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14/11/2014 07:11 CET | Actualizado 13/01/2015 11:12 CET

Nosotros, los frikis

Enhorabuena frikis. Éramos el hazmerreír de la clase, pero hoy podemos decir que hemos ganado. En los últimos diez años, los frikis lo hemos desbaratado todo, lo hemos roto todo. Hemos roto el modelo de negocio de la música. Hemos roto la industria del cine. Hemos transformado el negocio de las agencias de viajes...

Enhorabuena frikis. Hemos ganado.

Cuando estábamos en la universidad había dos clases de estudiantes: estaban los populares y estábamos los frikis. Casi todos los que nos metíamos a estudiar teleco o informática éramos un poco frikis de nación. Si te habías leído alguna novela de la saga de Mundodisco y cacharreabas un poco con Linux, entonces eras muy friki. Y si además jugabas a juegos de rol o te gastabas tus dinerillos en figuras de Warhammer, los compañeros te empezaban a mirar con recelo.

Éramos el hazmerreír de la clase, pero hoy podemos decir que hemos ganado. En los últimos diez años, los frikis lo hemos desbaratado todo, lo hemos roto todo. Hemos roto el modelo de negocio de la música. Hemos roto la industria del cine. Hemos transformado el negocio de las agencias de viajes, de los libros... ¡Los periódicos! Los hoteles, los taxis.... Lo hemos roto todo, y en su lugar hemos creado algo mejor. Algo mejor para los usuarios, no para los dueños de las industrias. Hemos puenteado a los intermediarios y hemos hecho fluir la información. Hemos cambiado nuestra forma de relacionarnos, de disfrutar de nuestro tiempo libre, hemos cambiado lo cotidiano. Los frikis han dejado de ser unos pocos remilgados antisociales amantes de la tecnología. Ahora todos somos un poco frikis.

Lo hemos roto todo, y lo poco que nos queda por romper son las costuras de los viejos modelos de gobernanza y los anquilosados vínculos entre electores y elegidos. Gracias a ese flujo constante de información somos más conscientes de lo que nos rodea, y por fin nos atrevemos a preguntar el porqué de aquello que hasta ahora nos venía dado desde lo alto. ¿Los partidos políticos pensaban que esto no iba con ellos y que esta revolución no les iba a afectar? "Los que votan a Podemos son unos pocos frikis...". Las despectivas declaraciones de Pedro Arriola evidencian que no todas las miopías son operables, y la soberbia y el desapego de los que se creen por encima del bien, del mal y de la realidad. Ha tenido que ser la última encuesta del CIS la que les ha obligado a abrir los ojos. No son "unos pocos frikis" sino "unos pocos millones de españoles".

Dice Michael Ignatieff en Fuego y Cenizas que el buen político debe aprender a entender a su país. Esto, que tendría que ser una perogrullada, obvio de toda obviedad, ha resultado ser una barrera infranqueable para los partidos tradicionales. Quienes lo están entendiendo -y capitalizando- son los de Podemos. He aquí que ha surgido Pablo Iglesias y adláteres y se han sacado un partido y un discurso que de tan simple se puede condensar en la letra de una canción de Calle 13: "Calma pueblo, que aquí estoy yo. Lo que no dicen, lo digo yo. Lo que sientes tú, lo siento yo. Porque yo soy como tú, tú eres como yo [...] Mi estrategia es diferente, por la salida entro, me infiltro en el sistema y exploto desde adentro. Todo lo que les digo es como el aikido, uso a mi favor la fuerza del enemigo [...] Creo que los que me señalan con el dedo me tienen miedo porque yo no tengo miedo". Simple, y a pesar de eso -o más bien a causa de eso-, están arrasando. ¿Por qué? Porque lo han entendido. Han entendido que la gente está hartiza (perdón por el mancheguismo) de ladronicios y sinvergonzonerías, así que les ha proporcionado un hombro en el que llorar y en el que sentirse confortados.

El miedo... El miedo que ha cambiado de bando, dicen. Serán los miedos, que no las soluciones. Podemos acierta en el diagnóstico, pero sus soluciones son evanescentes. Es necesaria una regeneración de la vida pública española, pero en estos momentos parecemos dispuestos a votar movidos o por el miedo al cambio o por el miedo a seguir como estamos, no por ideas ni planes consistentes.

Ahí tienen PP y PSOE su oportunidad, en saber manejar su experiencia de gestión no como lastre, sino como trampolín. Y en ser un poco frikis. Ser como nosotros, los frikis, no consiste en presentar los Presupuestos Generales del Estado usando un iPad ni en apocoparte el nombre en tu página web. Para ser como nosotros tienen que atreverse a romper el modelo establecido para crear algo mejor para los ciudadanos, no para los mandatarios. Si no les temblase la mano a la hora de proponer medidas reales y no electoralistas para liberar a las instituciones y órganos de supervisión del Estado de la apropiación en las que han incurrido los partidos reiteradamente, sería un paso adelante. Si asumieran políticas preventivas para evitar la corrupción introduciendo esas cosas tan de frikis como la transparencia o la rendición de cuentas, sería muy de agradecer. O si hicieran suyo el propósito de despolitizar las administraciones públicas, de hacerse permeables a la opinión ciudadana y de devolver el poder a la sociedad, quizá, sólo quizá, empezarían a ser un poco frikis y recobrarían así la credibilidad y los votantes perdidos.

Los frikis éramos los excéntricos, los bichos raros fuera de lugar. PP y PSOE, enmiéndense, aún están a tiempo. No vaya a ser que, tras las elecciones de 2015, los bichos raros fuera de lugar pasen a ser ustedes.