BLOGS

La UE es una democracia

01/06/2013 09:59 CEST | Actualizado 31/07/2013 11:12 CEST

Conviene hacer un esfuerzo para que en esto de Europa los árboles no nos impidan ver el bosque, porque me temo que la crisis está consiguiendo, con su dureza y su permanencia, lo contrario. Y eso no es bueno, particularmente en un país que ha dado un salto espectacular en su desarrollo gracias a su pertenencia a la UE desde 1986.

Lo digo porque que cada vez es más común, incluso entre las personas más informadas y formadas, afirmar que la UE no es democrática, en un salto cualitativo desde aquel "déficit democrático" que se atribuía hace años y con razón a la construcción europea.

Por supuesto que cada uno es muy libre de pensar lo que considere oportuno (que tampoco en el tema Europa puede haber dogmas), pero una cosa es estar en desacuerdo con las decisiones que se adoptan en la UE y otra considerar que la adopción de las mismas y la propia Unión no responden ni a principios ni a normas propios de una democracia.

Yo, por ejemplo, considero que la política de austeridad por la austeridad ha fracasado (como se afirma en el II Informe sobre el estado de la UE elaborado por la Fundación Alternativas y la Friedrich-Ebert-Stiftung), pero eso no me lleva a pensar que el Parlamento Europeo, el Consejo o la Comisión no tienen legitimidad democrática.

Sí la tienen, por mucho que rechacemos lo que deciden. La UE es la primera democracia supranacional existente en la historia y, con el Tratado de Lisboa, que ha recogido el 95 % de la Constitución que elaboramos en la Convención de los años 2002 y 2003, tiene los rasgos básicos del estado de derecho: la designación de quien gobierna en elecciones libres, la separación de poderes y una declaración de derechos jurídicamente vinculante.

No hace falta extenderse sobre la legitimidad democrática del Parlamento Europeo, que sale directamente de las urnas y tiene no solo los mismos poderes que cualquier Parlamento nacional (legislar, aprobar los presupuestos, controlar al Gobierno que vota -la Comisión Europea-), sino incluso más. Ya no estamos ante una Cámara principalmente deliberante (la que conocí cuando llegué en 1994), que también, sino ante una asamblea decisoria, representativa de la ciudadanía europea (como la que dejé en 2009).

Por su parte, la Comisión es votada, controlada y, en su caso, destituida por el Parlamento Europeo. Podremos considerar que muchas veces se equivoca, pero no por estar formada por burócratas que no rinden cuentas ante nadie: la realidad es que está integrada por políticos experimentados, de amplia trayectoria, que comparecen más ante la Eurocámara que muchos ministros nacionales ante su Parlamento, empezando por la obligación de someterse a duras audiciones antes de ser elegidos. Y que actúan con la independencia de criterio exigible a quien tiene como misión preservar el interés comunitario más allá del de cada Estado miembro.

Y el Consejo Europeo y el Consejo (que son la otra cámara de un sistema bicameral y, a veces, actúan como un ejecutivo cuando así lo señala el Tratado) no vienen de Marte, sino que están formados por Gobiernos elegidos en los Parlamentos nacionales que salen de los comicios generales en cada Estado miembro. Difícil negar a esas instituciones su legitimidad sin rechazar que nuestro país sea una democracia.

Falta decir que todas esas instituciones tienen por encima al Tribunal de Justicia de la UE, que establece la legalidad de los actos legislativos y ejecutivos en la UE, y del que solo nos acordarnos cuando sus sentencias resultan llamativamente positivas: tema desahucios, recientemente.

¿Qué hay que profundizar la democracia europea? Sí: por ejemplo, haciendo que sea el presidente del Parlamento Europeo quien proponga al candidato a presidir la Comisión tras las elecciones a la Eurocámara, que a su vez, en consecuencia podría debatir una moción de censura constructiva, o creando la figura del referéndum europeo sobre temas de especial relevancia.

Pero esa es una cosa y otra la política decidida en la UE por las mayoría salidas de las urnas, vía nacional o europea, que hoy gobiernan en el Consejo Europeo, el Consejo, la Comisión y el Parlamento de Estrasburgo, por cierto, imponiendo sus opciones ideológicas por la vía de olvidar que la construcción europea ha sido siempre y debería seguir siendo el producto de un gran consenso político y social, de una gran coalición europeísta.

Así que, como la UE es una democracia, para cambiar la actual política de austeridad por otra que esté equilibrada a favor del crecimiento y el empleo, lo mejor es ejercer el poder que la ciudadanía europea tiene en sus manos: votar en consecuencia en el nivel nacional y en el comunitario, empezando por las elecciones a la Eurocámara de 2014. Sin olvidar otras vías de democracia participativa como la Iniciativa Ciudadana Europea o las movilizaciones de ámbito comunitario (incluida la huelga), amparadas en la Carta de Derechos Fundamentales de la UE.