Kenya Stéphanie, escritora, sobre por qué los hombres no asumen los cuidados y las mujeres se examinan continuamente: "Ellos viven en primera persona"
"Se nos enseña a examinarnos continuamente".

La escritora Kenya Stéphanie ha abierto debate al reflexionar sobre la desigualdad en los cuidados y la autoexigencia femenina. En su análisis, explica que "los hombres viven en primera persona y las mujeres en tercera". Esta idea generalizada, según cuenta, ayuda a entender por qué ellas tienden a examinarse constantemente mientras ellos, según apunta la escritora, "asumen menos responsabilidades emocionales y de cuidado".
Stéphanie parte del concepto del male gaze o "mirada masculina". Este concepto surge a raíz de la crítica de cine feminista, acuñado por Laura Mulvey en 1975, que describe cómo las artes visuales, el cine y los medios representan a las mujeres desde una perspectiva masculina heterosexual. Bajo esta lógica, explica, muchas mujeres no solo actúan, sino que se observan a sí mismas desde fuera, evaluando cómo son percibidas.
La escritora recuerda la idea del crítico cultural John Berger: los hombres miran a las mujeres y las mujeres se observan a sí mismas siendo miradas. Este fenómeno, afirma, no es natural, sino aprendido socialmente desde la infancia. "Se nos enseña a examinarnos continuamente", señala. Esa vigilancia constante, según dice, afecta tanto a la imagen corporal como al comportamiento cotidiano.
Socialización y reparto desigual de los cuidados
La escritora vincula esta mirada constante con el reparto desigual de los cuidados. Según explica, en muchos entornos familiares el rol de cuidado recae mayoritariamente en la madre, que permanece pendiente de los demás. Ese modelo, interiorizado por las niñas, refuerza una actitud de observación y atención al otro.
En cambio, el sujeto socializado para "vivir en primera persona" —tradicionalmente el hombre— no desarrolla esa misma vigilancia ni esa orientación al cuidado. Esto, según Stéphanie, contribuye a que los hombres asuman menos responsabilidades emocionales y domésticas.
Mientras tanto, las mujeres se evalúan continuamente para responder a expectativas externas. El resultado es una diferencia en la forma de habitar la experiencia cotidiana: ellos priorizan su propia vivencia, mientras ellas la filtran a través de cómo serán percibidas.
Para ella, el punto central no es culpar a las mujeres por autoexaminarse, sino entender que ese comportamiento es consecuencia de una construcción social que influye en la autoestima, la toma de decisiones y el reparto de responsabilidades.
Vivir en primera persona
Mientras los hombres tienden a vivir su experiencia directamente, muchas mujeres lo hacen con una mirada externa constante. "Ellos viven en primera persona", resume, subrayando que esa diferencia ayuda a explicar por qué ellas asumen más cuidados, más carga mental y más autoexigencia.
El debate que plantea la escritora pone sobre la mesa cómo la socialización influye en el reparto del trabajo doméstico y en la manera en que hombres y mujeres se relacionan consigo mismos y con el entorno.
