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Río+20: las lecciones de la crisis

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Esta semana, casi 130 primeros ministros se reunirán en la cumbre Río+20, donde se debate, nada mas y nada menos, sobre cómo transformar la economía para conseguir erradicar la pobreza, reducir las desigualdades y el frenar el deterioro del planeta.

Algunos líderes (entre ellos, Rajoy) llegarán directamente de la reunión del G20, donde "solo" se debatirá sobre la catástrofe económica, en particular en la zona euro... Seguro que hay quien cree que los dos debates no tienen mucho que ver, y que, en cualquier caso, hoy resulta marginal lo del "desarrollo sostenible" y todos aquellos convenios adoptados hace 20 años, en la anterior cumbre de Río.

Y así nos va: todavía hay demasiados dirigentes políticos que no aciertan a ver que la crisis actual es mucho más que una crisis financiera debida a la imprudencia y codicia de unos pocos... En realidad, la crisis financiera no es más que una de las dimensiones de la crisis del paradigma dominante, de esa visión miope y cortoplacista, que ha promovido un sistema económico cuyo objetivo principal es el crecimiento del PIB, sin suficiente consideración de los efectos sociales y ambientales asociados al actual modelo de producción y de consumo -porque, total, esos costes se socializan, y no los asumen los que los provocan y al tiempo se apropian de pingües beneficios-.

Pero hoy es ya muy evidente que las crecientes desigualdades sociales han estado en el origen del exceso de endeudamiento y, a su vez, se han ampliado a causa de la pésima gestión de los riesgos financieros; como es evidente que la gestión irresponsable de los recursos naturales y de los ecosistemas tiene un coste económico y social cada vez mayor (por ejemplo, en términos de salud). Y lo que es peor: la crisis del paradigma se está llevando por delante la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas, incapaces de protegerlos ante esos "mercados" que las propias instituciones decidieron desregular al máximo, para favorecer su eficiencia.

Este diagnóstico crítico es compartido por un número creciente de ciudadanos, en todos los países del mundo. La comunidad científica nos alerta, además, de la aceleración de los riesgos del deterioro ecológico, que afecta, sobre todo, a las poblaciones más vulnerables del planeta. Sin duda, hoy conocemos, mucho mejor que hace 20 años, la estrecha interdependencia entre lo económico, lo ambiental y lo social; y tenemos nuevas respuestas tecnológicas que deberían generalizarse, para garantizar, entre otras cosas, el acceso de todos los ciudadanos del planeta -los que viven hoy y los que vivirán mañana- al agua, a la alimentación, a una energía limpia y segura...

No se trata de utopías: los documentos que llegan a esta cumbre están llenos de ejemplos concretos de cómo se puede crear empleo y satisfacer necesidades sin dañar seriamente la trama de la vida de la que formamos parte. Un ejemplo, que suena de actualidad por aquello de las comparaciones con lo que sucede en España: en Uganda, los cultivos ecológicos están proporcionando una rentabilidad 300 veces superior a la de los cultivos tradicionales , al tiempo que permite el acceso de la población a alimentos sin necesidad de importarlos a precios cada vez mas abusivos...

En Río+20, sin duda, no habrá grandes acuerdos: pero ya tenemos suficientes, y lo importante sería cumplirlos. Y para ello, mucho más relevante que las declaraciones retóricas de los líderes será el aumento de la concienciación pública, favorecida hoy por la red, cuya capacidad de difundir información y de fortalecer plataformas ciudadanas ha crecido exponencialmente en los últimos años.

Cuanto más y mejor informados estén los ciudadanos, más conscientes serán del impacto (social, economico y ambiental) de sus propias decisiones; y por tanto estarán en mejores condiciones para ser mas responsables, y a la vez, para exigir mayores responsabilidades a sus gobiernos y a las empresas. Sí, en el camino hacia Rio +20 se ha hablado mucho de la necesidad de articular mecanismos que garanticen la oportuna rendición de cuentas y la exigencia de responsabilidades, imprescindibles para que se cumplan normas y convenios, a nivel nacional y global.

Por supuesto que hace falta dinero para la transición hacia una economia mas sostenible, en la que se genere mas bienestar para mas ciudadanos, empleando menos recursos. En la cumbre se está discutiendo como reforzar una iniciativa lanzada por el G20 hace tres años: reducir las ayudas públicas que hoy se aplican a subsidiar actividades contaminantes o despilfarradoras, para poder asignar esos fondos a las tecnologías mas limpias y eficientes. Es bueno recordar que el volumen de ayudas públicas a los combustibles fósiles, a nivel mundial, multiplica por siete la que se dedica a las energías renovables... luego dinero, haberlo, lo hay. Eso sin hablar de esos inmensos agujeros negros -los paraísos fiscales- que son, junto con la corrupción y el cambio climatico, el "lado oscuro" de la globalización, en frase afortunada de Ángel Gurría, secretario general de la OCDE.

Y, por último, algunos países demostrarán más voluntad que otros durante esta cumbre. Australia, por ejemplo, se ha comprometido a crear la mayor red de reservas marinas del mundo, desde el convencimiento que los océanos son la siguiente frontera amenazada por la acción del hombre, donde se albergan muchas de las garantías para nuestro futuro. A ver si a otros se les abren los ojos, a base de ejemplos...