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18/01/2016 06:54 CET | Actualizado 18/01/2017 11:12 CET

Los bonos Bowie

Muchos han sido los obituarios y evocaciones que se han hecho de David Bowie tras su muerte. Se ha destacado con razón su capacidad innovadora en el muy diversificado ejercicio de su profesión, pero apenas se ha recordado un episodio que también le destaca como innovador en las finanzas.

Muchos han sido los obituarios y evocaciones que se han hecho de David Bowie tras su muerte. Se ha destacado con razón su capacidad innovadora en el muy diversificado ejercicio de su profesión, pero apenas se ha recordado un episodio que también le destaca como innovador en las finanzas.

Se trata de la extensión a la industria discográfica y en general a las generadoras de derechos de propiedad intelectual las prácticas de securitization: la agrupación de deuda devengada por diversos conceptos, desde hipotecas a los ingresos de las tarjetas de crédito, y su venta a inversores como títulos-valores o securities.

La pionera emisión de títulos, concretada por el banquero californiano David Pullman, tuvo lugar en 1997. Tenían como garantía o colateral la corriente de ingresos derivada de los derechos generados por los 25 álbumes grabados (287 canciones) por Bowie antes de 1990. Nacían los pop bonds, un subgrupo de los más genéricos celebrity bonds, aunque estos últimos también podían conceder como contraprestación no tanto un interés fijo, como la directa participación en los derechos o royalties. En realidad, los emitidos por Bowie eran una modalidad de los asset-backed securities que tanto han dado que hablar tras la crisis financiera.

De esta forma, en lugar de recibir los derechos a medida que se devengaban, Bowie dispuso de financiación de una vez. Fueron 55 millones de dólares los que consiguió a cambio de esos bonos con un vencimiento a diez años y un tipo de interés del 7,9%. Un tipo de interés atractivo entonces frente al 6,37% que rentaban los bonos del tesoro americano de igual vencimiento.

La emisión fue adquirida en su totalidad por Prudential Insurance Company. Con parte de esos ingresos David Bowie compró las canciones que eran propiedad de su anterior manager, Tony DeFries, del que se había separado en 1975. Los bonos no llegaron al mercado secundario: la compañía de seguros se los quedo en cartera, impidiendo que los fans del artista se hicieran con otro fetiche, no muy distinto a los que acabaron siendo algunos de los títulos que agrupaban las hipotecas de alto riesgo -subprime- que desencadenaron la crisis financiera de 2007.

A pesar de las críticas de algunos medios - "Bowie se vende a Wall Street"- la idea fue adoptada por otros artistas con garantías también de generación de derechos suficientes por sus creaciones, como como James Brown, Rod Stewart, Marvin Gaye, Ashford & Simpson, Isley Brothers o la banda de heavy metal Iron Maiden, entre otros.

El problema es que los desarrollos tecnológicos posteriores en la propia industria discográfica no fortalecieron precisamente la solvencia de los bonos. El desplome de las ventas de discos consecuente con la extensión del acceso online y la confusa legislación sobre los derechos de propiedad, asestaron un duro golpe a la cotización de esos bonos. La agencia de calificación crediticia Moody's los degradó en marzo de 2004 desde un rating de A3, el séptimo más elevado, hasta Baa3, solo un escalón por encima de los "bonos basura".

Los bonos Bowie acabaron liquidándose en 2007 sin llegar a hacer default y los derechos de las canciones retornaron al artista. En cierta medida, Bowie sufrió las consecuencias de su propia premonición, cuando en 2002 declaraba a The New York Times que la música acabaría convirtiéndose en algo "como el agua o la electricidad".

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