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Cervantina: Cervantes encuentra a sus Monty Phyton

24/01/2016 09:56 CET | Actualizado 24/01/2017 11:12 CET

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Foto cedida por la Compañía Nacional de Teatro Clásico

La música y la comedia, esas son las estrategias que Ron Lalá ha elegido para inocular el virus de la Cervantina a los espectadores que pasen por el Teatro de la Comedia. Virus que les hará disfrutar de Cervantes, a la manera que los cómicos ingleses hacen disfrutar de sus clásicos. Riéndole las gracias y haciendo que sea una fiesta en la que todo el mundo quiere participar para celebrar al autor de El Quijote.

Su objetivo no es otro que el de aquellos pocos profesores de instituto, editores y gestores culturales que en la Transición Española (ya desgastada de tanto usarla) pensaban que la cultura con la risa entra. Virus que debieron inocular a los ronlaleros, así se hacen llamar los componentes y seguidores de esta compañía, para que, veinte años después de que la música y la poesía les reuniese en uno de aquellos institutos, les siga animando a cantar y contar con la gracia, la falta de impostura y la frescura con la que lo hacen. Bueno, aquellos profesores y editores y Yayo Cáceres, que llego más tarde.

Se llevan así, a sus espectadores, a un Viaje al Parnaso de Cervantes de la mano de Don Quijote, Rinconete y Cortadillo, La Gitanilla, El viejo celoso y El celoso extremeño, acompañados de un Coloquio de los Perros. Permitiéndoles descubrir a un autor fascinante, diverso y contemporáneo que la mala educación ha alejado de sus lectores. No se sabe si intencionadamente, puesto que leer a Cervantes significaba y significa aprender a pensar por uno mismo, a ser más libres. Como lo son todas las mujeres de sus obras en ¡el siglo XVII! Algo de lo que siempre han tenido miedo los poderes fácticos.

Vídeo cedido por Compañía Nacional de Teatro Clásico

Pues que tiemblen dichos poderes. Porque estos ronlaleros, después de agotar entradas en Madrid, salen de gira por España y por el mundo. Como profetas del humor y la canción para con la risa y la rima reivindicar a Cervantes. Como una ONG de médicos del mundo que intentara acabar con todo aquello que nos pudre, que nos convierte en unos podridos. Necesitados de un tratamiento que ellos se ofrecen a dar metiéndonos un supositorio (con manos perfectamente enguantadas, asepsia ante todo) por el culo. Sobreentendido que se ríe y se comparte. Y, que, al igual que las mujeres barbudas y peludas que suben a escena, recuerdan a ese humor tan típica y surrealistamente inglés de los Monty Phyton.

Hablamos, por tanto, de un teatro popular. Hecho para el pueblo y para las masas al estilo de Cervantes. De ese que considera a las masas lo suficientemente inteligentes para que cacen las referencias al vuelo. Las de entonces y las de ahora mismo. Que ven que desde que el mundo es mundo, porque se lo contaron sus antepasados, y lo contó Cervantes, la vida es una lucha por liberarse. Librarse de esos que les dicen cómo y qué pensar, de qué reírse, cuándo mostrarse serios. Como muchos de los políticos, periodistas y líderes de opinión actuales.

Una liberación, la de la risa, que recorre el patio de butacas a medida que avanza el espectáculo. Que desempolva al autor que se celebra. A ese que la musa (fascinante imagen la que han creado para mostrarla) tanto le pidió para darle solo palabras, buenas palabras, nada más que palabras, para contarnos el mundo.