matices, sostenemos que conocer una amplia terminología ad hoc permite al emisor garantizar la cualidad de persona culta, porque sabrá en qué contexto y con qué receptores usar o no aquellas palabras que expresen de la manera más correcta y clara el mensaje que desea transmitir, con un código que ambos intervinientes conocen. Eso es comunicación: cifrar y descodificar la lengua.

De esta manera, el lenguaje nos iguala y convierte en grupo homogéneo a los jóvenes, más allá de que sean “chonis”, “cayetanos”, “canis” o “pijas”.

Ahora bien, no debemos perder de vista el valor comunicativo que poseen en el teatro actual, considerado el género literario más próximo a la conversación por su carácter dialógico.

Además, el DRAE, como sinónimo, aporta el término “juramento” en la acepción número 19 de la palabra “taco” y la mayoría de lingüistas señalan que el problema del taco es la reiteración y el abuso: de tanto repetirlo pierde su carga semántica, sea expresiva o sanitizadora como elemento catártico de ciertas emociones.

Un importante número de investigadores ha analizado algunos de los aspectos de este lenguaje soez y concluyen que los disfemismos, como se denominan a estos términos, no siempre designan una realidad peyorativa o con intención de rebajarla de categoría, sino que constituyen herramientas para manifestar cercanía, cariño, afecto o complicidad, y no solo se emplean en contextos con algún tipo de violencia o de transgresión social ni de ruptura de lo convencional.

Otras voces añaden que en los últimos tiempos España asiste a un abuso indiscriminado de tacos en todos los ámbitos y a todas las edades; mucho más en este lado del océano.

El taco no sabe de trabajos, ni de tramos de edades, ni de componendas sociales ni origen o estudios, de regiones o mayor o menor educación. El taco está ahí conviviendo con tantos otros términos y la Fundéu constata que el español es un idioma rico en tacos.

Regañinas de antaño, lavar la boca con jabón, castigos y reprimendas que coartaban la expresión de emociones, sentimientos y sensaciones: frustración, alegría, enfado, desengaño, pena, dolor, satisfacción (suma y sigue), hoy no se contemplan pues: “Los tacos aparecen en el discurso cuando hay una intensidad afectiva que no se puede simbolizar”, explica Irene Sáez Larrán, psicóloga y psicoterapeuta, autora de “GuíaBurros. Guía para entender a los adolescentes”.

Sería bueno proponer un variado elenco de “tacos” y animar a su uso contextualizado y comunicativo.

En la actualidad, los medios de comunicación también tienen mucho que decir al respecto y, lejos de utilizar el criterio de urbanidad o moralidad, prefieren la consigna de lo políticamente correcto para garantizar la comunicación.

Recordar tiempos pacatos distorsiona la comunicación: sin molestar ni ofender, el taco forma parte de nuestro idioma, y las canciones también lo reflejan:

Recordemos la importancia de las palabras: aprendamos y practiquemos su correcto manejo.

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation.

 
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