Pedro Martí, autor del fenómeno literario 'La mala hija': "La escritura se parece mucho a la docencia en la capacidad para tocar corazones y que te lo agradezcan siempre"
El escritor de Almansa, también profesor de secundaria, ha superado ya los 50.000 lectores tras el 'boom' de su tercera novela.

Si sueles pasear por librerías, seguro que te habrás fijado en un libro que lleva meses y meses entre los más vendidos. Su portada recuerda de alguna forma a las de la saga Millennium de Stieg Larsson: comparten editorial (Destino), fondo negro y letras rojas. En esa cubierta, la imagen de una lupa amplifica el ojo claro de una mujer. Un detalle que tiene importancia en la historia.
Se trata de La mala hija, la tercera novela de Pedro Martí, un profesor de secundaria de Almansa, en Albacete, que se ha convertido en uno de los fenómenos literarios del año. Ha conseguido ya más de 50.000 lectores desde que se publicó en abril de 2025, aunque el verdadero 'boom' ha llegado en las últimas semanas, en las que ha alcanzado incluso el primer puesto entre los libros más vendidos en Amazon.
Este thiller trata sobre la desaparición en Almansa de la joven Belén Villalba que tiene que investigar la agente Alma Ortega. Allí conocerá a Irene, una hacker adolescente con problemas para relacionarse, y a Diego, un periodista en paro que quiere sacar tajada del caso. Esa premisa le sirve a Martí para tratar otros temas más profundos, como la exclusión social o las relaciones familiares.
¿Cómo estás viviendo todo este fenómeno?
Sobre todo con ilusión porque son muchos ejemplares colocados y muchísimos lectores. En la primera firma que tuve en la Feria del Libro de Madrid yo veía que en la caseta me habían puesto la valla delimitadora que le ponen a los que firman mucho y que no había nadie. Estuve un ratito pensando: 'Madre mía, qué hago yo ahora, qué mal quedo yo con esta gente, que pensaban que yo iba a venderles muchos libros'. Y ya me dicen: 'Bueno, si te parece les vamos diciendo que pasen. Es que la cola se hace detrás'. Y me asomé y había 30, 40 personas esperándome, una locura. Pero es que al día siguiente había más gente y el domingo más gente, y a la semana siguiente más gente. Muchas veces no sé hasta qué punto la novela ha escapado ya al control, como le pasaba al Agente Smith en Matrix. Es una bendición tener tantísimos lectores, que te lleguen tantísimos lectores y que la novela vaya tan bien.
¿Cuándo te das cuenta de que el libro es un éxito?
Hay varios momentos de inflexión. La novela se gana el boca-oreja relativamente rápido, también porque hicimos muchos envíos y teníamos una frase de Paul Pen [escritor, autor del best seller El brillo de las luciérnagas], al que le gustó mucho la novela y él era ya muy viral. Eso creo que le ayudó mucho a conseguir ese boca-oreja relativamente pronto. Llegó a haber una rotura de stock entre la segunda y tercera edición porque seguramente nadie pensaba que la novela de un autor desconocido fuera a tener tal éxito. Lo normal es que después del boom inicial vaya ya un poco hacia abajo. Durante este año es cuando más ha crecido, el audiolibro ha servido para potenciarla muchísimo, ha sido de los más escuchados durante muchas semanas, en digital se ha vendido mucho también. Y Sant Jordi creo que fue el punto de inflexión porque se vendió bastante allí y el boca-oreja se hizo todavía más grande. Ahora la editorial la está apoyando y eso hace que lo que antes llegaba a unos cuantos consiga llegar a más.
Hablamos de éxito. Pero, ¿qué es para ti el éxito?
Vender muchos libros, no te lo voy a negar, y poder aspirar a vivir de ello. Es el sueño y algo maravilloso. De todas formas, escribiría de igual forma si no me leyesen 50.000 y me leyesen 500. Pero el éxito real es cuando te llegan mensajes de lectores emocionados. O cuando consigues emocionar a gente que admiras. La literatura es hacer pensar, pero sobre todo para un autor de thriller es también entretener. El éxito es que tu novela acabe llegando a mucha gente y la emocione.
Dices que en thriller lo más importante es entretener, aunque también emocionar. ¿Qué diferencia, para ti, un buen thriller de uno malo?
Eso ya depende de los gustos. Hay thrillers muy cinematográficos, con un ritmo más endiablado que el de La mala hija y me gustan muchísimo y aprendo mucho de ellos. Pero me gustan incluso más las novelas un poco más densas. No creo que La mala hija tenga mal ritmo, pero es verdad que al principio es un poco más pausada, te quiere mostrar personajes por dentro, quiere ser más profunda. Y me gusta que, dentro de los corsés que tiene el género, esté bien escrita, que sea bonita de leer, que los diálogos estén muy estudiados y mimados para que el lector disfrute también con la sonoridad. Me gusta que el thriller sea pensado también como literatura. Me tiene que hacer pensar y, sobre todo, me tiene que enamorar de sus personajes.
Hablando de los personajes. Le das relevancia a gente que se sale de la norma. El ejemplo es Irene, una joven con TEA. ¿Qué querías reflejar con ella?
Jesús Lens, el organizador de Granada Noir, cuando analizó la novela dijo que era una oda a la diferencia. No me lo había planteado, no lo hice para adoctrinar. Pero soy profe, tenemos alumnos con dificultades, y veo esas realidades. En cualquier caso, para no mostrar una sociedad uniforme tampoco es cuestión de forzar una inclusión, como a veces se hace en las películas a niveles que pueden resultar absurdos. Pero sí mostrar a la sociedad como es. Encontramos también en la novela defectos físicos, sexualidades reprimidas... Mostrar todo eso creo que es necesario porque está en el propósito de la trama y me gusta mostrar que la sociedad es diversa y que todas estas realidades existen, conviven y a veces no las prestamos la atención que merecen.
Se ha comparado mucho al personaje de Irene con Lisbeth Salander, de la saga Millennium. ¿Qué te parece?
Lo veo tan acertado que era el propósito. Es un homenaje a Lisbeth Salander y la novela en sí es un homenaje a Millennium. De hecho, cuando me dijeron que salía con Destino, que las letras iban a ser rojas... La novela es un poco Millennium en algunos sentidos e Irene es Lisbeth Salander. Yo le podía haber cambiado el color de pelo, o no haberle puesto una capucha negra, pero es que yo quería que el lector viera que es mi homenaje a Lisbeth Salander, sin ser tan protagonista y siendo adolescente. Hay mucho de Lisbeth en ella y me gusta que el lector lo descubra.
¿Cómo creaste los personajes? Uno de los puntos fuertes que se destaca de la novela es que están muy bien construidos.
Los autores que más me gustan son gente muy buena haciendo esto y destaco a Toni Hill, que además es psicólogo y crea unos personajes que alucinas con cómo puede meter tantas voces en una novela y que cada una suene exactamente como el personaje al que encarna. Como soy muy lector suyo, era una obsesión que los personajes fueran así de vivos. Eso requiere mucho trabajo: meses y meses de tomar notas. Pienso incluso en sus nombres y apellidos para que cada uno tenga un deje, un vocabulario, diferente. Todo está muy, muy estudiado, también la voz, sus gustos, sus pasados y las cosas que van a decir los personajes. Yo aprendo de los maestros como Toni Hill.
Dices que todo lo tienes muy estudiado. También has dicho que en esta novela has planificado todo mucho más al detalle que en las anteriores. ¿Por eso han pasado siete años entre tu segunda novela y ésta?
Empiezo a finales de 2019 y la entrego en 2023. En realidad no ha sido tanto tiempo, pero ha sido muchísimo tiempo. Te diría que por la complejidad y el reto de homenajear un cliché. Yo quería hacer, como dijo La Sexta, el Twin peaks manchego. Así que yo solo me ponía ya palos en las ruedas. Además, estudié una oposición, cambié de trabajo, el embarazo de mi pareja, compramos un piso y lo reformamos, la enfermedad de mi padre que acabó llevándoselo ese mismo 2023... Nos pasaron muchas cosas. Pero te mentiría si te dijese que tardé tanto por eso. Tardé sobre todo por ser una novela muy de mapa, porque tenía el síndrome de la página en blanco. Donde lloran los demonios [su segunda novela], pese a ser una novela que no tuvo casi recorrido a nivel de ventas, llegó a ser finalista del Cartagena Negra y yo sentía de verdad que era mi gran novela, que era una gran oportunidad y que la había un poco malgastado por no ser esa novela que yo entregaba a mi agente para que la defendiese ante las grandes. Yo sentía que todo lo nuevo que escribiese no iba a ser tan bueno.
Esa sensación es complicada...
Me encontraba a veces desolado, prácticamente deprimido, con el mando de la Play jugando a la consola. Pasé una etapa realmente mala en la que algunos amigos me ayudaron a salir diciéndome que tenía que trabajar, que tenía que seguir, que tenía una oportunidad muy grande. Ese síndrome del impostor lo sigo teniendo ahora. Ahora con la nueva novela estoy igual. Pienso que no va a gustar tanto como esta y demás. Pero hay que intentar racionalizarlo, trabajar y seguir. Y estar orgulloso de lo que has escrito. He aprendido mucho de eso y de la importancia del oficio. Por eso la siguiente novela es todavía más de mapa, porque me da seguridad. He aprendido mucho de gente como Santiago Díaz, de los Mola, porque son maestros de cómo debe armarse una trama. Soy cada vez más artesano de formar la historia.
En las dos primeras no planificabas tanto, entonces...
Sobre todo la primera. La primera fue un río y tuve que reescribirla muchísimo, sin tener experiencia... era un poco sobrevivir. Había cosas cogidas con pinzas. No quedó mal, pero tampoco especialmente bien. En la segunda planifico más, pero no al nivel de La mala hija. En La mala hija tenía todo muy atado. En el siguiente proyecto paso meses hasta que consigo llenar un par de libretas de notas y ya tengo una escaleta bastante definida para empezar a escribir.
¿Cómo cambió tu vida ser finalista del Cartagena Negra?
La cambia porque consigo llegar a Pablo Álvarez, actual Premio Azorín de Novela y mi agente, que ha estado en el mundo de la edición muchos años y ha descubierto a muchas voces de la literatura. Consigo que me represente, así que esa novela me abrió muchas puertas. Y ya sabía que mi siguiente novela iba a tener la oportunidad de acabar en una editorial grande.
Se habla mucho del auge de la novela negra gallega, de la vasca... pero Iván Baeza y tú habéis pegado fuerte casi a la vez con historias ambientadas en La Mancha. ¿Por qué y qué crees que tiene de especial esa tierra?
Es curioso porque conocí a Iván de camino a Pamplona Negra. Mi novela salió un poco antes y estando en el tren nos confesamos que nos teníamos un poco de inquina el uno al otro porque nos habíamos puesto nerviosos el uno al otro. Él porque tenía su novela muy bien atada, innovadora con el escenario de La Mancha, y de repente había salido La mala hija un poco antes. Y se puso muy nervioso. Y yo por mi parte diciendo: '¿Dónde va este ahora a meterse en este territorio que yo estoy abriendo?'. Luego al final somos súper amigos, compañeros de fatigas. Su novela tiene gran parte de lo que tiene La mala hija: ese escenario diferente porque habíamos visto mucho el norte con autores sensacionales. Quizá La Mancha o pueblos con tradición manchega no tanto. Yo veía que Almansa tenía un castillo medieval, esa elevación en la meseta, con ese frío, esos viñedos, esos almendros retorcidos, el invierno, la industria del calzado, el estar un poco separada de Albacete, que hace que los almanseños seamos muy de Almansa... Yo veía que el escenario podía ser muy potente para ambientar allí una novela negra y se había utilizado poco.
¿Cómo se compatibiliza la promoción, los viajes, la escritura de otra novela, con tu trabajo como profesor?
Tengo la suerte de tener los dos trabajos que me gustan, pero uno se va comiendo un poco al otro por suerte y cuesta muchísimo vivir de la literatura o aspirar a ello. Entonces hay que dedicarle todos los esfuerzos posibles para no quitárselos a mi familia. Llevar dos trabajos tan exigentes es muy complicado y hay que ir reduciendo uno mucho. No sé si del todo. Ojalá pueda seguir dando alguna clase, pero va a ser difícil.
¿En qué punto tienes la siguiente novela?
Alberto Caliani, autor de Mala Gente, me dice que no la llame La mala hija 2, pero me cuesta no llamarla así pese a que, por supuesto, llevará otro título. Va a tener mi voz, mis personajes desgraciados y rotos. Tiene algunas cosas que enlazan con la primera porque creo que es atractivo saber qué ha pasado con esos personajes unos años después. Llevaré un 60% y habría que entregarla más o menos en noviembre para que estuviese el año que viene. Además, en noviembre vamos a publicar mis primeras novelas en formato bolsillo. Y me hace muchísima ilusión.
¿Habrá adaptación audiovisual de La mala hija?
Me gustaría mucho. Hay interés de algunas productoras, al igual que se va a traducir al polaco y a algún idioma más. Soy humilde, pero confío porque la concibo de manera muy cinematográfica, escribo pensando en escenas más que en pasajes. Sería un sueño. Soy optimista y creo que llegará.
De todo lo que has vivido en los últimos meses, que te ha escrito hasta David Bisbal diciendo que le había gustado La mala hija, ¿qué es lo más extraordinario que te ha pasado?
Le encantó la novela, me quedé loco. He estado en la gala del Premio Nadal al lado de Gellida y de David Uclés, he estado firmando en Sant Jordi, se han formado colas en la Feria del Libro de Madrid, a Alberto Chicote le ha gustado mucho... No te lo esperas. Pero no es una pose si te digo que lo que más me ha emocionado a día de hoy fue un día que estaba firmando en La casa del libro de Murcia, que en ese momento no había mucha gente interesándose, pasaban por mi lado como si estuviera tratando de venderles un seguro, y entró una chica, se le iluminó la cara al verme y me dijo que traía la novela para que se la firmase a su amiga que lo había pasado muy mal en una operación de espalda y que la novela le había ayudado mucho en el hospital. Al final, la escritura se parece mucho a la docencia en la capacidad que tienes, sin darte cuenta, para tocar corazones y que te lo agradezcan siempre.
