‘El mar’ o la poética de la memoria democrática

‘El mar’ o la poética de la memoria democrática

La obra es bonita. Incluso, a veces, roza la belleza.

'El Mar' de Alberto Conejero y Xavier BovésTeatro de la Abadía

Frente a obras como El marque Alberto Conejero y Xavier Bobés acaban de estrenar en el Teatro de la Abadía donde hará una cortísima temporada, se tiende a pensar que siempre se ve la misma obra. Como hubo un tiempo que parecía que siempre se veía la misma película sobre la Guerra Civil. Ahora sería que siempre se ve la misma obra sobre la memoria democrática. Una memoria con la que la Abadía y su director, Juan Mayorga, tienen un compromiso explícito.

La obra es bonita. Incluso, a veces, roza la belleza. Conejero maneja el lenguaje poético de tradición lorquiana que es una maravilla. Y Xavier Bobés también es un maestro y un poeta del teatro de objetos. Y en esta obra muestran su destreza, su competencia, su arte. Que junto a la interpretación de Sergi Torrecillas, el actor que la protagoniza, explica el fuerte y largo aplauso del público, y sus comentarios elogiosos a la salida. Su deseo de recomendarla. Incluso de regalar las entradas.

Además, estos dos artistas, muestran en esta obra su compromiso con la intrahistoria unamoniana. El contar la Historia desde los seres anónimos que la vivieron y sus circunstancias. La historia olvidada. En este caso uno de esos comprometidos profesores republicanos que creían en la enseñanza laica de los niños para convertirlos en hombres. Que de ser verdad lo que se cuenta, se tomaban el asunto como un sacerdocio.

Es el caso del maestro de escuela que la protagoniza. Un maestro catalán. También de pueblo. Que vive en su infancia y juventud la miseria de una enfermedad paterna que endeuda a la familia. Una deuda que no le permite formarse como profesor hasta que no es saldada. Y cuando consigue titularse y sacar plaza, decide voluntariamente alejarse de los suyos para enseñar en un pueblo burgalés.

La primera extrañeza, que no se resuelve en la propuesta, es por qué se va a ese pueblo. El maestro es catalán. Todos sus vínculos afectivos y formativos están en Cataluña. Incluso su madre le recrimina que es un hijo de verano. ¿No había en aquella España republicana pueblos con la misma necesidad educativa en Cataluña? ¿De qué escapa? ¿Qué busca? Preguntas pertinentes porque no parece que esté reñido ni con su familia, ni con su habla, ni con su región.

Ser comunista y republicano no explica esa elección. Y sí, es bonito y bueno mostrar la solidaridad entre las distintas regiones de España. Y hablar de la buena gente y de la gente buena. Pero, aunque fuera verdad, es poco realista. En la ficción, todo personaje tiene una motivación que, independientemente de que dicho personaje no la reconozca, para el público tiene que ser explícita.

Estas preguntas sobre el personaje que no son resueltas lastran y ponen en cuestión lo que se oye y se ve. Desde esa hermosa introducción que hace un paralelismo entre teatro y escuela. Esa que pone de manifiesto que si el teatro no puede ser sin público, una escuela no puede ser sin alumnos y alumnas. Hasta esa voz en off dirigiendo una exhumación de la fosa común en la que se enterró a este profesor, al que, como ya se ha contado muchas veces, se mató por defender un tipo de enseñanza y por tener unas determinadas ideas políticas. Y ante lo que hay que volver a decir que matar está mal y que ninguna idea, punto de vista, creencia, opinión, emoción o sentimiento justifica el asesinato de un ser un humano por el hecho de tener las contrarias.

Sin embargo, la imagen la ponen unos adolescentes que han acudido con los que podrían ser sus profesores. En la distancia que exigen las relaciones sociales, parece que la lluvia teatral no les ha calado. Salen con caras aburridas a pesar de que la obra no es muy larga y es bonita. Incluso tiene imágenes intervenidas al estilo de cómo se intervienen muchos videos de los que ven. Con dibujos infantiles.

Hacen pocos comentarios acerca de lo que han visto. Una chica, tímidamente, dice entusiasta a algunos de sus compañeros que le ha gustado. Pero se queda cortada cuando la más moderna, vestida con bombers, vaqueros abombados, y con el pelo a cepillo, con mucho estilo, dice categórica y con convicción que a ella no. Al que le sigue un silencio cómplice del resto que no se atreven a decir lo mismo, pero a la que escuchan cuando argumenta. Quizás mantienen el silencio por la presencia de los adultos que les acompañan y les han sacado de excursión a ver algo que les han vendido como valioso. Maestros o profesores de instituto cuyo compromiso va más allá de lo que pase en el aula y de alguna manera se lo reconozcan, que el resto no se enrolla tanto.

Es esta experiencia pública, y, por tanto, política, lo que más interesa de la función. Esa desconexión en la que se encuentra la poética de la memoria democrática. Esa desconexión que, por ejemplo, hacía ininteligible el final de Madres paralelas, el último largo de Pedro Almodóvar. Y que está pidiendo a gritos una renovación poética de la ficción sobre este tema. Otras formas de hacer, otras maneras, mucho más contemporáneas y nuevas que saquen el debate sobre ella del círculo vicioso y cansino en el que se encuentra.

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Como el dramaturgo Anton Chejov, me dedico al teatro y a la medicina. Al teatro porque hago crítica teatral para El HuffPost, la Revista Actores&Actrices, The Theater Times, de ópera, danza y música escénica para Sulponticello, Frontera D y en mi página de FB: El teatro, la crítica y el espectador. Además, hago entrevistas a mujeres del teatro para la revista Woman's Soul y participo en los ranking teatrales de la revista Godot y de Tragycom. Como médico me dedico a la Medicina del Trabajo y a la Prevención de Riesgos Laborales. Aunque como curioso, todo me interesa.