Los científicos coinciden: la testosterona de un padre baja desde el cuarto mes del embarazo de su pareja, y cuanto más baja, más se involucra después con el bebé
Un mecanismo evolutivo que prepara al hombre para cuidar.

Durante mucho tiempo, la paternidad se ha entendido casi exclusivamente como una cuestión cultural: una decisión, una actitud, una forma de implicarse más o menos en la crianza. Pero la ciencia lleva años desmontando esa idea y apuntando a algo más profundo: ser padre también transforma el cuerpo.
Porque no todo empieza cuando nace el bebé. Cada vez más estudios muestran que el proceso arranca antes, incluso durante el embarazo. Cambios hormonales, cerebrales y emocionales empiezan a preparar al padre para un rol que no es solo social, sino también biológico.
Y uno de los datos más llamativos tiene que ver con la testosterona. Lejos de lo que podría pensarse, esta hormona no se mantiene estable, sino que baja. Y no solo eso: cuanto más desciende, mayor es la implicación posterior del padre en el cuidado del bebé.
El cuerpo del padre también cambia (y mucho antes de lo que parece)
Tal y como recoge la información publicada por la BBC en su sección Future, la transición hacia la paternidad empieza antes del nacimiento. No es solo una adaptación emocional: también hay cambios biológicos medibles.
Uno de los más relevantes es la disminución de la testosterona, la principal hormona masculina. Diversos estudios coinciden en que esta bajada puede comenzar ya durante el embarazo de la pareja, concretamente en torno al segundo trimestre.
Y este descenso no es casual. Según los investigadores, forma parte de un mecanismo evolutivo que prepara al hombre para cuidar. “Los niveles de testosterona tienden a disminuir varios meses antes del nacimiento”, aseguran, indicando que esta disminución facilita el vínculo con el futuro bebé.
Menos testosterona, más cuidado
Lejos de ser algo negativo, esta bajada tiene una función clara. La testosterona está asociada, entre otras cosas, a la competitividad o la agresividad. Reducirla ayuda a activar comportamientos más empáticos y protectores.
De hecho, la ciencia ha encontrado una relación directa: cuanto más baja la testosterona en los padres, mayor es su implicación en el cuidado del bebé. Esto se traduce en más atención, más contacto y una mayor participación en tareas cotidianas como alimentar, calmar o jugar con el niño.
Algunos estudios incluso señalan que los padres que experimentan mayores descensos hormonales responden mejor a señales como el llanto del bebé, desarrollando una mayor sensibilidad emocional.
En otras palabras, el cuerpo del futuro padre se adapta biológicamente para facilitar algo que durante años se ha relegado a las mujeres y se ha considerado únicamente una cuestión de voluntad: cuidar.
Un cambio que también afecta al cerebro
El fenómeno no se limita a las hormonas. La paternidad también transforma el cerebro. Investigaciones citadas por la BBC apuntan a cambios en áreas relacionadas con la empatía, la atención y el vínculo afectivo.
Además de la bajada de testosterona, también aumentan otras sustancias como la oxitocina, conocida como la “hormona del amor”, que refuerza la conexión emocional con el bebé.
Estos cambios empiezan incluso antes del nacimiento, lo que sugiere que la idea tradicional de que el proceso de convertirse en padre, el vínculo paterno, se construye únicamente después del parto queda cada vez más cuestionada.
La disminución de la testosterona no es una pérdida, sino una adaptación. Una forma en la que el cuerpo facilita comportamientos que aumentan las probabilidades de supervivencia y bienestar del bebé y que demuestra que para la paternidad también existe una base biológica mucho más fuerte de lo que se pensaba hasta ahora.
