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¿Alemania culpable?

06/05/2013 08:09 CEST | Actualizado 05/07/2013 11:12 CEST

Si la primera víctima de la guerra es la verdad, en el caso de las crisis son los matices los que corren la peor suerte. Lo estamos comprobando en Europa con la recesión económica sin saber a fecha de hoy hasta dónde nos llevarán las descalificaciones cruzadas y a bulto que recorren el continente, aunque intuimos que a ningún buen lugar.

Hace pocos días el fútbol nos ha recordado hasta qué punto son ridículas las generalizaciones. No fue España la eliminada en las semifinales de la Champions, sino dos de sus mejores equipos: el Real Madrid y el Barcelona, compuestos por un mosaico multinacional de jugadores tan variado como el de sus adversarios en la eliminatoria. Si uno de los dos hubiera obtenido el billete a Wembley, todo el discurso globalizador de la victoria de Alemania y la derrota de nuestro país sobre el césped no habría salido a la superficie. ¿O es que si el Bayern gana al Borussia afirmará alguien que Baviera ha derrotado al resto de la República Federal, o viceversa?

Con la crisis pasa en buena medida lo mismo. Hartos ya de estar hartos, muchos de los que sufren las consecuencias más duras de la crisis en forma de recesión y desempleo vuelven sus miradas hacia Alemania para señalarla con el dedo y declararla culpable. Por su parte, los que en teoría se benefician de esa política en territorio germano aumentan el volumen de las mentiras y los tópicos sobre las cigarras del sur de Europa. A este paso, la capacidad superadora de fronteras generada por décadas de éxito en la construcción europea puede quedar literalmente sepultada por toneladas de nacionalismo.

Hay que parar este despropósito con las luces de la razón, ni más ni menos.

En primer lugar, afirmando que no son los países como entidades totalmente homogéneas sin diferencias internas quienes adoptan decisiones, equivocadas o erróneas. Alemania no es la responsable de la imposición de una política de austeridad a ultranza y palo seco que está devastando las esperanzas de millones de europeos en salir de la crisis y poniendo una bomba de relojería en este gran invento que es la UE. Hilemos un poco más fino: la autoría de tal política tiene nombres, partido e intereses, que no son otros que Angela Merkel, la CDU y las clases dominantes del país. Ni los socialdemócratas ni los millones de alemanes que viven en condiciones salariales y laborales precarias defienden algo que ni consideran acertado ni les beneficia. Ahí está el programa del SPD para demostrarlo.

Como tampoco es España sin más quien considera probado que la austeridad no le sacará del pozo económico en el que ha caído. Son Mariano Rajoy, el PP y los empresarios que esperan recuperar su tasa de beneficio destruyendo el mercado laboral quienes la asumen y la defienden. Pero no los sindicatos, la izquierda (PSOE e IU), la sociedad civil movilizada en defensa de lo público o los seis millones de parados.

Es ahí donde ha residido el error de los socialistas franceses al plantear en un primer momento una "confrontación democrática" con Alemania para cambiar el rumbo de la política económica europea, porque no es a ese país al que hay que plantar cara, sino a quien lo dirige. Mejor hubieran hecho desde el principio en proponer una batalla de propuestas y valores contra la derecha europea, porque la francesa no se aleja demasiado en sus planteamientos de la germana.

¿Cómo? Con un programa común para la recuperación económica a través de la defensa del Estado del bienestar con quienes en Berlín, Roma o Madrid están dispuestos a decir basta al suicidio de la austeridad, demostrando que los intereses de la mayoría de los alemanes, los franceses, los italianos o los españoles difieren de los que encarna Merkel.

Parece increíble que habiendo construido la primera democracia supranacional de la historia que es la UE, con una orientación federal que se ejercita cada día en políticas comunes e instituciones tan impresionantes como el Parlamento Europeo o la Comisión, se haya conseguido introducir de nuevo la vieja dialéctica de unas naciones contra otras consideradas como un todo, olvidando que las componen ciudadanos con intereses y aspiraciones legítimamente contrapuestos.

Quienes creemos en una UE federal y solidaria, hablemos alemán o español, griego o sueco, italiano o inglés, estamos aún a tiempo de actuar como ciudadanos europeos, que es lo que somos. De lo contrario, este instrumento de valores y objetivos que es la Unión terminará naufragando en un indescifrable mar de banderas y mezquindades.

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