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12/11/2018 07:18 CET | Actualizado 12/11/2018 07:19 CET

Tras la verdad del wolframio

Un trabajador descarga en Kingman (Arizona, Estados Unidos) los carros de wolframio que han sido transportados desde la mina Boriana.
Library of Congress
Un trabajador descarga en Kingman (Arizona, Estados Unidos) los carros de wolframio que han sido transportados desde la mina Boriana.

Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, la Unión Soviética, Japón, Italia y, especialmente, Alemania. Todos lo querían. El wolframio o tungsteno estaba más solicitado que nunca. Y es que era estratégico. Era capaz de resistir un fuerte ataque, definir el poder combativo e, incluso, marcar la historia.

El mundo estaba en guerra. Ya era la segunda. Y esta vez, la lucha por conseguir wolframio generó una serie de tejemanejes y chanchullos que incluían amenazas, sufrimiento y corrupción. Se trató de una batalla secreta, un combate oculto, cada vez más intenso, con el único fin de desterrar al enemigo.

Este material no era imprescindible, pero sí estratégico. Su presencia entre los equipos de ataque o defensa ayudaba notablemente a ir por delante del contrario. Este es el motivo por el que las diferentes potencias hacían lo imposible por tener tungsteno. Lo adquirían de cualquier parte del mundo donde hubiese, aunque eso implicase iniciar una guerra paralela o perseguirlo insistentemente.

Esta es la razón por la que los nacientes pueblos mineros se hicieron ricos rápidamente y tuvieron, por ejemplo, diez cines y sesenta bares, algo que hoy solo podemos imaginar visitando sus ruinas

Perseguirlo es precisamente lo que ha hecho también el historiador Joan Maria Thomàs, investigador de la Universitat Rovira i Virgili. Ha viajado desde Tarragona a Japón, China y Estados Unidos para revisar archivos, tesis doctorales y documentos varios que le permitiesen seguir el rastro del wolframio en esos años de tensión diplomática y temida guerra. Quiso saber cómo los países implicados en la Segunda Guerra Mundial conseguían la máxima cantidad posible de este material y qué eran capaces de hacer por obtenerlo o por evitar que los demás lo obtuvieran. Le ha llevado dos años y medio trazar toda la información recopilada.

Un trabajador de la mina Boriana (Arizona, Estados Unidos) enseña una roca del mineral wolframio recién extraído.

Bloquear el wolframio y debilitar a los nazis

En los primeros años de guerra y hasta 1941, Alemania disponía de todo el wolframio que quería, procedente de China, gracias al pacto que Hitler estableció con Chiang Kai-shek, presidente del Partido Nacionalista Chino. El país asiático era el principal exportador de este elemento. Poseía más minas para explorarlo que nadie. El 85% del tungsteno mundial estaba allí. El problema llegó cuando los Aliados intentaron evitar a toda costa que las potencias del Eje contasen con los beneficios de este material.

En 1941, cuando los nazis atacaron a la Unión Soviética, quedó frustrado el plan alemán de adquirir wolframio desde China, ya que llegaba a Europa en el tren transiberiano que recorre territorio ruso. Por mar ya lo tenían difícil desde que, en 1939, la Royal Navy británica también bloquease el acceso. Solo algunos barcos alemanes camuflados o submarinos japoneses pudieron saltarse la vigilancia marina, pero no eran suficientes para importar tanto tungsteno como su ejército necesitaba.

La principal estrategia norteamericana era quedarse con todo el wolframio posible, aunque no lo necesitase

Japón intentó ayudar a los nazis en su batalla "wolfrámica". Ofrecieron el suyo propio, de origen coreano, que era una colonia nipona. También consiguieron algo procedente de China, pero de contrabando, porque Estados Unidos gastó millones de dólares para pagar todo el wolframio que podían exportar los chinos, con el único fin de evitar que otros países se hicieran con él.

Los americanos ya tenían wolframio en su territorio e, incluso, compraban a Argentina y Bolivia. Y también a China. Toda la producción. Sin rodeos ni tacañerías. No podían arriesgar la invasión nazi ni el prestigio de Roosevelt o Churchill. Es más, los yanquis llegaron a establecer un puente aéreo entre China y la India, que sobrevolaba el Himalaya, solo para transportar el wolframio que compraban a los chinos. Una vez en la India, se lo repartían entre los soviéticos, los británicos y los americanos.

Esta era la principal estrategia norteamericana: quedarse con todo el wolframio posible, aunque eso le costase muchísimo dinero. Pero no era la única forma que encontraron de bloquear el mercado de este elemento tan interesante para la guerra. La coacción fue otra técnica bélica de Estados Unidos. Y España lo supo bien, especialmente cuando pasa a ser, a partir de 1941, el único país -junto con Portugal- que proporciona tungsteno a los nazis.

España saca partido del veto alemán

El wolframio ibérico fue realmente codiciado y, consecuentemente, cotizado. Era una máquina de hacer dinero. De costar 2.700 pesetas cada tonelada, se llegaron a pagar 270.000 pesetas por mil kilos de este material. Esta es la razón por la que los nacientes pueblos mineros se hicieron ricos rápidamente y tuvieron, por ejemplo, diez cines y sesenta bares, algo que hoy solo podemos imaginar visitando sus ruinas.

Galicia, Salamanca o León fueron zonas donde abundaba el tungsteno, mientras que en el resto del planeta escaseaba. Y Franco supo aprovecharlo. Se crearon empresas que contrataron a miles de trabajadores para vaciar de wolframio las entrañas de la tierra. Pero, además, se explotó a presos republicanos que vivían en una especie de campos de concentración, trabajando de sol a sol en unas condiciones lamentables, para extraer de las minas cuanta más cantidad de este material tan preciado, mejor. Así fue como España pudo dar respuesta al convertirse en el proveedor oficial de los nazis en 1941, tras el bloqueo del comercio y el transporte del tungsteno chino.

España vendía a unos y a otros. Los alemanes lo necesitaban y los Estados Unidos lo adquirían, sin necesidad, para evitar que los germanos tuvieran. Esa era la estrategia de los americanos y los dictadores de la península ibérica, Franco y Salazar, no se cortaron un pelo en hacer negocio.

La Batalla Desconocida - TRAILER del documental from Manu Viqueira on Vimeo.

Estados Unidos se ceba con España

Todo iba viento en popa para la España franquista con eso de ser el único suministrador de wolframio para Alemania. Pero en 1944, Estados Unidos cambió la estrategia. Quizá fue porque tenía exceso de tungsteno o porque se cansó de gastar tanto dinero en este material que no necesitaba. Pero, fuese por lo que fuese, optaron, como nueva táctica, por la amenaza a España (y a más países neutrales de Europa que proporcionaban otros materiales).

Pero, ¿cómo? Cortándole el suministro de petróleo. Y a pesar de que Estados Unidos era la única fuente de procedencia del petróleo para los españoles, Franco dijo que no. No quiso renunciar a ese chollo que tenía montado con los alemanes, además de que estaba en deuda con Hitler por ayudarle a derrotar a los republicanos en la Guerra Civil. Pero esa negativa solo duró cuatro meses. La necesidad de petróleo para el país fue superior al negocio y, aunque sabía que perjudicaba a sus colegas fascistas, Franco cerró el grifo a los alemanes en 1944.

La Unión Europea lo ha incluido en el listado de materias primas críticas por su importancia económica y por el alto riesgo de falta de suministro

Los alemanes nunca dejaron de tener wolframio, pero sí iban cortos. Cada vez más. Antes del bloqueo total, los nazis acumularon stock suficiente para poder seguir utilizándolo después, pero con más prudencia, ya que no podían disponer de él siempre que querían. Esto fue determinante para que el poder combativo de Alemania se viese reducido considerablemente. Por ejemplo, de quince tipos de granadas antitanque con punta de tungsteno -que tenían una capacidad de penetración tremenda- solo podían contar con dos.

Es cierto que la escasez de wolframio no era lo que más les preocupaba a las potencias del Eje, ya que también sufrieron, a partir de 1944, por no disponer de otros materiales estratégicamente más relevantes como la gasolina o el caucho. Pero hoy sabemos, gracias a la investigación de Joan Maria Thomàs, que la combinación de estas carencias, junto con la superioridad aérea de los Aliados en el ataque a las zonas industriales y las infraestructuras de comunicación de la Alemania nazi y el sacrificio de los soviéticos en el frente oriental comportaron, solo un año después, el final de la guerra con la derrota de los nazis y sus colegas japoneses e italianos.

Alchemist-hp (www.pse-mendelejew.de)
El wolframio destaca por su dureza, solo es superado por el diamante, y por tener el punto de fusión más alto de los metales: 3.422 grados centígrados.

¿Por qué es tan poderoso el wolframio?

Este elemento metálico que se encuentra en forma de óxido y sales en algunos minerales destaca por su densidad y su dureza. Solo es superado por el diamante. Por esta razón, cuando se mezcla con hierro y carbón resulta un acero extremadamente reforzado que puede ser muy destructivo si va incorporado en una granada o muy resistente si el blindaje de un tanque incluye este material. Además, aguanta altísimas temperaturas. Su punto de fusión es el más alto de los metales: 3.422 grados centígrados. Estas son características indispensables por las que vale la pena enredarse en una batalla paralela en plena guerra mundial.

Hacemos referencia a armas y tanques porque analizamos su influencia en las relaciones entre los países implicados en la Segunda Guerra Mundial, pero el wolframio se utiliza en muchos objetos y máquinas de hoy en día. Se usa para los filamentos de las lámparas incandescentes, en las tuneladoras, en la fabricación de teléfonos móviles o en la construcción de coches, aviones y trenes, por ejemplo. Es por esto que se trata de un material sensible y valorado, que vuelve a ser estratégico en Europa.

No hay soldados ni violencia en esta guerra, pero sí países que miran por sus intereses económicos y políticos y que quieren más wolframio

Ahora, la Unión Europea lo ha incluido en el listado de materias primas críticas por su importancia económica y por el alto riesgo de falta de suministro. El subsuelo del continente europeo tiene mucho por explotar. Dispone de recursos ocultos que valen miles de millones de euros y que, a su vez, generan unos treinta millones de puestos de trabajo vinculados a una industria que depende exclusivamente de las materias primas.

Parece que ahora la lucha de los países por el tungsteno es diferente, aunque no menos estratégica. La Unión Europea busca reducir la dependencia de la sociedad moderna a este y a otros materiales. Y, sobre todo, quiere diversificar los países proveedores para que China no tenga el poder que le concede ser el país que más posee y que le permitió imponer, hace pocos años, unas cuotas en su comercialización. No hay soldados ni violencia en esta guerra, pero sí países que miran por sus intereses económicos y políticos y que quieren más wolframio para seguir fabricando miles de objetos, entre ellos, también armas.

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