Culpable. Es el chivo expiatorio que necesita nuestro Gobierno. ¿Recortes? Son por Merkel, la inflexible, fíjense en su imagen: mismo peinado, chaqueta, collar, postura idéntica. ¿Austeridad? Es por Merkel, oigan su voz plana y aburrida: ni inflexiones ni pausas, ni énfasis. Ni un ápice de compasión.
Estaba Vladimir Putin en la Feria Internacional de la Industria de Hannover, recorriendo el stand de Volkswagen y viendo el XL1 (el coche con el consumo más bajo de combustible del planeta) acompañado de la canciller alemana Merkel, cuando varias mujeres haciendo topless les asaltaron con el cuerpo escrito, entre gritos.
Da vértigo pensar que quien te ha de proteger es perfectamente previsible en el error. "Piensa mal y acertarás" es a estas alturas el mejor consejo del que se debe valer cualquier analista para entender las claves de nuestra Unión Europea. Secuestrada, a partes iguales, por unos volátiles mercados y unos perfectamente erráticos y miopes líderes de la eurozona, la UE es lo más parecido al caos circulatorio en las horas punta.
El norte de Europa ha resistido parcialmente indemne a la crisis, mientras que el sur se desangraba, pero la crisis empieza ya a golpear a la puerta de Alemania. Matar a los clientes jamás fue una buena política comercial. Con algo de suerte Merkel acabará por darse cuenta, pero sólo si resultara ser más inteligente que sus secuaces.
La baja natalidad que existe en Alemania, un país que según nos comentan algunos comienza a ser el "geriátrico" de Europa, exige a las autoridades alemanas poner la vista en otros países para captar aquellos trabajadores que les permitan cubrir los huecos que no pueden ser asumidos por los jóvenes alemanes.
Como un juguete roto, nuestro sistema no funciona. Nuestras instituciones democráticas no son un juguete, pero se han utilizado como si lo fueran. Se han manoseado para enriquecerse una minoría, pero han gozado del amparo de inquietantes mayorías. No sé qué más tiene que suceder para que haya una reacción rotunda y colectiva.
El futuro de Andrés, de 28 años, se encuentra en Berlín. Marta, en cambio, tendrá que quedarse en casa, no tiene estudios y su única esperanza está en su ciudad. Carlos, de 36, está casado con Sagrario y tienen dos hijos y, desde hace un año, viven gracias a sus padres. ¿Quién refinanciará, señor presidente, sus vidas?