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El general alemán que murió bailando con un tutú rosa ante el emperador Guillermo II

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Dietrich von Hülsen-Häseler.
Dietrich von Hülsen-Häseler.

Pocas muertes hay más ridículas que caer fulminado a los 56 años por un ataque al corazón mientras, ataviado con un tutú de color rosa y una corona de rosas, bailas ante el emperador de uno de los países más poderosos del mundo.

Pese a contar con una brillante hoja de servicios en su carrera militar por y para Alemania, la vida del general Dietrich von Hülsen-Häseler, jefe del gabinete militar del kaiser Guillermo II, ha quedado reducida a una breve nota en los libros que analizan los motivos que propiciaron el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-19818).

Su mención a pie de página no se debe, para su desgracia, a su valía profesional o a las hazañas militares que protagonizó, sino a lo ridículo de su fallecimiento, en noviembre de 1908.

Lo cierto es que, tal y como narran las crónicas de la época, la actuación homoerótica de von Hülsen-Häseler en una fiesta celebrada en un pabellón de caza estaba dejando buen sabor de boca entre los asistentes. Emperador alemán Guillermo II incluido, todos reían a carcajadas al ver cómo un recio alemán de cuidado bigote y vestido de bailarina de ballet dejaba de lado todo sentido del ridículo.

La súbita muerte del general (y conde) Dietrich von Hülsen-Häseler provocó el pánico en el emperador, que abandonó el lugar a toda prisa para evitar cualquier implicación en el suceso. "Finalizada la actuación, el general saludó a la audiencia con una reverencia y se desmayó. Cundió el pánico entre los invitados. La princesa Fürstenberg, la anfitriona, lloraba a mares, y al nervioso káiser lo vieron ir de un lado para otro. El médico, al que llamaron a toda prisa, no pudo hacer otra cosa que certificar la muerte de Hülsen-Haeseler por un fallo cardiaco. Cuando finalmente la atención volvió a centrarse en el difunto, el rigor mortis ya se había instalado, y resultó muy difícil quitarle el tutú al jefe del gabinete militar y amortajarlo con un atuendo militar más apropiado”, narra el escritor Philipp Blom en el libro Años de vértigo.

Von Hülsen-Häseler “tenía la capacidad de contar las historias más asombrosas en el dialecto berlinés y gozó de una gran influencia en el ejército porque todos los ascensos pasaban por sus manos. Los comandantes de mayor rango dependían mucho de sus opiniones”, contaba en su necrológica The New York Times el 15 de noviembre de 1908.

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La muerte de su gran amigo dejó a Guillermo II en estado de shock en un momento que no era, ni de lejos, el mejor de su vida. De hecho, la muerte de von Hülsen-Häseler se produjo durante unas jornadas de relax que se autoimpuso el emperador alemán tras haber provocado un incendio que contribuyó a empeorar unas relaciones diplomáticas ya por aquel entonces bastante frágiles.

EL 'CASO DAILY TELEGRAPH'

El 28 de octubre de 1808, The Daily Telegraph publicó una supuesta entrevista con el káiser que, en realidad, recogía partes de las conversaciones que habían mantenido Guillermo II y un hacendado inglés durante un viaje privado. El texto era pura dinamita. Una pincelada de contexto: Reino Unido y Alemania eran los grandes rivales (en el aspecto económico, militar, social…), un Real Madrid-F.C. Barcelona de principios de siglo XX. Cualquier mal gesto, cualquier palabra de más, podía derivar en un desagradable conflicto diplomático. De ahí a la declaración de guerra sólo había un paso.

En el texto, Guillermo II exponía sus opiniones sobre las relaciones anglo-germanas y su rivalidad en la conquista de los mares. Guillermo manifestó cuánto había deseado siempre unas buenas relaciones entre Alemania y Gran Bretaña, y se quejó de que los británicos no apreciaban lo mucho que Alemania había hecho por ellos. También arremetía contra la reciente amistad establecida entre Gran Bretaña y Francia, la alianza británica con Japón y alertaba del “peligro amarillo”.

Las declaraciones no gustaron nada en Alemania. Hubo peticiones de abdicación y en el Reistag las palabras del emperador fueron recibidas con una mezcla de sorpresa e indignación.

Dolido por no tener el cariño de la clases política de su país, Guillermo II se retiró a una propiedad campestre en la Selva Negra para cazar y descansar. Y, dado su peculiar carácter, reirse humillando a los demás.

La crisis del Daily Telegraph, y como daño colateral la muerte de su amigo el conde, tuvo un efecto devastador sobre el propio emperador. Horadó su autoconfianza y contribuyó a que se sumiera en una depresión de la que nunca llegó a salir. "La mayoría de sus contemporáneos, incluidos los estadistas europeos, creían
que estaba trastornado; clínicamente, es probable que tuvieran razón", relata el historiador Max Hastings en su libro 1914, el año de la catástrofe.

Su influencia, tanto dentro como fuera de su país, quedó seriamente tocada. Una pérdida que trató de recuperar embarcándose en una guerra catastrófica que su país acabó perdiendo.

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