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¡Claro que Podemos!

24/09/2014 14:41 CEST | Actualizado 24/11/2014 11:12 CET

Germán Cano, Jorge Lago, Rita Maestre, Eduardo Maura, Jorge Moruno, miembros de Podemos

 

"Una idea que no sea peligrosa no merece llamarse idea". Óscar Wilde

Arrastramos más de 30 años cómodos con la posición de derrota, con el calor que otorga ser siempre los mismos aunque cambien las caras. Los mismos tics, los mismos gestos, las mismas neuras, los mismos temores, los mismos tótems y demonios. Más pendientes de mirar al pasado con nostalgia, de abrazarnos a los símbolos, que de afrontar la realidad material del presente. Si algo hemos de aprender de los resultados de las elecciones del pasado 25-M, es, sin duda, que la política no funciona como las matemáticas. Ni los factores se repiten, ni las fórmulas son siempre las mismas en todas partes, ni los resultados se deducen de una lógica aritmética. Hay sumas que restan y restas que suman. En política, la manera de corroborar que los diagnósticos, la claridad en los análisis o la certeza de que algo es de una determinada manera resulta ser muy simple: depende de la influencia y de la cantidad de gente que respalda y se ve reflejada, haciendo suya, una toma de posición. En política, el peso de las opiniones es tanto mayor  cuanta más gente lo hace suyo, lo comparte y lo recombina, convirtiendo ese peso en fortaleza. 

 

Podemos no es el 15-M, pero solamente se entiende a partir del 15-M. Si Podemos ha dado un paso adelante es porque, por vez primera en mucho tiempo, la gente de abajo, la que realmente está sufriendo los recortes y el aumento sangrante de las desigualdades, la falta de democracia y bienestar, ha percibido que ha llegado su momento de dejar de perder. Pero si queremos seguir apostando por ganar y crecer, debemos concentrar nuestros esfuerzos en una estructura organizativa y estratégica que pueda articular trabajo de base y eficacia, movimiento ciudadano y dirección, sin perder nunca el espíritu radicalmente democrático que guió desde el principio esta iniciativa. 

En un momento en el que nuestros adversarios han tomado nota de que el suelo, por vez primera, se está moviendo bajo sus pies, no podemos volver atrás y ahogarnos en discusiones que nos hagan perder esa mayoría social que debe ser siempre nuestra brújula y razón de ser. Podemos debe ser para toda la gente, con independencia del modo y la intensidad en que desee hacerlo, y no sólo para aquellos militantes, sin lugar a dudas fundamentales, que más tiempo o experiencia pueden dedicarle a la política activa.  Esto exige responsabilidad y altura de miras: no podemos permitirnos el lujo de que nuestra búsqueda honesta de transparencia y horizontalidad sirva de caldo de cultivo para el arribismo y el oportunismo. Porque creemos en la idea que ha ido extendiendo la ilusión de Podemos como un virus democrático transversal, debemos ser precavidos y vigilantes ante estos obstáculos que desandarían el camino que nos ha llevado hasta aquí.

El viejo compromiso politico debe ser lo suficientemente generoso como para dejar sus mochilas militantes y abrirse a una nueva mayoria social que sienta éste como su lugar, una nueva mayoría comprometida y movilizada. Desde el 25-M parece que se ha recuperado un cierto gusto por la victoria. Una aspiración donde lo que importa no es tanto un debate infinito sobre lo que cada uno entiende por ganar, sino la percepción de que es posible un cambio de algunas instituciones centrales de la sociedad por la actividad de la sociedad misma, como diría Cornelius Castoriadis. Este imaginario social instituyente se produce cuando la política vuelve a ser objeto de discusión colectiva y, por tanto, cuando se cuestionan los contornos y las bases del régimen político constituido.  A la hora de pensar los vertiginosos tiempos que se nos presentan, corremos el riesgo de vernos arrastrados por las inercias pasadas y por las prisas del presente ante el futuro inmediato. Recordemos (nunca hay que olvidarlo), que una de las razones por las que surgió Podemos se debía a que había mucha gente fuera de las organizaciones que no solía votar en congresos y no formaba parte de las decisiones intestinas de las organizaciones políticas ni de sus movilizaciones. Si desde el 17 de enero mucha gente ha visto en Podemos una herramienta eficaz con la que golpear es, precisamente, porque se ha puesto el acento en el protagonismo ciudadano y popular. Así debe seguir siendo, ya que no debemos caer en los mismos errores que hicieron de la irrupción de Podemos una necesidad. Esta experiencia nos ha enseñado la importancia de esponjar las organizaciones, la necesidad de ser porosos con todas estas realidades vitales, con las diferencias irreductibles, y evitar cocerse en la salsa interna de las luchas paralelas e intestinas.  

Existe mucha población golpeada y perjudicada por las políticas económicas de la Troika, una mayoría susceptible de conformar una unidad popular, pero que no se ve reflejada en los símbolos, los códigos y las formas tradicionales de la izquierda. Mucha más gente que ansía más democracia de la que es capaz de albergar la unidad de la izquierda o cualquier otra etiqueta tradicional. La unidad popular no es la unidad de las siglas en torno a un programa. Por supuesto que son fundamentales algunos puntos programáticos claros y radicalmente democráticos. Sin embargo, hace falta ir más allá. La unidad popular es la ruptura colectiva con los mecanismos y consensos que garantizan el enriquecimiento de unos pocos a costa del empobrecimiento de la mayoría, abriendo un nuevo escenario político. Por lo tanto, consideramos que  no se puede pensar ese cambio sin otro tipo de rupturas previas. A la hora de plantear la necesidad de dotarse de nuevas herramientas para nuevos tiempos, hay que plantearse también la ruptura con todas las viejas formas de pensar y plantear la política. Nada cambia de un día para otro, por eso sólo la ruptura permite dar los primeros pasos en una profunda transición. No se trata de maquillarse o de hacer el gatopardo. Tampoco de reordenar las mismas fichas, con algunos añadidos, dentro del mismo tablero. Se quiera o no, el cambio viene acompañado del trauma generado por una ruptura que, sin duda, provocará reacciones tan poco agradables en los sectores más identitarios como necesarias para el cambio político. El mapa mental debe modificarse por completo.

No somos tampoco la Izquierda IKEA, esa que, cuando alude a la necesidad de un "frente de izquierdas", entiende la nueva construcción política como un ensamblaje de componentes prefabricados donde cada pieza se ajusta conforme a un manual de instrucciones. Para poder hablar de "unidad popular" debemos abandonar esas formas de la vieja política, entre las cuales destacan los pactos de despacho entre cúpulas. Esto incluye también abandonar las posturas que entienden por democracia una maraña burocrática de coordinadoras y delegados de delegados territoriales, donde finalmente los pequeños aparatos de pequeñas organizaciones políticas terminan adquiriendo un poder que jamás lograrían en condiciones de exposición pública. No nos hacen falta más patriotas de partido, ni viejos ni nuevos, para urdir esta complicada tarea. Los patriotas de partido (da igual la sigla y el color), muchas veces escudados en el fetichismo de la organización, gastan sus energías en atender sus problemas privados y dejan de lado el uso público de su razón y acción. Imbuirse en procedimientos burocráticos (también lo es la obsesión hiperhorizontal, muchas veces convertida en la democracia del culo de hierro que, precisamente por su capacidad para aguantar hasta el final de todas las asambleas, actúa como un cepo sobre sí misma) que miran hacia adentro, centrarse en el reparto pactado de cuotas de poder, en apuntalar debates que se alejan de la sociedad, solo puede acabar carcomiendo las posibilidades del cambio político en este país. 

La propuesta coherente de borradores ético, político y organizativo que lanzamos quienes impulsamos Podemos parte en un primer momento de la necesidad de plantearse el escenario político desde una estrategia común y global que pueda adaptarse a cada situación y que, desde la humildad y la transparencia, no ignore las dificultades y contradicciones que atravesamos. Si la meta ya no es la de ocupar un papel testimonial desde el cual incidir tímidamente en la política institucional, entonces las elecciones generales son un objetivo prioritario. Por su parte, las elecciones autonómicas se nos plantean de forma ambigua, por un lado como un espacio indispensable de disputa para la recuperación democrática de los territorios y, por el otro, como la antesala del cambio político que las elecciones generales van a permitir.

En el ámbito municipal no debemos ser arrogantes, y creemos que podemos (y debemos) trabajar en el territorio con una multiplicidad de actores y movimientos sociales con los que no sólo no debemos entrar en competencia, sino que son la condición de posibilidad de la construcción popular y ciudadana. Quienes han visto y se han dejado estos últimos meses la vida en construir Podemos en los barrios, los pueblos y las ciudades, ven seguramente con buenos ojos cooperar por el cambio político en lugar de pujar por un protagonismo privado. Más si cabe cuando este cambio se viene fraguando desde hace años, al menos desde que la sociedad civil organizada, una parte de ella ahora en Podemos, empezó a trabajar sin tregua por recuperar sus derechos. 

Es más, quienes lanzamos la iniciativa Podemos el pasado mes de enero, así como toda la gente que hizo suya la iniciativa, antes o después, partimos de la misma  premisa que ahora tratamos de trasladar a la Asamblea Ciudadana "Sí Se Puede": construir herramientas para convertir la indignación en cambio político. Algo que nada tiene que ver con levantar un nuevo chiringuito, lo cual se compadece poco con un uso celoso de la marca Podemos. Pensamos que lo crucial es ahora trabajar por la unidad popular y ciudadana. Nuestra organización, sus afiliados y simpatizantes, sus portavoces y candidatos, las gentes que no hemos parado un minuto desde hace meses en construir una alternativa real para este país, podemos y debemos acudir a las elecciones municipales con todos aquellos que compartan nuestro ADN: transparencia, democracia, recuperación de la soberanía, puntos alejados de cualquier pacto de salón y de cualquier atajo a la nueva forma de hacer política que representamos.

Es cierto, las elecciones municipales llegan muy pronto y debemos asumir que no contamos con las garantías suficientes para presentarse con la marca Podemos en los más de 8.000 municipios de este país, o para hacerlo a la altura de las expectativas que nosotros mismos hemos generado. No siempre es fácil mirar el conjunto y hacerlo con la cabeza fría, pero hoy es más necesario que nunca: si cada una de nosotras y nosotros nos salimos de nuestro caso concreto y hacemos el esfuerzo de pensar el mapa completo, nos costará encontrar criterios objetivos para decidir por qué en un territorio podemos presentarnos como Podemos y en otro no. Todos tendemos a ver los males ajenos y a reivindicar nuestra situación como idónea: "yo podría, el resto quizás no". La marca Podemos no es un talismán, pero puede convertirse en una pesadilla si llega a utilizarse para fines que se alejan de su ADN, aunque sólo sea en un pueblo, en un barrio o en una aldea.  Ahora bien, que nadie se asuste, el ingente trabajo que hemos realizado hasta ahora en barrios, pueblos y ciudades no va a caer en saco roto. Al revés, todos tenemos la responsabilidad de poner esas energías y ese trabajo al servicio de nuestro territorio con toda la contundencia posible, pero también con toda la responsabilidad, y hacerlo enmarcados en una estrategia común que nos fortalezca. Ahí es donde las apuestas ciudadanas para la recuperación de la soberanía se vuelven centrales, se llamen Ganemos o no. No se trata de apostar por una foto fija, ni de aceptarlas sin más, sino de asumir que pueden ser la mejor garantía para que en nuestros municipios, donde menos necesarias son las siglas y los patriotismos de partido, y más imprescindible y necesaria es la participación ciudadana y su autogobierno, las gentes de Podemos puedan trabajar sin tregua por la democracia y la unidad popular.

Hacer política, resistirse a unos poderes no democráticos que están ahogando a la población, exige en ocasiones tener que abrazar escenarios no elegidos, mancharse con imperfecciones y mil matices, exponerse al insulto y la ira. Amplitud de miras, audacia y coraje son las tres líneas anudadas que pueden hacer de esta oportunidad histórica el borrador de un gobierno cuya primera deuda a pagar sea con la gente.