Keir Starmer dimite como primer ministro de Reino Unido y como líder laborista
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Keir Starmer dimite como primer ministro de Reino Unido y como líder laborista

El 'premier' se encontraba completamente atrapado por una oleada crítica entre su propio equipo. Seguirá en el cargo hasta que su formación encuentre un nuevo capitán. Andy Burnham, favorito para sucederle, toma posesión como diputado hoy.

El primer ministro británico, Keir Starmer, anuncia el calendario de su dimisión frente al número 10 de Downing Street, en Londres, el 22 de junio de 2026.Jack Taylor / Reuters

El primer ministro de Reino Unido, Keir Starmer, ha anunciado esta mañana su dimisión tanto de su cargo en el Gobierno como del liderazgo de su formación, el Partido Laborista. Permanecerá en el puesto hasta que su formación encuentre una nueva voz. Ya no podía más. Tremendamente aislado incluso por sus principales colaboradores en el gabinete y en la formación progresista, ha dado el paso que los medios nacionales llevaban anunciando desde el viernes. 

Se marcha con una generosa mayoría absoluta en el Parlamento. Lo echan los suyos a los dos años de mandato. De locos, cuando llegó entre laureles, llamado a recuperar la ilusión progresista tras cinco mandatarios conservadores terriblemente dañinos, Brexit incluido. Acabó con 14 años de Gobiernos tories pero aquella luz quedó sepultada, con los días,  por el desgaste político y la inestabilidad.

Andy Burnham, el popular alcalde del Gran Mánchester y gran favorito para sucederle, tomará posesión oficialmente de su cargo de diputado este lunes, alrededor de las 14:30 hora local (15.30 hora peninsular española). Este es un paso indispensable para poder aspirar a comandar el partido y, posteriormente, asumir la jefatura del Gobierno. Su elección en los comicios del pasado 18 de junio ha acabado acelerando la marcha de Starmer, porque ya veía que los hilvanes que mantienen unido su gabinete iban a reventar ante el hombre más querido hoy del laborismo, que va a tener ya la llave para poder pelearle el poder. 

Starmer, pese a que su popularidad no pasaba del 19% según YouGov, reiteró aún el viernes que lucharía por mantenerse, pero la presión ha seguido aumentando a lo largo del fin de semana. No había pronunciado una sola palabra desde entonces, hasta que esta mañana cogió el teléfono (o como quiera que se hacen estas cosas en las alturas) y comunicó su decisión al rey Carlos III, que se encontraba en Highgrove, su finca en Gloucestershire. Luego vino su comparecencia sin preguntas, con el gato Larry dando vueltas alrededor, cual parca. 

Numerosos periodistas se encontraban apostados desde el amanecer del lunes frente a Downing Street, ante la previsión de unas novedades adelantadas hasta por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Ante ellos, al fin, ha dicho: "La pregunta que se plantea ahora mi partido es si soy la persona más adecuada para liderarnos de cara a las próximas elecciones generales. He escuchado la respuesta de mi grupo parlamentario a esa pregunta y la acepto de buen grado". 

Lo ha hecho en ese atril clásico ante la residencia y oficina oficial de los mandatarios británicos, que se ha convertido ya en la esquina del adiós: desde que hace 10 años se aprobó el refrendo sobre el Brexit (el aniversario es mañana, que todo coincide), han pasado por allí seis primeros ministros: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Elizabeth Truss, Rishi Sunak y el propio Starmer. Así que el o la que llegue será el séptimo premier en una década. 

El laborista ha descrito el momento en que se convirtió en primer ministro como el "de mayor orgullo" de su vida, pero ahora el tiempo es otro y su meta, dice, será hacer todo lo posible para garantizar una transición ordenada del poder y brindar a su sucesor todo su apoyo.

Afirma que ahora, tras dejar el "puesto más importante del país", dedicará más tiempo al "trabajo más importante". "Intentar ser el mejor marido posible para mi fantástica esposa Vic, que ha sido un pilar fundamental a mi lado en las buenas y en las malas", ha sostenido, conteniendo la emoción del momento, que había mantenido controlada razonablemente bien hasta entonces. "Y ser el mejor padre que puedo ser para mis preciosos hijos, que son mi orgullo y mi alegría", insistía. El abrazo con su esposa, Victoria, justo antes de volver a entrar en el número 10 ha sido el colofón a sus palabras. 

El primer ministro británico, Keir Starmer, abraza a su esposa Victoria tras anunciar su dimisión frente al número 10 de Downing Street, en Londres, el 22 de junio de 2026.Toby Shepheard / Reuters

Cómo hemos llegado hasta aquí

El efecto botella de champán le duró poco a Starmer. Poco después de su llegada al poder, el apoyo al laborista comenzó a descender de manera pronunciada en las encuestas, un descontento social que capitalizó el partido populista de derechas Reform UK, materializado en la pérdida de numerosos asientos en las elecciones municipales de esta primavera. 

La caída en desgracia de Starmer y su posterior dimisión se explican a través de una acumulación de controversias, escándalos éticos y crisis internas que terminaron por dinamitar su gestión. El primero es el "golpe ético" de los regalos, como lo llama el diario The Guardian. Nada más llegar a Downing Street, el Ejecutivo se enfrentó a un grave problema de credibilidad al revelarse que Starmer y varios de sus ministros habían aceptado lujosos regalos, ropa de marca y entradas gratuitas para eventos musicales.

Luego, ya metido en la harina de la gestión, llegaron los recortes sociales impopulares, que a la izquierda siempre se le perdonan menos que a la derecha. El Gobierno impulsó medidas muy controvertidas dentro del Estado del bienestar, destacando la reforma y el recorte del subsidio de combustible para los pensionistas, lo que erosionó gravemente su base electoral y provocó fuertes tensiones dentro del propio laborismo. 

Más se le complicaron las cosas cuando se iniciaron las protestas del sector agrícola por la subida de los impuestos en las herencias de propiedades familiares. Las manifestaciones en contra fueron numerosas y encendidas, extendidas por todo el país, reflejando el profundo descontento de unos trabajadores y empresarios que ya estaban muy tocados por los efectos perniciosos del divorcio con Europa. 

Starmer se ganó una imagen de debilidad y confusión cuando se vio obligado a rectificar en medidas clave, como el intento de limitar los subsidios para las familias con un tercer hijo. La fuerte presión interna y externa forzó la eliminación completa de este límite, el pasado mes de abril. Y, poco a poco, fueron llegando las bajas en la cúpula del Gobierno: la viceprimera ministra, Angela Rayner, dimitió tras verse envuelta en un escándalo fiscal por el impago de impuestos sobre una propiedad personal (un asunto que resolvió posteriormente, pero ya era tarde). A esto se sumó la renuncia de dos pesos pesados de su gabinete: Wes Streeting (en Sanidad) y John Healey (en Defensa), por sus profundas discrepancias con la gestión del primer ministro, arrastrando consigo también a varios secretarios de Estado.

Por si no era suficiente discutir con sus correligionarios y colaboradores, el premier fue a chocar con las Fuerzas Armadas: el presupuesto de defensa motivó un fuerte malestar militar porque, mientras el ministerio del ramo estimaba necesario un incremento de 28.000 millones de libras (al cambio, unos 32.200 millones de euros) en los próximos cuatro años para cumplir con sus objetivos estratégicos, Starmer -en un contexto de alto déficit fiscal- apenas reservó entre 10.000 y 13.500 millones de libras (de 11.500 y 15.525 millones de euros).

Todo eso ha sido feo y ha ido encadenando incomodidades y pérdida de popularidad. Pero posiblemente lo que más ha acabado erosionando su mandato ha sido el polémico nombramiento del antiguo ministro laborista Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos, una decisión muy cuestionada debido a que se conocían públicamente sus vínculos con el fallecido pederasta convicto Jeffrey Epstein. Al principio, el gabinete laborista se quiso poner de perfil, justificando que no sabía mucho sobre esa amistad. Con el tiempo, han ido publicándose informes que lo desmentían: se le dio el principal cargo en la diplomacia nacional (secretario de Estado aparte) a alguien ligado con un criminal sexual condenado. 

De EEUU le han venido también más dolores de cabeza a Starmer en estos dos años en el poder. Al inicio de su mandato logró forjar una buena sintonía con el presidente estadounidense, Donald Trump, retornado a la Casa Blanca en enero del año pasado, llegando incluso a alcanzar un pacto comercial. Sin embargo, la relación se enfrió drásticamente en los últimos meses. El motivo principal fue la negativa del primer ministro británico a participar en la guerra iniciada por Trump e Israel contra Irán, una postura en la que coincidió con otros líderes de países europeos. 

Con todo eso, ahora se inicia el proceso de sucesión de urgencia en Westminster. Quien se quede con las riendas del laborismo y, por tanto, del Gobierno, se las tendrá que ver con una herencia envenenada. Otros, como el conservador, Sunak, no pudieron soportarla y la legislatura acabó reducida. 

El impulsor del "cambio tranquilo"... que no fue

Las proyecciones previas a las elecciones generales del 4 de julio de 2024 en Reino Unido anticipaban lo que muchos calificaban con términos grandilocuentes: un "terremoto" o una "avalancha" política. Sin embargo, el hombre detrás de aquella histórica transición, Starmer, encarnaba la antítesis de la estridencia. Considerado por sus críticos como un político soso y poco carismático, y definido por su entorno como un hombre prudente, sensato y responsable, logró capitalizar el agotamiento social prometiendo algo muy sencillo: seriedad y normalidad. El "cambio tranquilo" que, al final, no ha sido. 

Keir Starmer (nacido en Southwark en 1962) no respondía al cliché del político profesional de cuna. Hijo de un fabricante de herramientas y de una enfermera, fue el primero de su familia en ir a la universidad, graduándose en Derecho en Leeds y Oxford. Durante décadas se forjó un prestigio notable como abogado de derechos humanos, defendiendo de forma gratuita a ciudadanos frente a corporaciones multinacionales y asesorando a la Junta de Policía de Irlanda del Norte tras los Acuerdos del Viernes Santo.

Su carrera jurídica alcanzó el punto álgido cuando ejerció como fiscal jefe de Inglaterra y Gales entre 2008 y 2013, una labor que le valió ser nombrado caballero por la Corona (sí, deberíamos llamarlo sir Keir Starmer, aunque él siempre ha preferido el trato de míster). La defensa de los derechos humanos fue siempre el centro de su labor. 

Entró en la política activa relativamente tarde, a los 50 años, al ser elegido parlamentario en 2015. Tras la estrepitosa derrota del Partido Laborista en 2019 bajo el ala del ala más izquierdista de Jeremy Corbyn, Starmer asumió el liderazgo de la formación en 2020 con una misión clara: reconstruir el partido desde el centro político.

Durante sus cuatro años en la oposición, el ahora dimitido primer ministro pilotó un giro firme hacia la moderación. Para pacificar la formación y recuperar la confianza del electorado tradicional, rompió con las propuestas más radicales de su antecesor e impuso una máxima: "el país antes que el partido". Aunque esta estrategia le costó críticas de los sectores más izquierdistas, le permitió consolidar una ventaja de dos dígitos frente a un Partido Conservador sumido en una constante crisis interna con tres primeros ministros diferentes en una sola legislatura.

A diferencia del histórico triunfo de Tony Blair en 1997, Starmer no despertó un fervor mesiánico, sino un pragmático deseo de orden y previsibilidad. El candidato se presentó ante los británicos como un hombre común: un apasionado del fútbol que juega los domingos con sus amigos y que valora el tiempo familiar, esquivando las excentricidades en favor de una gestión limpia y de sentido común. Su campaña se sostuvo sobre propuestas concretas en materia de sanidad, educación y un riguroso control de la deuda pública, presentándose como el garante de un futuro sin sobresaltos para el Reino Unido.

Las quería implementar, pero no pudo o no supo. Tomó decisiones equivocadas en el trayecto. Su gente no se lo ha perdonado. La cuenta atrás de su salida ha comenzado esta mañana. 

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Redactora especializada en Global. Licenciada en Periodismo y experta en Defensa y Comunicación Institucional por la Universidad de Sevilla. Corresponsal en Jerusalén durante cinco años, colaboró con la SER, El País o Canal Sur. Trabajó en El Correo de Andalucía y fue asesora en la Secretaría de Estado de Defensa. Es autora de 'El viaje andaluz de Robert Capa', Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla y jurado del Premio Internacional de Periodismo Manuel Chaves Nogales.

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