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Un poco de historia sobre el "out is out"

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Foto: EFE

"Si yo supiera algo que me resultara útil y fuera perjudicial para mi familia, lo rechazaría de mi mente. Si supiera algo que resultara útil para mi familia y que no lo fuera para mi patria, intentaría olvidarlo. Si supiera algo que resultara útil para mi patria y que fuera perjudicial para Europa y para el género humano, lo consideraría un crimen", decía Montesquieu en sus Pensées diverses. A tenor de lo visto en Europa desde la crisis de 2008 y con el resultado del Brexit, si hoy viviera el abate Saint-Pierre, otro de los padres de la idea de Europa, diría que "aún estamos a doscientos años" de lograr la unidad del continente.

La vispera del referéndum británico del Brexit que dio la victoria a los partidarios de dejar la Unión Europea por el 51,9% de los votos, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, manifestó que, de producirse tal resultado, no habría "renegociación posible", ya que "fuera es fuera" ("out is out"). Una frase que sorprendió y fue criticada. La razón de esta expresión se debe a la tradicional y controvertida postura de Gran Bretaña, con respecto a la Unión Europea y sus antecesoras, de estar digamos que a medias tanto desde que entró como antes de ello.

Hagamos un pequeño repaso histórico a la andadura británica europea después de la Segunda Guerra Mundial. Uno de los más firmes artífices de la creación de lo que es hoy la Unión Europea fue un británico, el primer ministro Winston Churchill, el tan admirado político por parte del hoy euroescéptico Boris Johnson, uno de los príncipales vencedores de este referéndum, quien publicó el año pasado El factor Churchill, una biografía de aquél. Pues bien, fue Winston Churchill, retomando la idea de Victor Hugo de 1849, quien en la devastada Europa de la posguerra mundial lanzó en Zúrich, en 1946, el proyecto de crear lo que él llamó "una especie de Estados Unidos de Europa" para poner fin a las guerras que habían sembrado de muerte al continente en los últimos siglos.

Dos años después, tiene lugar el Congreso de La Haya, que reunió a 775 delegados de veinticuatro países europeos. Fue también Churchill quien dio el discurso inaugural junto a la reina de Holanda. De este congreso nace el Movimiento Europeo, que dará pie al Consejo de Europa, en 1949, y, en 1951, a la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA), embrión de nuestra actual Unión Europea. Pero al negociarse la constitución del Consejo de Europa ya empezaron las trabas británicas. ¿Cuál era el motivo de discordia? Lo mismo que hoy en día: la cesión de soberanía. Ya entonces, Gran Bretaña había impedido en 1947 que saliera adelante un proyecto de unión aduanera europeo al amparo de la Organización Europea para la Cooperación Económica (OECE), creada para administrar la ayuda estadounidense a Europa, el Plan Marshall. Y cuando se constituyó la CECA, pasó otro tanto, en este caso, además de la soberanía, Londres se negaba a que un ente supranacional foráneo dirigiera su economía y su producción de carbón y acero: lo mismo que los actuales partidarios del Brexit.

En la Unión Europea es evidente que hay que acometer cambios que la hagan más democrática y solidaria.

Churchill mantuvo una actitud muy destacada en todo este proceso, incluso dirigía su United Europe Movement con este fin. A lo largo de los años cincuenta, siguió con sus discursos europeístas; él es también quien lanza en 1950 la idea de crear un "ejército europeo" para defender el continente de la amenaza soviética, en el que tuviera cabida incluso la Alemania derrotada, cuando Estados Unidos retiró tropas para enviarlas a la guerra de Corea. Sin embargo, cuando se pone en marcha la Comunidad Europea de Defensa y la Comunidad Política Europea que le dé entidad, Gran Bretaña se mantiene al margen. Lo mismo que cuando se firma en Roma en 1957 el Tratado fundacional de la Comunidad Económica Europea. Se dice que porque Churchill ya no gobernaba, también se dice que si lo hubiera hecho, tampoco se habría adherido.

Sin embargo, pese a no estar de origen, desde Londres se siguieron activamente todos los pasos evolutivos de aquel naciente Mercado Común. A finales de los años cincuenta, una serie de razones van haciendo cambiar su postura. Por un lado, la operación militar franco-británica para tomar el canal de Suez en 1956 hace ver a Londres y París que ya no son las poderosas potencias coloniales de antaño; ambas están perdiendo todas sus colonias y, aunque mantiene la Commonwealth, la obtención de materias primas ya no es tan sencillo; Gran Bretaña ya no es el socio único de Estados Unidos, que va ampliando sus lazos político-militares con otros países europeos a través de la OTAN; y el proyecto británico fallido de crear su propio "mercado común", la EFTA, como rival de la Comunidad Económica Europea, llevan al premier Harold MacMillan a solicitar su ingreso en la misma en 1961. Pero poniendo condiciones, entre otras preservar sus relaciones privilegiadas con la Commonwealth, lo que distorsionaría el mercado interno. La respuesta de la Francia del intempestivo general De Gaulle, que intentaba que la CEE fuera su feudo y además veía con recelo las relaciones político-militares Londres-Washjington, fue expeditiva: en 1963, sin consultar con los otros países socios, vetó ante los medios de comunicación la entrada de Gran Bretaña. En 1967, volverá a hacerlo tras la solicitud de ingreso del premier laborista Harold Wilson.

Finalmente, Gran Bretaña lo logró en 1973, sin De Gaulle en el poder y con una Francia que empieza a temer el liderazgo creciente de Alemania y que necesita a Londres de contrapeso. En Gran Bretaña fue aprobada la entrada por la Cámara de los Comunes, pero con una gran oposición popular canalizada a través de los sindicatos y de la prensa amarilla. Con la entrada de Gran Bretaña el 1 de enero de 1973 empezaron a cambiar algunas cosas en la Europa comunitaria. La llegada a Bruselas de sus funcionarios marcó de alguna manera el comienzo del uso del inglés como lengua cotidiana en las instituciones europeas. Pero al mismo tiempo empezaba un periodo en el que cualquier negociación en el seno de la CEE o cualquier medida adoptada por sus instituciones iba a contar siempre con el pero británico. Especialmente, cualquier medida que conllevara cierto desembolso que no revirtiera en su país -como los presupuestos asignados a la Política Agraria Común-, que afectara a sus intereses -por ejemplo, se retiró del proyecto de una política energética común cuando empezó a brotar petróleo en el mar del Norte- o que conllevase cesión de soberanía y se alejase de su idea de que la CEE fuera sólo una zona de libre mercado. Cualquier propuesta planteada por los países continentales hacia una mayor integración política y económica iba a contar con la inmediata respuesta negativa, no sólo de su Gobierno sino también de los medios de comunicación, serios y amarillos, y del conjunto de la sociedad británica. Bruselas pasará a ser estigmatizada en las islas como un foro de burócratas -"eurócratas"- que además de gastar imponen normas a los británicos.

Falta un cambio de mentalidad que podría empezar el día en que los políticos prefieran ser miembros de la Comisión o del Parlamento Europeo antes que gobernantes de sus propios países.

Al año siguiente de entrar Gran Bretaña en la CEE, ganó las elecciones el laborista Harold Wilson. Lo primero que hizo fue pedir una renegociación del tratado de adhesión por discrepar sobre la política agrícola, los recursos y el alejamiento europeo de Estados Unidos. Tras lograr nuevas ventajas, en 1975 sometió la adhesión a referéndum. El resultado fue favorable con un 67 por 100, pero con notables oposiciones en Gales y Escocia. Dos años después, un británico pasó a presidir la Comisión Europea, Roy Jenkins, quien fue el que puso en marcha el Sistema Monetario Europeo, pero ello no impidió que el euroescepticismo siguiera campeando en la sociedad británica.

Desde 1979 a 1990 gobernó en Gran Bretaña Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, quien imprimió su carácter para, al igual que sus antecesores, dejar claro que para su país Europa sólo era un gran mercado sin más organismo que los que pudieran regularlo y correspondiendo las decisiones a los Estados y nunca a instituciones supranacionales como la Comisión a modo de Gobierno de Europa o el Parlamento europeo. Para que no quedara duda de su actitud, lo primero que hizo Thatcher fue plantear una nueva renegociación del tratado de adhesión. Lo cual consiguió logrando una serie de ventajas en materia agrícola, pesquera y financiera. Con su famoso "give me my money back", logró el llamado "talón Thatcher": dado que no revertía en Gran Bretaña la misma cantidad de los presupuestos generales que en otros países en materia de la política agrícola, fondos de cohesión..., se aprobó devolverle a Londres en metálico cada año gran parte del dinero que aportaba a las arcas comunitarias. Los enfrentamientos y fuegos cruzados entre la Dama de Hierro y el entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, por el Acta Única y el Mercado Único Europeo, la Carta Social Europea, el Banco Central Europeo, la Europa sin fronteras de Schengen, las directivas de la Comisión, los "eurócratas" de Bruselas... hicieron muy entretenida la labor periodística en aquella época.

Con la caída del Muro de Berlín y la ampliación a los países del Este, había que hacer un nuevo tratado, el Tratado de la Unión Europea que se firmó en Maastricht en 1991. Su elaboración fue toda una tortura por los intereses encontrados de distintos países, incluida, por supuesto, la Gran Bretaña gobernada por John Major. Mucho más moderado y más europeísta que Margaret Thatcher, pero no por ello más avanzado en las ideas de integración europea, Major hizo que se retirara del tratado la fórmula "vocación federal" de Europa por lo que, según él, el federalismo conlleva de cesión de soberanía. John Major logró una cláusula de exclusión, "opting out", de la política social, además de asumir de cara a su electorado el firme compromiso de no entrar en la moneda única, el futuro euro, teniendo en cuenta que ya contaba con el rechazo de una tercera parte de sus diputados conservadores, que se negaban a que desapareciera la libra esterlina, por razones económicas, pero también identitarias.

En la Europa en crisis de los primeros años noventa, las medidas de estimulación económica como el Libro Blanco de Delors o la ampliación de la dotación económica de los Fondos Estructurales, encontraron, por "keynesianas", la oposición británica de la mano de su ministro Kenneth Clarke. Son años en los que se habla de avanzar hacia una mayor integración política europea, aumentar las competencias del Parlamento Europeo..., siempre con las reticencias británicas que sólo entiende Europa como un amplio mercado común con libre circulación de mercancías, pero no de personas, factor clave en el actual proceso del Brexit.

Ante la actitud de Gran Bretaña se habla, y se discute encendidamente, de hacer una Europa de "distintas velocidades", o de "geometría variable", o "a la carta" en función del grado de integración que cada país elija y de los "opting-out" que tengan en algunas materias algunos países como el Reino Unido. Se pasan, y discuten, los sucesivos tratados de Ámsterdam, Niza y Lisboa. Y vino la crisis de 2008, que puso a la Unión Europea y a sus países miembros patas arriba. El tándem formado por la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy, el llamado "Merkozy", imponen unas duras medidas de austeridad que dividen a la Unión Europea y desangra a sus clases más populares. De paso, provocan una primera gran crisis con Londres al retirarse el premier británico, David Cameron, del Consejo de diciembre de 2011 tras un encendido debate con Sarkozy al no comtemplarse los intereses de la City londinense, una de las principales fuentes de ingresos británica.

No habrá más Europa mientras los/las Merkel, los Cameron, los Farage... de la UE no consideren tan compatriota suyo a un obrero de Hamburgo que a uno de Atenas.

Y llegamos a nuestros días. Antes del Brexit, Cameron, como en su día algunos de sus antecesores, como Margaret Thatcher, inició un digamos que proceso de renegociación de las razones británicas en la UE que se refería a la gobernanza económica, la competitividad, la soberanía y los beneficios sociales y la libre circulación. En el caso de no satisfacerse, amenazó con replantearse su postura sobre la salida o no de la UE. Cameron logró que quedase diferenciada la pertenencia a la UE de la de la zona euro que pudiera permanecer al margen de una mayor integración europea y, además, que le permitieran discrimina en las ayudas sociales a los ciudadanos comunitarios residentes en Reino Unido durante al menos sus cuatro primeros años de residencia en suelo británico. Al lograr sus objetivos en febrero, mantuvo la convocatoria del referéndum haciendo campaña por la permanencia, pero le salió mal la jugada.

Visto todo lo que ha girado en torno al Brexit y lo que ha pasado en los últimos años en la Unión Europea es evidente que hay que acometer cambios que la hagan más democrática y solidaria, que no condenen a la miseria a países enteros como Grecia, que combatan la falta de "conciencia" europea que lamentaba Salvador de Madariaga, que sienten las bases para acercarnos tibiamente a aquella máxima de Montesquieu que citábamos inicialmente. Falta un cambio de mentalidad que podría empezar el día en que los políticos prefieran ser miembros de la Comisión o del Parlamento Europeo antes que gobernantes de sus propios países. Y seguir cuando cambie la fría indiferencia y la ortodoxa austeridad de Gobiernos e instituciones europeas, más preocupados de que aumente una décima la inflación o los resultados de las siguientes elecciones que del desempleo, el sufrimiento y la angustia de ciudadanos de Grecia, Irlanda, Portugal, España... No habrá más Europa mientras los/las Merkel, los Cameron, los Farage... de la UE no consideren tan compatriota suyo a un obrero de Hamburgo que a uno de Atenas; tampoco mientras un finés de Helsinki no se sienta tan solidario de un connacional de Rovaniemi que de un portugués del Alentejo. Mientras perdure la insolidaridad que a veces se esconde en la reaparición de los nacionalismos en Hungría, Eslovaquia y Grecia, o etnonacionalismos como el padano que siente sufrir el expolio fiscal de "Roma ladrona" porque malgasta sus impuestos en los terroni de Puglia o Nápoles.

Dicho esto, y como hemos visto a lo largo de este texto, con el "out is out" de Juncker, el propósito de Bruselas es que Gran Bretaña no inicie un proceso de negociación sin límite en el que pueda seguir construyendo una relación con la Unión Europea a su medida como hasta ahora en que se ha mantenido fuera del euro y tiene cláusulas de excepcionalidad, "opting-out", que les permite no participar en la política de Justicia e Interior o mantenerse al margen del esquema de reparto de refugiados. No obstante, hasta ahora, la UE ha encontrado una salida a un resultado negativo en un referéndum. En 1992, Dinamarca rechazó en referéndum el Tratado de Maastricht que, tras una renegociación en la que quedaba fuera de la integración monetaria y defensiva, se aprobó por la misma vía. El rechazo en 2005 a la "Constitución" europea en Francia y Holanda se solucionó con el Tratado de Lisboa que, en la mayoría de los países, se ratificó vía parlamentaria y no por referéndum. Tres años después, Irlanda rechazó en referéndum el Tratado de Lisboa, pero de nuevo, tras cierta renegociación, la consulta volvió a repetirse con resultado positivo.

Ante los dos años de negociaciones que ahora se abren, uno piensa -es más un deseo que una hipótesis- que el ambicioso Boris Johnson, si logra encabezar al partido conservador y al Gobierno, ante el panorama que se le presenta, quizá vuelva a leer a su admirado biografiado Winston Churchill, y convoque un nuevo referéndum en Gran Bretaña. Los jóvenes han votado de forma mayoritaria la permanencia frente a los mayores. Quizá tengan un poco más de "conciencia" europea que sus mayores. Según pase el tiempo, ellos serán mayoritarios.