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Lo que todas las mujeres se ven obligadas a hacer

02/12/2015 07:20 CET | Actualizado 01/12/2016 11:12 CET
Gretchen Kelly

Hay algo que pasa cada vez que escribo o hablo sobre temas relativos a la mujer. Sobre la forma de vestir, la cultura de la violación y el sexismo. Siempre hay quien dice "¿no hay cosas más importantes de las que preocuparse?", "¿realmente es para tanto?", "¿no crees que estás siendo exageradamente sensible?" o "¿no crees que estás siendo algo irracional?".

No hay vez que no me pase.

Cada vez que pasa, me frustro. ¿Por qué no lo entienden?

Creo que ya sé por qué.

Porque no saben lo que es.

No saben lo que es no poder avanzar más. Que te reduzcan. Que te sometan.

Incluso nosotras, que lo vivimos, no siempre somos conscientes de ello. Pero a todas nos ha pasado.

Todas hemos aprendido, ya sea por instinto o por el método de ensayo y error, a reducir una situación que nos incomoda. A evitar que un hombre se enfade o a evitar ponernos en peligro. En numerosas ocasiones, todas hemos ignorado un comentario ofensivo. Todas nos hemos reído de algo inapropiado para salir del paso. Todas nos hemos tragado la ira cuando se nos ha menospreciado.

No es algo que siente bien. Es asqueroso. Sucio. Pero lo hacemos porque, de lo contrario, estaríamos poniéndonos en peligro, nos ganaríamos un despido o que nos etiquetaran como zorras. Así que solemos elegir la opción menos peligrosa.

No es algo de lo que hablemos todos los días. No se lo contamos a nuestras parejas o amigos cada vez que pasa. Porque es tan frecuente, tan generalizado, que se ha convertido en algo más con lo que simplemente debemos lidiar en nuestro día a día.

Así que quizá no saben lo que es.

Quizá no saben que ya con 13 años tenemos que aguantar que los hombres adultos nos miren el pecho. A lo mejor no saben que había hombres de la edad de nuestros padres que nos tiraban los tejos cuando trabajábamos de cajeras. Probablemente no sepan que el chico de clase de Inglés que nos pidió salir ahora nos trata mal porque le rechazamos. Puede que no sean conscientes de que nuestro jefe nos suele dar palmaditas en el culo. Y seguro que no se dan cuenta de que cada vez que sonreímos lo hacemos apretando los dientes. Que miramos para otro lado o fingimos que no nos damos cuenta de muchas cosas. Es probable que no tengan ni idea de cuán frecuentemente pasan estas cosas, de que se han convertido en una rutina, de que ya es algo tan normal que apenas nos damos cuenta.

Nuestra rutina consiste en ignorarlo y minimizarlo.

En no mostrar nuestra ira, nuestro miedo y nuestra frustración reprimidos. Una sonrisa efímera o una carcajada entrecortada será lo que nos permita continuar con el día. Dejamos de avanzar. Minimizamos el problema. Tanto en el interior como en el exterior, lo minimizamos. Tenemos que hacerlo. No hacerlo nos pondría en modo confrontación con más frecuencia de la que querríamos.

Aprendemos a hacerlo desde que somos pequeñas. No le ponemos nombre ni una etiqueta. Ni siquiera nos paramos a pensar que las demás chicas estén haciendo lo mismo. Pero somos autodidactas. Mediante la observación y la evaluación de los riesgos, aprendemos cómo deberían y cómo no deberían ser nuestras reacciones.

"Esto es lo que significa ser mujer en este mundo. Significa tomarse el sexismo con humor, porque sentimos que no tenemos otra opción".

Hacemos una pequeña comprobación en nuestras mentes. ¿Parece enfadado? ¿Hay más gente alrededor? ¿Parece una persona razonable que solo está intentando ser graciosa? ¿Si digo algo, afectará a mis estudios, mi trabajo o mi reputación? En cuestión de segundos decidimos si decir algo o si dejarlo pasar. Si contestar algo o si dar la vuelta y seguir andando, sonreír educadamente y fingir que no ha pasado nada.

Pasa constantemente. Y no siempre está claro si la situación es peligrosa o inofensiva.

Cuando nuestro jefe hace o dice algo inapropiado. Cuando nuestro amigo que ha bebido demasiado intenta arrinconarnos para que seamos "amigos con derecho a roce" aunque hayamos dejado claro que no estamos interesadas. Cuando un tío se pone violento al escuchar que no queremos tomar una copa, bailar o salir con él.

Vemos cómo le pasa a nuestras amigas. Lo hemos visto en tantos momentos y situaciones que se ha convertido en norma. Y no pensamos en ello. Hasta que llega una situación peligrosa. Hasta que ese amigo que nos arrinconaba es acusado de violación un día después. Hasta que nuestro jefe aprovecha que estamos solas para decirnos que aprovechará el Año Nuevo para besarnos. Deberíamos hablar a nuestras parejas y amigos sobre este tipo de gente.

¿Y qué pasa con las demás veces? ¿Qué pasa con las ocasiones en las que nos sentimos incómodas y nerviosas aunque no pase nada más? Esas ocasiones en las que no nos paramos a pensar.

Esto es lo que significa ser mujer en este mundo.

Es tomarse el sexismo con humor porque sentimos que no tenemos otra opción.

Es que se te revuelva el estómago por tener que "seguir el rollo" para progresar.

Es sentirse avergonzada y arrepentida por no haberse enfrentado a ese tío que parecía intimidante pero que probablemente fuera inofensivo en el fondo. Probablemente.

Es sacar el teléfono y tener el dedo preparado sobre el botón de llamar cuando volvemos solas a casa por la noche.

Es colocarse las llaves entre los dedos por si se necesitara un arma al salir del coche.

Es mentir y decir que tenemos novio simplemente porque hay tíos que no aceptan un no como respuesta.

Es estar en un sitio lleno de gente y tener que darse la vuelta para ver quién ha sido el que te ha tocado el culo.

Es saber que, aunque sepamos quién ha sido, no le diremos nada.

Es saludar educadamente al ir a buscar tu coche en el parking de un centro comercial al hombre que te ha dicho hola al pasar. Es fingir que no le has oído farfullar porque no te has parado a hablar con él. ¿Te crees demasiado como para pararte a hablar conmigo? ¿A ti qué te pasa? Pfff... Qué zorra.

Es no contárselo a nuestros amigos, a nuestros familiares o nuestras parejas porque es algo normal, parte de nuestras vidas.

Es ese recuerdo que nos viene a la mente de la vez en la que abusaron de nosotras, nos atacaron o nos violaron.

Son las historias que nos cuentan entre lágrimas nuestras amigas de la vez en la que abusaron de ellas, las atacaron o las violaron.

Es darse cuenta de que los peligros que percibimos cada vez que tenemos que enfrentarnos a una de estas situaciones no son imaginaciones nuestras. Porque conocemos a demasiadas mujeres de las que han abusado, a las que han atacado o violado.

"Puede que esté empezando a darme cuenta de que hacer la vista gorda y restarle importancia no va a ayudar a nadie".

Últimamente se me ha ocurrido pensar que es posible que haya muchos hombres que no sean conscientes de esto. Habrán oído cosas que hayan pasado, alguna vez las habrán visto y las habrán intentado detener. Pero es muy probable que no tengan ni idea de lo frecuentemente que pasan. O de todo lo que influyen en lo que decimos o hacemos y en nuestra manera de actuar.

Quizá sea necesario explicarlo mejor. Quizá sea necesario que nosotras mismas dejemos de ignorarlo, de restarle importancia.

No es que los hombres que se encogen de hombros cuando una mujer habla de sexismo sean malos, es que simplemente no han vivido nuestra realidad. Si no hablamos de lo que tenemos que pasar y presenciar cada día, ¿cómo van a saber lo que es?

A lo mejor, los hombres buenos que conocemos no tienen ni idea de que lidiamos con este tipo de cosas a diario.

Puede que nos parezca algo tan normal que ni siquiera se nos haya ocurrido que deberíamos decírselo.

Se me ha ocurrido pensar que no saben el alcance del problema y que no siempre entienden que se trata de nuestra realidad. Así que no siempre me entienden cuando me enervo al oír que alguien hace un comentario sobre el vestido tan ajustado que lleva Menganita. Cuando me supera el sexismo que tengo que presenciar y experimentar a diario, cuando veo las cosas por las que tienen que pasar mi hija y sus amigas. No se dan cuenta de que eso es solo la punta del iceberg.

Quizá me esté dando cuenta de que no se puede esperar que los hombres entiendan lo generalizado que está el sexismo si no hablamos de ello y si no lo señalamos cuando lo tenemos delante. Quizá esté empezando a darme cuenta de que los hombres no son conscientes de que las mujeres tenemos que estar alerta incluso cuando entramos a una tienda. Tenemos que estar atentas, inconscientemente, a las posibles amenazas que pueda presentar cada entorno.

Quizá esté empezando a darme cuenta de que hacer la vista gorda y restarle importancia no va a ayudar a nadie.

Así no podemos avanzar.

Somos conscientes de nuestra vulnerabilidad. Somos conscientes de que, si se lo propusiera, ese tío que nos hemos encontrado en el parking podría hacer lo que quisiera con nosotras.

Eso es lo que significa ser mujer.

Estamos sexualizadas incluso antes de poder entender lo que significa. Nos convertimos en mujeres cuando nuestras mentes aún son inocentes. Recibimos miradas y comentarios de hombres adultos. Nos sentimos incómodas pero no sabemos qué hacer, así que seguimos con nuestras vidas. Desde que somos pequeñas, aprendemos que enfrentarnos a situaciones de cierto tipo probablemente nos pondrá en peligro. Somos conscientes de que somos más pequeñas y más débiles físicamente. Que los hombres son capaces de hacer con nosotras lo que quieran si se lo proponen. Y por eso nos vemos reducidas y no avanzamos.

Así que, la próxima vez que una mujer hable de que le incomoda que le digan piropos cuando va por la calle, no la ningunees: escúchala.

La próxima vez que tu mujer se queje de que su jefe le llama "cielo" en el trabajo, no te encojas de hombros apáticamente: escucha.

La próxima vez que oigas a una mujer hablar del lenguaje sexista, no la menosprecies: escucha.

La próxima vez que tu novia te diga que la forma de hablar de ese tío con el que se ha encontrado en la gasolinera le ha hecho sentirse incómoda, no te encojas de hombros: escucha.

Escucha porque tu realidad no es la misma que la suya.

Escucha porque sus preocupaciones son válidas, no son exageraciones.

Escucha porque tu chica conoce personalmente a una víctima de abuso o de violación y sabe que podría pasarle a ella también.

Escucha porque hasta el comentario más simple de un extraño puede hacer que se estremezca de miedo.

Escucha porque puede que esté intentando que sus hijas nunca tengan que vivir lo que ha tenido que vivir ella.

Escucha porque nunca hay nada malo en escuchar.

Simplemente, escucha.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero

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