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Lo que la izquierda es

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Las causas que provocaron la división ideológica entre izquierda y derecha allá por la época de la Revolución Francesa no se han esfumado. No han desaparecido las desigualdades sociales, ni la explotación del hombre por el hombre, ni siquiera una hoy renovada lucha de clases. El uso por parte de Estados poderosos de toda su influencia para conseguir ventajas económicas o estratégicas -eso que a veces se llama imperialismo- tampoco se ha desvanecido. Lo que sí ha cambiado es la visión acerca de las herramientas para combatir todo ello, así como la percepción que de las tradiciones de lucha del pasado y su vigencia tenemos o debiéramos tener. Y por ello, para muchos, la palabra izquierda se ha devaluado. O deformado, o perdido sentido.

He sido de pronto consciente de ello al contemplar las reacciones a la invasión de Crimea por Putin. La izquierda proveniente del tronco marxista ha demostrado una vez más que prefiere el autoritarismo y el machismo brutal y despiadado de la Realpolitik a la siempre lenta construcción de Estados de derecho. Para esta izquierda, cualquier revolución es falsa si esto significa dar paso a una expresión popular que no coincida con su criterio de lo que debe ser un movimiento popular. El sorprendente apoyo a Putin de la izquierda proveniente del socialismo y del comunismo se ha conjugado con un desprecio contra la revolución del Maidán que roza con la paranoia: todo ha sido obra de "agentes occidentales" y de la "Unión Europea", que han apoyado a unos "fascistas" e incluso "nazis" para derrocar a un Gobierno legítimo. Que el "Gobierno legítimo" hubiera violado la Constitución, proclamado unas leyes autoritarias que nadie en España habría aceptado, aplastado con la policía a centenares de estudiantes y luego disparado indiscriminadamente contra unos miles de personas, matando a unas cien, daba igual. Y que en realidad, antes del Maidán, ni los EEUU ni la UE hubieran albergado demasiadas ganas de un acercamiento a Ucrania -que consideraban oneroso en el caso europeo e innecesario en el estadounidense- tampoco parece haber sido percibido. Fue la reacción real y concreta de miles de personas en Ucrania que salieron a luchar por lo que consideraban sus derechos lo que obligó a ambas potencias a mostrar tímidamente su apoyo.

Pero si existía cierta excusa para que la izquierda que yo llamo estatalista no mostrara su apoyo al Maidán -la realidad de los grupos nacionalistas que se aprovecharon de la revolución para intentar acrecentar su influencia, con sólo relativo éxito, por cierto-, el apoyo a la invasión rusa de Crimea y a la agitación nostálgica de los pro-Putin en el Este de Ucrania muestra en toda su decadencia a una izquierda sin objetivo y sin proyecto. Porque Vladimir Putin no es ni siquiera en apariencia cercano a la izquierda, o a lo que muchos consideran lo que haya de ser la izquierda. Putin está liderando la revolución conservadora más potente, peligrosa y dañina de los últimos cincuenta años. Ha construido un Estado basado en monopolios económicos, guerras exteriores contra enemigos mucho más débiles, propaganda religiosa y nacional, un recorte de derechos políticos y sociales inconcebible, una persecución implacable y errática del diferente y un capitalismo salvaje y brutal completamente trucado. Los pequeños límites de pluralismo permitidos -mayores en la expresión cultural y política de lo que fue la URSS- son incluso menores en lo tocante a la libertad económica individual que lo que eran en el socialismo tardío: durante las dos últimas décadas de vida de la Unión Soviética bastaba con cambiar de puesto de trabajo para librarse de presiones sociales, políticas o laborales. La pobreza muy profunda es mayor que durante la URSS, porque en el neocapitalismo ruso ni siquiera han quedado los pequeños resquicios de estabilidad económica de la autocracia comunista que permitían sobrevivir con muy poco.

Pero la izquierda proveniente del socialismo y el comunismo está aferrada febrilmente a poco menos que absurdas concepciones estatalistas, autocráticas, demagógicas y totalistas. La izquierda estatalista de hoy día ha quedado reducida a emitir un discurso casi antisemita en lo que se refiere a la crítica -por otra parte necesaria- a las políticas del Estado de Israel. Esta izquierda sólo sirve hoy para adorar a un puñado de sátrapas estrafalarios como Maduro o Kirchner cuyo única característica común es el mostrarse demagógicamente antinorteamericanos. Esta izquierda baja la cabeza ante las agresiones a la libertad individual si éstas se realizan en nombre de no sabemos qué causas no del todo claras, siempre que lleven la palabra "pueblo" por delante. Como se ha demostrado en Ucrania, cuando esta izquierda defendía la anexión de Crimea con criterios étnicos, se trata también de una izquierda etnicista, nacionalista, que no está muy lejos, en su apoyo a los patrioterismos, de las nuevas corrientes de la ultraderecha europea.

Porque si durante el siglo XIX y buena parte del XX la gran lucha de la izquierda fue por conseguir la separación entre Iglesia y Estado, la lucha de este siglo XXI debiera ser para conseguir una separación entre Nación y Estado que permita que la identidad nacional se convierta en sentimiento personal, íntimo, como el de la confesión religiosa de cada uno. Pero fuera de las calles y del Estado. De la misma forma que el crucifijo tiene que estar fuera de la escuela, también habría de estarlo la nación. Esto es esencial en un mundo mezclado, cosmopolita e interconectado como el que nos espera. Pero en esta lucha esta izquierda falla una y otra vez.

Hemos de ser capaces por fin de librarnos del todo de la ganga del autoritarismo de origen leninista. Incluso aunque extraigamos enseñanzas y soluciones del fracaso de la construcción de los socialismos de Estado y de las dictaduras comunistas. La democracia no puede quedar limitada al parlamentarismo, pero este es esencial para construirla. El ocupar fragmentos de vida más allá del Estado es imperativo para desarrollar la democracia, pero -salvo en momentos excepcionales- se han de respetar los límites del Estado de derecho, por muy inflexibles que estos parezcan. Hay muchos materiales que pueden ayudarnos a reconstruir el pensamiento transformador y salir de este marasmo: el libertarismo y el anarquismo limpios de su raíz utópica y totalista; el liberalismo político del siglo XIX libre de dogmatismos; el socialismo de raíz cristiana pero sin el romanticismo de la creencia total y absoluta; el conservacionismo ecologista y culturalista sin su implacable cosificación de naturaleza y cultura; las experiencias autogestionarias y los socialismos no ortodoxos de los últimos cuarenta años, leídos críticamente.

Pienso y creo firmemente en que puede haber otra izquierda. Una izquierda que respete ante todo los derechos individuales por encima de necesidades de Estado; una izquierda que crea en la división de poderes y la respete; que sepa perder las elecciones y también ganarlas sin acudir a tocar el clarinete oxidado del antifascismo de los años treinta; una izquierda no estatalista -aunque sea capaz de usar los resortes del Estado para transformar la sociedad-; una izquierda que no se entregue a los grandes poderes económicos como hicieron Blair y Zapatero, pero que no estatalice lo que no es necesario que lo sea; que no otorgue a la nación un poder místico y sea capaz de crear comunidad sin movilizar identidades, desnacionalizando los Estados. Una izquierda que crea en la igualdad y la fraternidad, pero sobre todo en la libertad, que es la base para todo lo demás.