Luc, carnicero de 29 años, gana 1.900 euros al mes tras dejar la universidad: "Voy a trabajar sin estrés ni aburrimiento"
Tras un periplo universitario insatisfactorio, se topó con una oportunidad en este oficio y no se arrepiente de la decisión: "Estoy orgulloso de ser carnicero".

La vida y el futuro de los jóvenes siempre es noticia, con esa frase de "la primera generación que vive y vivirá peor que sus padres", pero ¿es así? Aunque lo fuera, siempre hay excepciones. Que se lo digan a Luc, un carnicero francés de 29 años que cobra 1.900 euros netos al mes por 39 horas semanales, sin horas extra.
Es un ejemplo de que no hace falta estudiar una carrera universitaria o buscar un trabajo de oficina para sentirse realizado, sin pensar que eres menos que nadie. Es más, la mayoría que ejercen oficios así, desde carniceros a fontaneros o electricistas, ganan de media más que la mayoría de los empleados de oficina, sea cual sea el sector.
No tiene despacho, ni teletrabajo, ni reuniones eternas. Eso sí, madruga mucho: comienza a las seis de la mañana y algunos días termina a las ocho de la tarde. El trabajo es duro físicamente, pero lo tiene claro: "Voy a trabajar sin estrés ni aburrimiento", en declaraciones al diario francés Le Monde.
Y es que hay mucha gente que valora más estar sentado en una oficina, aunque cobre menos, mientras que otros prefieren trabajos manuales más duros, pero sin el agobio de ese ambiente, de jefes, reuniones, por no hablar de los recortes y la volatilidad laboral creciente, más con la llegada de la IA. Los carniceros y demás oficios parecen a salvo, al menos en las próximas décadas, sin la robótica no lo impide.
La "excusa" no eran las malas notas
Sí, dirás que a veces todo eso no son más que excusas de malos estudiantes que buscan justificar estar partiendo carne o arreglando tuberías, pero la realidad es muy diferente a veces. Es su caso.
Era buen estudiante y, de hecho, comenzó la universidad, pero buscaba algo más y le favoreció la familia: es hijo de un ferroviario y una secretaria médica. En su casa, el dinero nunca fue un tema tabú. "Mis padres no juzgan mi salario. Si hago algo que me gusta, eso es lo importante", explica.
Sin embargo...
Pero esta historia tiene más sorpresas y aristas. Luc creció en Pont-du-Château, cerca de Clermont-Ferrand. En el colegio no destacaba en letras ni idiomas, pero sí en ciencias. Avanzó sin repetir curso y durante años su prioridad fue otra: la natación de competición. Entrenaba entre cuatro y siete veces por semana y llegó a competir a nivel nacional.
En bachillerato, sin embargo, llegó el primer golpe. Le diagnosticaron dislexia y disortografía. Leer en voz alta se le hacía cuesta arriba. Corregir textos, casi imposible. En el examen de francés sacó un 3 sobre 20. En natación, un 20 sobre 20. Se graduó con la nota justa.
"No tenía ni idea de qué quería estudiar", reconoce. Sabía que sus abuelos se habían formado como carniceros, aunque ninguno acabó ejerciendo. Aun así, el oficio no estaba en su radar.
Cinco años perdidos en la universidad
A partir de ahí, empezó un largo peregrinaje académico. Intentó entrar en un programa técnico de ingeniería industrial. No lo aceptaron. Se matriculó en Física, pero duró un semestre. Probó Medicina, pero suspendió. Intentó Ciencias del Deporte, pero repitió curso. Estaba estancado.
Estamos en plena pandemia y Luc había perdido cinco años probando la universidad. No tenía títulos, ni vocación, ni perspectiva clara. Pero...
Dos semanas que lo cambiaron todo
El giro llegó en el verano de 2021, casi por casualidad. Un conocido le propuso hacer dos semanas de prácticas en una carnicería artesanal de Toulouse. Aceptó sin expectativas. Lavó platos, preparó kebabs, cargó casas. Y algo hizo clic, cuando otros hubieran pensado que iban hacia atrás.
Él lo vio de otra manera: "El trabajo era muy variado: deshuesar, preparar, atender al cliente, vender. No me aburría", recuerda. O sea, le gustaba, y eso es un privilegio que pocos tienen: disfrutar de su trabajo, ser vocacional, sea lo que sea.
Al terminar las prácticas, los dueños le ofrecieron un contrato de aprendiz y una plaza para formarse en la Escuela Nacional de Oficios de la Carne, en París.
Durante ese año cobró unos 800 euros al mes, el 70% del salario mínimo. Pudo permitírselo porque la escuela ofrecía alojamiento. Allí aprendió el oficio desde cero: anatomía, cortes, higiene, procesamiento de la carne. "Por primera vez sentí que estaba aprendiendo algo útil", asegura.
Un trabajo "con sentido"
Se graduó en 2022 y le ofrecieron un contrato indefinido con 1.650 euros netos, que subían hasta los 1.900 euros gracias a las horas extra. Un año después, decidió seguir formándose y cursó un diploma en Gestión de Comercios, orientado específicamente a la carnicería: compras, negociación, gestión del negocio, hasta que acabó cobrando lo mismo sin las horas extra.
"Ser artesano es gratificante", explica. "Transformas una materia prima con tus manos y la vendes. Son varios trabajos en uno". Habla de la carne con respeto. "Trabajamos con un animal, con una vida. Hay que hacerlo bien". Ahora lo tiene claro: "Estoy orgulloso de ser carnicero".
