ECONOMÍA

Deflación y desinflación: Guía para entender los riesgos de una bajada general de precios

03/04/2014 13:17 CEST | Actualizado 03/04/2014 13:34 CEST
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Si la inflación es la subida de precios, en tiempos de crisis nada podría sonar más atractivo que una bajada que dé un respiro a unos bolsillos que la crisis ha ido vaciando en los últimos años. Sin embargo, la deflación es un fantasma contra el que se conjuran los máximos responsables de la eurozona.

Como toda buena amenaza, hay quien está preocupado (el Gobierno, el FMI y la Comisión Europea) y quien cree que nunca pasará de un mero riesgo.

La deflación es la caída de precios generalizada en toda la economía y sostenida en el tiempo. En otras palabras, lo contrario de la inflación. En España, los precios bajaron en marzo un 0,2% interanual, volviendo a registros negativos, donde también estuvieron en el pasado mes de octubre por primera vez desde 2009.

El Banco Central Europeo, la institución con más herramientas para combatirla, asegura por el momento que la deflación no ha llegado. Estrictamente, aún no se puede decir que los precios bajen en una gran mayoría de sectores y que eso se haya prolongado en el tiempo. De hecho, los precios subieron en la eurozona un 0,5% en marzo. La cifra encaja mal dentro del sacrosanto mandato del BCE sobre la inflación, que tiene que estar "por debajo, pero cerca del 2%".

En cualquier caso, con una subida de precios del 0,5% no se puede hablar de deflación, pero sí de lo que más repiten los economistas: desinflación. En otras palabras, una inflación que se desinfla, cada vez más baja.

Esa caída de los precios puede desembocar en la deflación, y Europa puede enfilar un largo período de estancamiento cuyo precedente más cercano y temido es el Japón de los últimos 20 años.

El concepto de deflación no es malo de por sí, pero peligroso por lo que puede implicar y sus consecuencias para economías con grandes desequilibrios.

ASÍ FUNCIONA EL CÍRCULO VICIOSO DEL CONSUMO

La deflación implica una depresión en el consumo y en el caso de España es el reflejo de una actividad económica muy plana. Como no hay demanda de productos, los precios no suben. Y, lo que es peor, los consumidores pueden retrasar compras esperando a que los precios bajen aún más. El problema se retroalimenta.

Un bajo consumo reduce la actividad y beneficios de las empresas, que para competir y recuperar las ventas pueden optar por bajar a su vez los precios de sus productos. Para ello, probablemente se vean obligados a recortar costes, siendo la nómina de empleados una partida apetitosa en un mercado laboral como el español. A su vez, los parados generados contarán con un menor poder adquisitivo que incidirá aún más en la caída del consumo.

TUS DEUDAS CRECERÁN

Una deuda es un dinero que se ha de devolver junto con los intereses estipulados. Con la deflación, el consumo se reduce y el Producto Interior Bruto (PIB) disminuye. Pero los tipos de interés no pueden descender por debajo de cero (en la actualidad, el BCE los tiene fijados en su mínimo histórico, el 0,25%). En otras palabras, cuando hay deflación, el peso de los intereses sobre la deuda puede hacer que lo que hay que devolver sea más.

Así lo explica Fabrizio Quirighetti, economista jefe y responsable del equipo de análisis macroeconómico del grupo SYZ & CO, en un artículo en Cinco Días.

Supongamos que un país o un individuo soportan una deuda igual al 100% de su PIB (de su renta) y paga intereses anuales del 3%. Si sus ingresos crecen más del 3% anual, entonces el peso de la deuda (con respecto a sus ingresos) disminuirá mecánicamente en el tiempo sin necesidad de proceder a ajuste alguno. Imaginemos ahora que sus ingresos disminuyen, el peso de la deuda respecto a la renta se inflará. Y lo que es peor, en caso de deflación el tipo de interés no se podrá ajustar completamente a la baja, pues como mínimo será igual al 0%.

Puede que el consumo, el PIB y tu riqueza baje. Los intereses nunca pueden bajar de cero. Afecta tanto a la deuda pública como a la privada.

¿CON TRABAJO Y SIN DEUDAS? MENOS QUE TEMER

La deflación puede tener efectos positivos, como apunta Emilio Ontiveros, catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Madrid, y bloguero de El Huffington Post:

La deflación tedrá ventajas para "aquellos agentes que tengan la suerte de tener asegurada la percepción de rentas, sean del trabajo o del capital. Los que sean ahorradores netos están también de suerte. Además, la caída de los precios, por sí sola (si las demás variables que determinan la competitividad no se mueven), es también un reforzamiento de la competitividad de las exportaciones. Siempre y cuando, claro está, nuestros principales socios comerciales no se vean inmersos en la misma corriente descendente de precios. Y aquí volvería a ser muy conveniente que en las economías del norte de la eurozona hubiera algo más de inflación, de mayor impulso a la demanda, en definitiva".

¿QUÉ HACER CONTRA LA DEFLACIÓN?

El BCE tiene varias herramientas a su disposición que beneficiarían al conjunto de la eurozona. La más obvia es la bajada de los tipos de interés al 0% para fomentar la actividad económica, el crédito y el consumo. Ahora están en su mínimo histórico, el 0,25%.

La institución que preside Mario Draghi también tiene en su mano desbloquear la situación modificando las garantías que exige a los bancos a cambio de liquidez o incluso interviniendo en los mercados y comprando deuda, una decisión más drástica e improbable.

Cada país puede también fomentar el consumo con su política fiscal, bajando impuestos u ofreciendo bonificaciones, o inyectando dinero público en la economía. Sin embargo, la estricta política de control presupuestario impulsada desde la Unión Europea hace improbable esa posibilidad.

En el siguiente gráfico puedes ver la evolución del IPC en España: