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25/02/2013 08:26 CET | Actualizado 26/04/2013 11:12 CEST

¿Y la clase media?

En medio de la crisis, los dirigentes políticios suelen elaborar sesudas fórmulas para supuestamente rescatar a los menos favorecidos, a los más necesitados; sin reconocer en ningún momento que son ellos mismos quienes han empujado a miles, a millones de familias, al abismo de la miseria y de la desesperanza.

En medio de la crisis económica que azota a varios países de Europa y América Latina, los dirigentes políticos suelen elaborar sesudas fórmulas para supuestamente rescatar a los menos favorecidos, a los más necesitados; sin reconocer en ningún momento que son ellos mismos -los señores del poder- quienes han empujado a miles, a millones de familias, al abismo de la miseria y de la desesperanza.

Los dirigentes de la derecha tradicional, con su ortodoxia, pretenden "recuperar" o "restablecer" el orden, acudiendo a las instrucciones de los grandes organismos financieros internacionales, mientras la izquierda hace llamados desesperados a la indignación, la resistencia pasiva e, incluso, a la desobediencia civil.

En muchos casos estas protestas derivan en el derribamiento de regímenes que son reemplazados por otros igual de inoperantes o tan corruptos como los defenestrados. El de Egipto es un buen ejemplo de una revolución triunfante, pero inútil. Algo similar ocurrió en Venezuela, con la dichosa revolución bolivariana. Allí, la gente, hastiada de la clase política tradicional, acudió a la figura mesiánica de Hugo Chávez, quien al cabo de catorce años en el poder tiene a su país inmerso en la incertidumbre, con la economía destruída y una sociedad totalmente fracturada.

Hoy por hoy, y más allá de cualquier consideración ideológica, la dirigencia política está llamada a enarbolar las banderas de los más afectados por la crisis, que ya no son únicamente los menos favorecidos, ni los ciudadanos más humildes. Los esfuerzos, o los anuncios, no se pueden dirigir exclusivamente a la base de la la pirámide social, sino que debe ampliarse a otras capas de la sociedad, cuyo nivel de vida se pauperiza cada día más.

En muchos de nuestros países es evidente el deterioro de la clase media, cada vez más reducida, en la que muchos ven con impotencia cómo se pierden sus empleos, se diluyen sus ingresos y se rompen sus ilusiones. Aunque en países como Colombia o Perú, las estadísticas muestran avances y dan señales de progreso, lo que uno percibe en las calles es muy distinto. Una cosa son las tablas de Excel y otra la realidad de la gente.

Los políticos deberían saber que el descontento no sólo está en las bases más pobres, sino que los afectados son toda la población a la que le irrespetan sus derechos. Si un político fuera inteligente, buscaría congregar a toda esa gente, sin distinción de clases. La inseguridad, por ejemplo, es un problema que afecta transversalmente a toda la sociedad; no tiene que ver únicamente con pobres o con ricos.

En países como Colombia las calles en mal estado y las carreteras de la edad media, hechas trizas, afectan, desesperan, a la sociedad en su conjunto, a todos los ciudadanos: hombres, mujeres, jóvenes, mayores, católicos, gays, ateos, etc.

Por consiguiente, hay un montón de derechos por reivindicar, y eso lo podría hacer alguien que no pensara que a los únicos que tienen que auxiliar es a los pobres. Por supuesto a ellos hay que seguir prestándoles atención; pero simultáneamente hay que evitar que la clase media se siga deteriorando, pues a la larga eso hará que los pobres se multipliquen. Hay que buscar formas de ayudar también a esas otras capas sociales a las que las empresas privadas y los organismos públicos les pisotean sus derechos.

Un caso típico de atropello se ve en el pésimo servicio al cliente que ofrecen las empresas privadas y las instituciones públicas, que ha obligado al usuario a acudir a las redes sociales, particularmente Twitter, para hacerse oír a la hora de hacer una reclamación. La red es el último recurso que le queda al ciudadano común para exponer sus quejas por las múltiples deficiencias en los servicios que contrata o la mala calidad de los productos que adquiere.

Yo mismo lo viví hace unos meses, cuando luego de múltiples reclamos, en el banco más grande de Colombia, un alto funcionario sólo me puso atención cuando me quejé en mi cuenta de Twitter. La persona en cuestión me pidió comprensión y que fuera paciente, porque "tenemos demasiados clientes". ¡Por favor...! Si no son capaces de atender bien a los clientes que tienen, ¿por qué diablos viven en campaña permanente para conseguir más?

La experiencia nos enseña que en los contratos de servicios con las corporaciones y las grandes empresas el desequilibrio es evidente, pues la letra menuda de los documentos es usted, y la letra grande es la empresa que lo atiende. Es un irrespeto total al ciudadano, arbitratrariamente convertido en un simple cliente. Uno más.

Y ni hablar de los problemas derivados de la negligencia del Estado, en cuestiones que tienen que ver con la justicia, los sistemas de salud o la asistencia social.

Si un candidato, de la tendencia que sea, logra concitar la atención y el interés del ciudadano promedio, irrespetado por el sistema, y se propone trabajar en serio no sólo por el bienestar de los pobres, sino también de la clase media, empezaremos a avanzar en la dirección correcta.

Nada gana un país si, al mismo tiempo que saca a muchos ciudadanos de la pobreza extrema, empuja a otras multitudes al abismo de la miseria.