Se enamora de una perra callejera y su mujer solo pone una condición: "Cada mañana tendrá que ir a trabajar contigo"
El animal le esperaba cada día en la calle en la que trabajaba y se quedaba solo cuando él regresaba a su casa al final de cada jornada.
Un día, Gino, un comerciante de Catania, Sicilia, se armó se valentía y decidió enfrentarse a su esposa para confesarle que se había enamorado, pero no de otra mujer, sino de una perra callejera. Este hombre siempre ha trabajado en el mercado, su padre tenía un puesto allí, su abuelo vendía aceitunas y su bisabuelo, calabacines y berenjenas. Ahora él continúa con esta tradición en el mercado al aire libre de Catania, también conocido como el mercado de la Piazza San Carlo. Un día, una pequeña perra callejera apareció de la nada y se plantó delante de su puesto, parecía querer a ayudarle a vender sus frutas y verduras, estaba allí esperando al hombre puntual cada mañana, según ha publicado La Stampa.
La vida de Gino hasta entonces consistía en levantarse muy temprano por la mañana, preparar su pequeña y destartalada furgoneta, recoger la fruta y todo lo que necesita para montar su colorido puesto y se ponerse en marcha. Su esposa le preparaba el almuerzo para llevar y él se iba solo a trabajar. Esta ha sido su rutina durante los últimos 50 años.
Hasta que apareció la perra en su vida. Puntual como un reloj, estaba allí siempre esperándole en el mercado. Y, tras un par de días de cortejo insistente por parte del animal, Gino comprendió que se trataba de un ritual y que la perra lo esperaba precisamente a él, siempre a la misma hora, siempre en la misma acera.
El animal no pedía comida, sólo parecía querer estar con él, según ha relatado el hombre. Empezó a hacerla caso y a compartir un poco de su comida con ella. Como cuando pidió su granizado de almendras y moras —el mismo que había tomado durante más de 40 años— y no pudo tomárselo a partir de entonces sin compartir al menos una parte de su bixcocho con su nueva amiga.
Lo peor llegaba al final de cada jornada de trabajo de Gino, cuando desmontaba su puesto y metía todo su material en la furgoneta y se alejaba dejando a la perrita a su suerte, mirándola desde lejos y ya, desde ese momento, deseando tener otra cita con ella al día siguiente, a la misma hora, en el mismo lugar.
Hasta que llegó el momento en el que Gino se dio cuenta de que tenía que hacer frente a la situación tomando dos decisiones: ponerle un nombre y decírselo a su mujer. Empezó por lo que se costaba menos, el nombre. Un día que la encontró empapada por la lluvia cuando llegó, la abrazó, la secó y se lo puso en ese momento, la llamó Ninetta. Después tocó decírselo a su esposa.
Y resulta que la mujer ya había intuido algo, porque llevaba más de una semana viendo a su marido ir al supermercado a comprar comida para perros. Cuando Gino le contó la historia, la mujer lo abrazó con cariño, lo tranquilizó con la mirada y le dijo que la llevara a su casa, que a partir de entonces también se convertiría en el hogar de su Ninetta. Aunque añadió: "Pero que quede una cosa clara", le advirtió, "todas las mañanas tendrá que ir a trabajar contigo, ni se te ocurra dejarla en casa, tengo que limpiar y no puedo cuidarla".
A la mañana siguiente, Gino rebosante de felicidad, le llevó un pequeño collar rosa y le dijo que a partir de ese día ya no la dejaría sobre el cartón y que volvería a casa con él todos los días. Ninetta parecía haberlo comprendido; estaba especialmente atenta y entusiasmada, se lo contagió él, así que había logrado pasar de ser dependienta a conseguir convertirse en una auténtica integrante de una familia.