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Entrevista con Nadia Ghulam: "Las mujeres valientes se han quedado en Afganistán"

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Nadia Ghulam. | CARLOS PINA / EL HUFFINGTON POST
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Nadia Ghulam (Kabul, Afganistán, 1985) habla con una humildad que desarma. Su historia se desdibuja, porque por delante pone la de su gente y su país. Resta todo mérito a su infancia de niña superviviente de las bombas, a sus dos años de ingreso hospitalario con 14 operaciones, a sus cicatrices, a la década que luego vivió haciéndose pasar por su hermano Zelmai para poder estudiar y trabajar, llevando a su casa el único alimento posible. Aquella historia, que narró en El secreto de mi turbante (Planeta), "no es nada" comparada, dice, con la de las mujeres de su familia. "Ellas sí que son las valientes". Por eso ahora, con la ayuda de Javier Diéguez, ha vuelto a las librerías como La primera estrella de la noche (Plaza y Janés), un viaje de vuelta a casa desde su nuevo hogar en España y un repaso a las historias de familia en las que las mujeres de su patria, Afganistán, toman la palabra. Un tributo emocionante.

"No quería que quedaran en el anonimato. Tenía que ser su voz", resume esta joven, llegada a España con 21 años gracias a la periodista Mónica Bernabé, que habla un impecable castellano, vive con sus padres españoles (Josep y María) en Badalona y hace de todo para enviar dinero a su familia: cocina de su país a domicilio, trabaja en un bar, hace teatro... Tras cuatro años de ausencia de su hogar, la muerte de su querida tía Sha Ghul la obliga a regresar a Afganistán, por primera vez con su identidad recobrada de mujer. Y el choque es brutal.

¿Qué diferencias encontró en su retorno a Kabul tras esos años lejos de su entorno?

Fue un cambio radical. Me fui como un chico y regresaba siendo yo, Nadia. Había perdido la libertad de salir y entrar que tienen los hombres, el poder llegar tarde o quedarme con mis amigos... Cosas de las que no te piden cuenta si eres un hombre. de pronto en mi casa de Kabul no había nadie para ir a por el pan, porque las mujeres no tienen autonomía para salir de casa a esas gestiones. Recuperé lo que es estar en una jaula, ver que no eres libre y puedes hacer lo que quieres, tener tus proyectos e ilusiones y tratar de levarlos a cabo. Ocurre incluso con personas que sí tienen dinero, que no es el caso de mi familia, que se llena del peso de los collares pero sigue triste. Me preguntaban por qué yo no tenía ese oro o no lo deseaba... "Yo también tengo un collar", les decía, "tengo oro porque tengo libertad".

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Ghulam explica que en su visita de duelo trató de servir de acicate a sus primas y hermanas para que no reprodujeran errores muy instalados en su sociedad, como el matrimonio a edad temprana o la falta de instrucción de las mujeres que sólo pueden ser esposas. Porque ver a una mujer dar sus pasos sin ataduras puede, con el tiempo, cambiar las cosas. "Quería demostrárselo a ellas, que piensan que sin un hombre en su vida no van a salir adelante, que pueden decidir, hacer proyectos, ganar dinero y ser autónomas".

Quien piense que Nadia va a su casa da dar lecciones se equivoca. Va a alumbrar, a abrir los ojos, pero entendiendo perfectamente el contexto y el valor de las mujeres a las que se enfrenta. No es pasividad, matiza, sino desgaste vital tras 40 años de guerra en los que ellas han sido las más perjudicadas y subyugadas, "hasta que ya no ven que es bueno seguir y avanzar con sus propias opiniones" y piensan que decir lo contrario de lo establecido no es de buena mujer.

Hay lamentables historias comunes que acaban uniendo a las mujeres de allá y de acá, reconoce. Lo vio en el caso de su tía, apaleada por su primer esposo ante la posibilidad de que en su vientre llevase una niña y no un varón, escapada de casa y casada más tarde con un buen hombre, y en los de las mujeres que conoce en Cataluña que escapan de sus maltratadores. "Aquí todo ha cambiado con las nuevas generaciones y en Afganistán todavía no es posible, pero puede pasar. Como dice mi sabia madre, el mundo es como un bosque, en el que hay plantas medicinales y venenosas y tú tienes que ir eligiendo. Mi país tiene que elegir. Pero de todo podemos aprender, incluso de esa pena", resume esperanzada.

¿Cómo la ven sus hermanas y primas?

Pues yo soy cuatro años mayor, así que haciendo de chico era su referente de protección. Les escondí todas las dificultades de hacerme pasar por mi hermano, por eso me veían como a una maga. La que les conseguía las cosas. Claro, no les explicaba lo que costaba, mi miedo a que me descubrieran, el trabajo duro en el campo y la construcción...

Eso era en Kabul, cuando vivía allá, pero a su vuelta desde España se encontró con que había cosas en las que no le estaban haciendo caso, como estudiar...

Lloré mucho cuando lo supe, llevaba mucho tiempo trabajando para ayudarlas pero ellas, por la presión que había, decidieron dedicar el dinero a la casa y acceder a un matrimonio. Mi padre español me decía: "No te preocupes, igual no has logrado todo lo que te proponías con ellas pero son conscientes de tus esfuerzos, no todo está perdido". Y es cierto. En un mundo de ciegos, como se dice, el tuerto es el rey, así que mis hermanas al menos se han graduado con lo básico y saben leer y escribir, pueden ayudar a sus hijos a hacer los deberes o sus suegras las valoran más porque les pueden leer un prospecto del médico. Me esperaba que estudiasen una carrera, es verdad, pero ellas son distintas a las demás. Antes de la guerra, sus ilusiones eran ir a la escuela, hacer una carrera, trabajar... Después de la guerra, pasaron a ser "quiero casarme porque no puedo mantenerme".

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Y el cambio puede estar ya sembrado...

Sí. Destruir un país es muy sencillo pero construirlo es muy complicado. En Afganistán hemos aguantado 40 años de destrucción y ahora necesitamos generaciones para remontar. Hay gente que veo en Cataluña que no tuvo nada y hoy sus hijos y nietos van al instituto. Eso me da una inmensa alegría, mucha esperanza. Realmente los pequeños pasos importan, se cambia el mundo poco a poco.

Lo que nos sigue llegando a Occidente desde Afganistán es atraso y talibanes... ¿Hay cambio en la sociedad, verdaderamente?

¡Por supuesto! Se han producido avances muy importantes en una generación. Me encontré, por ejemplo, con unas chicas grabando en plena calle su aportación pata Street Harrasement, un movimiento que retrata el acoso a las mujeres en todo el mundo. Los hombres les decían: "No me grabes, no quiero salir en Facebook". Y ellas replicaban: "No, saldrás en Youtube". No es una tontería, ¡estas chicas conocen más redes sociales que los varones del país! Para mí es un orgullo. Yo me maravillaba por cosas que empiezan a ser comunes. Me decían: "¿De qué siglo vienes?", porque no sabía que había discotecas. Claro que hay inseguridad por los atentados, que tenemos que reconstruir nuestra casa, que el 95% de la población es musulmana y se ve arrastrada por una minoría fanática que marca leyes que nada tienen que ver con el Islam... Pero hay movimiento.

Reconoce Nadia que es desolador descubrir en su teléfono un vídeo grabado por sus sobrinos en el que juegan a la guerra, "como los niños de España hablan de fútbol". Por eso su único afán es hoy remar para que esa realidad cambie, para "que entre la luz" en las casas afganas. Lo hará desde Barcelona y desde Afganistán, ya irá ajustando cómo.

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-¿Se siente una refugiada como las que ahora están llegando a Europa?

Yo creo que soy más una emigrante, no veo diferencia. Nadie quiere irse de su país por gusto, sea la razón la guerra o la miseria. Se sale por coacciones, porque te pueden matar, porque caen bombas o porque no puedes cumplir con ninguna de tus ilusiones. En mi país sigue la guerra, no tenemos libertad... Me duele que somos invisibles, que existimos. Que a veces sólo necesitamos una sonrisa y la gente no sabe cómo darla.

-¿Cómo valora el comportamiento que está teniendo con ellos la UE?

Es muy triste, pero quiero reivindicar que lo que no están haciendo los gobiernos lo está haciendo la sociedad europea, gente como mis padres españoles. La clave pasa por la reconstrucción de sitios desolados como mi país y en las oportunidades. Si damos trabajo y futuro en los países de los que vienen los refugiados, si les damos educación y formación, ellos podrán levantar su casa.

Sus ojos, que centellean durante toda la entrevista, casi arden cuando se le pregunta si, pese a todo, tiene esperanza. "Toda. Antes pensaba que todo el mundo iba en contra de la humanidad, pero gracias a mis padres de aquí he visto que hay gente buena y que los malos son cuatro, pero hacen mucho ruido".

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