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Slim desmonta a Trump, ¿gratis?

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El empresario mexicano Carlos Slim/EFE

De empresario a empresario las negociaciones son distintas que de político a político. Los primeros manejan variables numéricas y reducidas en sus diálogos, mientras que los segundos deben tomar en consideración todas las variables de los comerciantes y añadir todas las variables que conllevan odios, cariños y susceptibilidades con los que los votantes, los accionistas de los partidos políticos, dan su voto en las juntas de accionistas, llamadas en este caso elecciones.

Una regla básica de la calle es que si te mientan la madre en público las negociaciones acaban con los preceptivos recuerdos para su familia o un intercambio de golpes; mientras que una regla básica de las negociaciones en los despachos es que si te mientan la madre en público se calcula el coste/beneficio de mentar a la suya.

Slim reunió el pasado viernes en una rueda de prensa a la mayor colección de medios de comunicación que recuerdo desde que vivo en este país: el magnate mexicano iba a hablar del algo menos magnate neoyorquino y hoy presidente de los EEUU.

El propio Slim, al ser preguntado sobre Trump cuando era candidato, resumió así esta diferencia: "Pero si él trabaja para mí".

En estos tiempos en los que el amor patrio mexicano anda razonablemente herido por el maleducado gringo, para buena parte de la población Slim es un revulsivo de superioridad: su fortuna, siempre entre los cinco hombres más ricos del mundo los últimos años, es superior a los 50.000 millones de dólares (pongan y quiten números con generosidad en este tipo de fortunas, capaces de perder varios miles de millones en una mala jornada de bolsa); la fortuna de Trump es de alrededor de 3.700 millones. El propio Slim, al ser preguntado sobre Trump cuando era candidato, resumió así esta diferencia: "Pero si él trabaja para mí".

En este bizarro contexto, en el que México comienza a hartarse del intento de abuso y de la grosería de su vecino del norte, Slim vino a hablar al país, a reconfortarlo y tranquilizarlo y luego ¿a pasar su factura?

El mexicano tomó el micro con la fortaleza con la que la hacen los elegidos. Es algo que se nota, los cimientos al hablar que tienen los grandes líderes. No leyó una sucesión de hojas buscando entonaciones precisas. Habló, sin más, como le fue dando la gana, contando su mensaje lento, repetitivo hasta conseguir que calara en todos. ¿Y cuál fue ese mensaje? "Trump no es Terminator, es Negotiator", dijo textualmente.

Todo lo que vemos de Trump, según Slim, es una fachada, un farol que hacen los buenos jugadores en las mesas de casino para medir a sus contrarios.

Lo dijo tal cual y lo repitió hasta la saciedad. Todo lo que vemos de Trump según Slim es una fachada, un farol que hacen los buenos jugadores en las mesas de casino para medir a sus contrarios. "No se asusten, porque eso es lo que él busca. Trump es un negociador", repitió sacando una y otra vez el libro del propio Donald, "Great Again" del que Slim aconsejaba: "Ahí lo dice todo, léanlo". Y lo decía como si lo desnudara, como si entendiendo la simpleza de que el neoyorquino insulta con una calculadora en la boca, sus palabras empezarán a valer menos, como el que destapa el farol de un oponente en la mesa de póker.

El dueño de América Móvil y el Grupo Carso, entre una larga lista de empresas que lidera, habló del necesario apoyo al presidente Enrique Peña Nieto en una maniobra empresarial sorprendente. Descartado que Slim hiciera política tras escucharle su "no tengo interés en postularme a la Presidencia", posibilidad que se movió por miles de personas en las redes sociales y que tras escuchar la cátedra negociadora del magnate de origen libanés parece comprensible, ¿por qué habló Slim entonces? Como siempre en este blog, ideas y no certezas.

Por un lado, el mexicano es uno más de los millones de mexicanos ofendidos por la nueva Administración de la Casa Blanca. México esta vez sí se ha unido para hacer frente a la grave e injusta amenaza, pero un hombre como él, que no concede nunca entrevistas, no parece que haya salido ante toda la aldea global a pegarse un golpe de patriotismo en el pecho. Debe haber algo más desde esa lógica del empresario que él dejó claro que es.

De hecho, Slim tiene una pésima relación con el actual Gobierno, sin duda el primer Ejecutivo mexicano que ha plantado cara al monopolio que generó la inmensa fortuna del magnate: la telefonía.

Una persona muy importante y muy bien informada de este país me contó en un desayuno hace poco que Slim le pidió a su amigo, el ex presidente español Felipe González, que trabajara algo con Andrés Manuel López Obrador para convertirle en un candidato ganador en los comicios de 2012. "Felipe vino un tiempo y le dijo a su amigo Slim que no había nada que hacer", me dice este hombre de agenda y secretos infinitos.

Slim apoyó al populista de izquierdas López Obrador, dicen, entre otras cosas, porque en el mercado cerrado de las telecomunicaciones y la falta de competencia se jugaba varios miles de millones de dólares. Peña Nieto se atrevió a acabar con ese monopolio y creó una reforma que ha abierto la competencia a México y obliga a América Móvil a compartir sus redes con la española Telefónica y la estadounidense AT&T. "Él me dijo que su gran enemigo es Telefónica de España", me explicó el escritor Diego Osorno en un artículo que hice en verano sobre el fuerte recorte de beneficios de Slim. Osorno es el autor de la única biografía del magnate para la que pasó varias jornadas charlando con el opaco hombre de negocios charro.

En ese reportaje había un dato que me llamó la atención: la OCDE cifraba en 25.000 millones de dólares anuales el coste del monopolio que Slim impuso a los mexicanos. Algunos recordaban que durante demasiados años la telefonía mexicana, llena de corruptelas y abusos por los propios instaladores, era la más cara de la OCDE. "En los anuncios de alquiler de las casas en México se incluía como un gran valor que tuviera ya teléfono. Lo otro era saber que eran meses de disgustos hasta conseguir que te lo instalaran", me contaba en una comida un buen amigo mexicano.

El triunfo del presidente por el que no apostó Slim le ha costado al magnate muchos millones. Y sin embargo salió a mostrar su apoyo a Peña Nieto cuando más lo necesita el país.

Eso cambió con el actual gobierno. El triunfo del presidente por el que no apostó Slim le ha costado al magnate muchos millones. Las acciones de América Móvil cayeron un 39% en Wall Street el pasado año y las ganancias se redujeron un 44% en el primer semestre de 2016, explicaba un artículo del New York Times, el rotativo del que Slim es el principal accionista.

Y todo eso estaba en ese contexto de llamada a la unidad patria, cátedra de negociación y finalmente aviso a navegantes que protagonizó el mexicano. Porque en medio de ese cierto espaldarazo al hombre que quizá más dinero le ha costado, Peña Nieto, hubo un recado: "La inversión extranjera está muy bien, pero es sólo el 15%. Hay que cuidar la inversión nacional".

Luego, ya algo más rotundo, Slim señaló directamente con el dedo, en el generoso turno de ruegos y preguntas (no evitó ninguna): "Es el único país donde competimos con el mayor jugador del mundo y el más grande de Iberoamérica, AT&T y Telefónica, y los tenemos que subsidiar con más de 300 millones de pesos al mes. Para mí es una irracionalidad".

Habló de otros temas económicos, pero en su alargado desencuentro con el actual ejecutivo mexicano la apertura de las telecomunicaciones ha sido el factor clave. Y sin embargo Slim salió a mostrar apoyo a Peña cuando más lo necesita el país y a desmontar con una simpleza casi abrumadora al agresivo negociador Trump. ¿Lo hizo gratis? Pensemos para responder en la legítima lógica empresarial o en el nacionalismo rentable al que recurrir con facilidad en estos nuevos tiempos de muros y aranceles.