INTERNACIONAL

Meera Zaror, la refugiada siria con la mejor nota de catalán de su clase

18/02/2017 21:29 CET | Actualizado 19/02/2017 13:03 CET
POL PAREJA

Cuando Meera llegó a su primer día de colegio en España, no sabía ni una sola palabra de castellano. Por no saber, ni era consciente de que en Cataluña se hablan dos idiomas. “Me enteré cuando ya llevaba tres meses en España”, explica esta joven de 18 años nacida en Homs, la tercera ciudad de Siria. “Mi tío me explicó que aquí se hablaban dos idiomas a la vez”. Un par de años más tarde, sorprendió a toda su clase al sacar la nota más alta de catalán. “Me encerré una semana entera a estudiar”, recuerda. “Quería que la gente viese que los sirios somos algo, no solo refugiados”.

A pesar de que llegó a Cataluña hace ya tres años, Meera no consigue pasar página del calvario por el que ha pasado ella y su familia. Su historia es la de una juventud robada por las bombas, la huida de su país y la muerte de sus amigos y familiares. “No puedo olvidar nada”, asegura con una sorprendente entereza y madurez. “He visto y he sentido la muerte en demasiadas ocasiones”. Ahora trata de concienciar al resto sobre lo que pasa en Siria e intenta combatir el estigma al que se enfrentan muchos refugiados cuando llegan a su país de acogida.

Siria es el primer país de origen de refugiados en todo el mundo. Se calcula que más de cinco millones han huido y 7’6 millones se han desplazado internamente por culpa de una guerra que lleva ya más de 5 años y cientos de miles de muertos: la ONU dejó de contarlos en 2014, cuando llevaba contabilizados 310.000 fallecidos (149.000 civiles, 16.000 de ellos menores de edad).

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LA HUIDA DE HOMS

Meera podría no estar contando ahora mismo su historia. Una decisión de su madre a última hora le salvó la vida en 2013. Había quedado para ir a pasar unos días a casa de su primo y mejor amigo Hussein, que en aquel momento tenía 16 años y vivía con el resto de su familia en la parte vieja de Homs. En el último momento su madre le dijo que no quería que fuese. “Siento que va a pasar algo, te quedas en casa”, le dijo. Ese mismo día una bomba mató a su primo Hussein.

A pesar de esto, Meera, su madre y sus dos hermanas -su padre murió unos años antes de la revolución- siguieron resistiendo en Homs. No querían irse a pesar de que cada semana caían bombas sobre su edificio y lo habitual era correr escaleras abajo cuando sonaban los primeros impactos. Dos fueron los detonantes que hicieron a su madre tomar la decisión de escapar. “Se empezaron a usar bombas químicas”, recuerda. “Y el ejército de al-Assad entró en Homs y mató, violó y cortó la cabeza a toda la familia de mi madre”. Ese día su madre dijo basta. Cogieron los pasaportes, se subieron a un taxi y se dirigieron a Beirut (Líbano).

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Tras sobornar a los milicianos del check point fronterizo -”nos tuvieron cuatro horas retenidas”- llegaron a Beirut. El plan inicial era coger un avión hasta Arabia Saudí, pero les dijeron que no podrían entrar en el país. Un familiar suyo lleva más de 30 años en España y gracias a esto pudieron subirse a un avión con destino a Barcelona.

Meera dejó en Homs una vida plácida en la que iba al colegio caminando, estudiaba piano y jugaba a tenis. Su madre era profesora de física en la universidad y su padre enseñaba matemáticas en el bachillerato. “No éramos ricos pero no nos faltaba de nada”, afirma.

Cuando estalló la primavera árabe era una preadolescente. Ahora tiene 18 años y no logra comprender las preocupaciones de los jóvenes de su edad. “Las chicas de mi clase hablan sobre si quieren estos zapatos o sobre si ese chico es guapo”, se lamenta. “Yo solo pienso en llegar donde quiero: licenciarme en medicina y ayudar a los demás”.

LAS DIFICULTADES PARA ADAPTARSE

La intención inicial era permanecer sólo tres meses en Rubí y luego volver a su país. De esto hace ya tres años. Meera suspira cuando se le pregunta cómo le ha ido desde su llegada a España. “Tengo que decir que no me siento acogida”, sostiene. “Hay mucha gente buena que me ayuda, pero no he hecho ningún amigo de verdad”. Durante este tiempo, confiesa que sólo ha salido dos o tres veces con sus amigos. El resto de veces queda con una amiga que también es de Siria.

Su llegada a un nuevo colegio en Rubí estuvo marcada por el bullying y el desprecio de una parte de sus compañeros. “Tuve muchas dificultades con la gente”, explica. Meera escapó de su país convencida de que iba a dedicar su tiempo a contar lo que sucedía en Siria, pero se encontró con una sociedad a la que apenas le importaba lo que ella contaba. “A la mayoría de gente de mi edad no le importa lo que pasa”, se lamenta. Cuando apenas hablaba castellano, se esforzó para exponer ante su clase los detalles del conflicto, enseñando vídeos e imágenes de lo que sucedía. “Cuando acabé nadie preguntó nada ni se inmutó”, asegura. “Me afectó tanto que decidí no hablar más sobre el tema en el colegio”.

Después de pasar casi dos años en la casa de su tío abuelo, Meera, sus dos hermanas mayores y su madre se trasladaron a Barcelona, donde ahora cursa el bachillerato científico-tecnológico. Ella y su familia sobreviven gracias al trabajo de su hermana mayor de traductora en un hospital. Meera trabaja tres tardes a la semana como niñera para ahorrar y poder ir a la universidad cuando acabe la escuela.

LA VERGÜENZA POR LOS REFUGIADOS

España se comprometió a finales de 2015 a acoger 17.337 refugiados. Desde entonces, solo 898 han llegado a nuestro país: apenas el 5% del cupo al que se comprometió el Gobierno de Rajoy con la Comisión Europea. Para cumplir con lo pactado deberían llegar 16.439 refugiados en 2017, algo que desde las organizaciones de ayuda a este colectivo consideran una utopía.

De los 898 que han legado 717 son sirios, como Meera. Reconoce sentir “vergüenza” cuando ve las imágenes de las decenas de miles de desplazados esperando bajo la nieve en Grecia para entrar a Europa. Añade, además, que no le recomienda a nadie venir a España. “Aquí apenas te ayudan, a la gente que ha ido a Alemania le ha ido mucho mejor”, opina.

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A pesar de todo, es consciente de que su caso hubiese corrido distinta suerte si el periplo que le llevó a Barcelona hubiese empezado un par de años más tarde. “Hemos tenido mucha suerte”, reconoce. “Ahora igual estaría yo en esos campos esperando para entrar”.

Cuenta Meera que lo que más echa de menos de su país es la gente y el “sentimiento de comunidad”. Le cuesta responder cuando se le pregunta qué es lo que más le gusta de España. Al final, entre risas, opta por la paella. La sonrisa de su rostro, sin embargo, desaparece cuando en la conversación aparece la posibilidad de volver a su país. Responde que solo se plantea volver el día que al- Assad no esté. Aún así, tiene sus dudas sobre si el régimen cambiará algún día. “No creo que pueda volver a vivir nunca más en Siria”, afirma. “Mi generación nunca verá una democracia en ese país”.

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