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Los nuevos rostros del antisemitismo

06/11/2014 07:06 CET | Actualizado 05/01/2015 11:12 CET

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En el seno de la Comisión de Libertades, Justicia y Asuntos de Interior, un grupo de eurodiputados/as, intensamente comprometidos con la lucha contra la discriminación, contra el auge de los prejuicios, el extremismo y los crímenes de odio (hatred speech y hate crimes) a lo largo y ancho de la UE, hemos resuelto constituir un Intergrupo Parlamentario contra el Antisemitismo. Un Intergrupo es un formato horizontal de actividad parlamentaria que, aglutinando la firma de apoyo de al menos 40 eurodiputados/as, comparte preocupaciones e iniciativas en torno a un objeto común. Este Intergrupo ha conseguido el apoyo de más de 80 miembros de la Eurocámara, y desde su constitución (julio 2014) me cabe el honor de presidirlo.

La intolerancia y el antisemitismo rebrotan, en efecto, con fuerza en Europa. Es un epifenómeno más, y de los más lamentables, de la profunda crisis moral que viene sacudiendo a la UE durante los últimos años. Sus concausas son variadas. El desastroso manejo de la crisis económica y social, su prolongación agónica con grave empobrecimiento de las clases medias y de los trabajadores en la mayoría de EEMM de la UE y el descomunal incremento de las desigualdades, han espoleado de nuevo resentimientos y desconfianzas que se traducen, entre otros efectos negativos, en la búsqueda y reencuentro de vicios, demonios europeos y chivos expiatorios.

Este es el telón de fondo. Pero entre los factores concretos de este último contagio destacan el auge de la extrema derecha; la creciente radicalización de sectores de población de religión islámica en la UE (objeto ellos mismos de la estigmatización creciente contra los musulmanes y contra los inmigrantes provenientes de países árabes) y la impunidad con que en las redes sociales, y al abrigo del anonimato y las nuevas tecnologías, rampa el discurso del odio.

De modo que urge, de nuevo, alzar la guardia contra este explosivo cocktail que niega la misma raíz de los valores europeos y la razón de ser de la integración europea: el Estado de Derecho, los derechos fundamentales, las libertades, el pluralismo, el respeto de las diferencias, la integración de la diversidad y la cohesión social.

Tiene pues pleno sentido que los progresistas de izquierdas, y particularmente los socialistas europeos, nos movilicemos de forma especialmente beligerante contra el auge del fanatismo que surfea hoy la nueva ola de extrema derecha, sea en su versión populista o sea en su versión directamente neonazi (caso de Jobbik en Hungría o Golden Dawn en Grecia).

Como presidente de la Comisión de Libertades, Justicia y Asuntos de Interior del PE durante toda la anterior legislatura (2009-2014), propugné el compromiso de promover una iniciativa legislativa europea para tipificar y sancionar penalmente los delitos de odio como expresión de la acción del Parlamento Europeo como legislador penal europeo contra delitos graves de alcance transnacional.

No obstante, al mismo tiempo, es imperioso delinear de nuevo, con meridiana claridad, la línea diferencial entre el combate a toda forma de antisemitismo y de discurso del odio, y la legítima crítica a las concretas decisiones del Gobierno del Estado de Israel, así como, singularmente, las respuestas militares frente a las amenazas a su seguridad que constituyen desde siempre la prioridad estratégica de toda su política de defensa y exterior.

Los socialistas europeos (el GPS en el PE y el Partido de los Socialistas Europeos) nos ratificamos en nuestro apoyo a la solución "dos estados" ("two states solution") para el inacabable conflicto israelo-palestino. Tanto es así que el nuevo Gobierno sueco, cuya coalición lidera el socialdemócrata Stefan Lofven, ha dado el paso pionero de reconocer directamente el Estado Palestino. En esa dirección apunta la PNL socialista interpuesta en el Congreso, cuyos objetivos incluyen reconocer a Palestina como Estado, sujeto de derecho internacional, en la convicción de que sólo a partir de la coexistencia de los dos estados, Israel y Palestina, pueden alcanzarse mediante el diálogo y la negociación los acuerdos que garanticen la paz y la seguridad para ambos, el respeto a los derechos de sus ciudadanos y ciudadanas y la estabilidad de la zona, y promover con la UE el reconocimiento del Estado palestino, como estado soberano, contiguo, democrático e independiente que conviva en paz y seguridad con el Estado de Israel.

Es cierto que hay factores del conflicto israelo-palestino que incitan a una mayor preocupación europea. El deterioro de la situación, tras el terrible balance del último verano en Gaza, sumado a la degradación y creciente complejidad del escenario geoestratégico en Oriente Medio: el Estado Islámico, la coalición occidental promovida por EEUU, el nuevo papel de Irán, la reconsideración del régimen sirio de Bashar al-Asad, y los sinsabores y decepciones suscitados por el flujo y reflujo de lo que un día fue llamado "Primavera árabe", cuyo saldo se sustancia por ahora en un enorme derramamiento de sangre, estados fallidos..., o mayorías electorales por las que los viejos actores vuelven por donde solían antes de las revueltas.

Y es cierto, también, que todas estas complicaciones concurren en una nueva multiplicación de actitudes antisemitas e intolerancia frente a la diversidad (tanto contra los judíos como contra los musulmanes). Así lo ponen de manifiesto los atentados antisemitas de Bruselas (con resultado dos muertos), de Toulouse (tres víctimas mortales), además de los múltiples episodios de violencia o los discursos reaccionarios contra los musulmanes o contra personas estigmatizadas por su origen étnico, cultural o religioso.

Un factor adicional -a mi juicio, no menor- reside en la pérdida de memoria histórica vinculada a la extinción física de las generaciones que vivieron los horrores del totalitarismo o la devastación de la II Guerra Mundial.

Nada de eso disminuye un ápice la importancia de mantener alto el compromiso europeo contra toda forma de racismo, antisemitismo, discriminación y prejuicio contra la diferencia. La promesa de Nunca Más, con la que Europa encaró su reconciliación tras la II Guerra Mundial, debe mantenerse vigente, imperecederamente, si es que esta civilización fundada sobre el derecho como técnica de la libertad y pacificación de conflictos debe sobrevivir.

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