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Desigualdad de género; ¿a qué estamos esperando?

08/03/2013 08:32 CET | Actualizado 07/05/2013 11:12 CEST

El último número de la revista Nature está dedicado al estancamiento o incluso retroceso de la situación de la mujer en la ciencia. Las mujeres científicas tienen una clara desventaja para escalar a los puestos de máxima responsabilidad en la carrera investigadora, mientras que los colegas varones tienen más probabilidades de llegar cuanto más altos son los cargos. Además, aquellas mujeres que consiguen llegar a un puesto directivo, tienen salarios más bajos que los de sus colegas hombres.

Las mujeres son invitadas con menor frecuencia a formar parte de consejos asesores de instituciones académicas o de compañías privadas, y todavía es un hecho muy excepcional que haya un igual número de ponentes hombres que mujeres en un congreso científico. Es más, en los casos excepcionales donde hay un balance de género, es frecuente que esto sea motivo de comentarios jocosos.

Las mujeres que estamos en puestos con capacidad de decisión sobre promociones o composición de consejos asesores sabemos que tenemos que cuidarnos de decir abiertamente que la paridad o el apoyo a la carrera de las mujeres es un criterio a la hora de tomar decisiones. Es mejor no mostrar orgullo ni jactarse de ello, créanme. Comentarios del tipo: "Claro, es que yo no llevo faldas" en boca de colegas varones que han perdido una promoción a favor de una mujer no son raros.

¿Y por qué toleramos esta actitud sexista recalcitrante si es un imperativo de muchas de las instituciones que nos financian el tener políticas de igualdad de género? De hecho, el Programa Horizonte 2020 de la Comisión Europea tiene como objetivo llegar a un 40% de representación de mujeres en los comités de selección. Estas actitudes sexistas no deberían tener cabida en ninguna institución pública ni privada, ya que denotan la falta de respeto por las políticas de igualdad. Y además son una manera de menoscabar a las mujeres, porque asumen su inferioridad frente a los hombres.

No obstante, la cosa no acaba ahí. Los comentarios sexistas y el machismo encubierto, a veces incluso desinhibido, como el ejemplo que he mencionado antes, forman parte del día a día de la mujer científica y, en general, de las mujeres profesionales. De hecho, este parece ser el gran problema de fondo que ha hecho que los avances en la igualdad de género estén parados. Persiste un machismo que opera de manera subconsciente y del que no están libres a menudo las propias mujeres.

Una buena medicina para este machismo inconsciente que nos puede afectar a todos son las políticas de paridad y las cuotas, que han dado excelentes resultados cuando se han aplicado. Un ejemplo es la paridad implementada en los comités de evaluación del CSIC, que ha mejorado notablemente el número de mujeres en los niveles más altos del CSIC. El problema es que estas medidas no siempre se aplican, y España ofrece un claro ejemplo de este retroceso.

A finales del año pasado, el Fondo Económico Mundial publicó un informe en el que España había caído 14 posiciones en el ranking mundial de políticas de igualdad de género. Esto era debido fundamentalmente a la disminución dramática de mujeres en los altos cargos de la Administración. Y es que la paridad y las cuotas tienen muchos detractores. El argumento de estos es que este tipo de medidas van a acabar haciendo que se termine promocionando a mujeres mediocres y, por lo tanto, aumentará la mediocridad en los puestos más altos. Sin embargo dado que tanto hombres como mujeres están igualmente capacitados para todos estos cargos, el argumento no se sostiene. De hecho, la situación actual, con muchos más hombres que mujeres en los puestos más altos, indica que es mucho más probable que haya un hombre mediocre que una mujer mediocre en estos puestos. Otros argumentos que cuestionan las cuotas y la paridad se basan en el hecho de que las medidas de paridad van a imponer una carga de trabajo extra en las mujeres, que ya de por sí tienen muchas más obligaciones que los hombres (entre ellas, obligaciones familiares), sin embargo, yo diría que, de nuevo, se asume que hay menos mujeres capacitadas que hombres.

Sin duda, otra medicina contra la desigualdad de género es facilitar el networking entre mujeres, algo que numerosas asociaciones de mujeres profesionales tratan de fomentar, también en nuestro país.

El último número de Nature también menciona la exposición de las mujeres líderes para otros agentes de la sociedad. Angela Merkel está convencida de que Alemania, y no solo Alemania, sino Europa en general, no puede permitirse el lujo de perder la mitad de su talento creativo por discriminar a las mujeres. Merkel ha liderado personalmente, con la ayuda de la Fundacion Robert Bosch de Stuttgart, la plataforma online AcademiaNet, en la que mujeres líderes en el mundo de la ciencia y la academia tienen sus contactos disponibles para periodistas, compañías o head hunters que busquen mujeres con su elevado perfil.

Otras mujeres con una brillante carrera científica han generado fundaciones para ayudar a las mujeres investigadoras, entre ellas, la Fundación Rita Levi-Montalcini, que apoya a mujeres de África que quieren ser científicas; o la Fundación de Christiane Nusslein Volhard, que apoya a mujeres científicas con hijos.

En el CNIO, el centro que dirijo, hemos creado la oficina WISE CNIO (Women In SciencE at CNIO), que cuenta con el trabajo voluntario de científicas del centro para promover la carrera investigadora de las mujeres que trabajan aquí.

Me gustaría terminar recomendando la lectura del Manifiesto Por la Igualdad en la Cultura, del 1 de marzo de 2013, que han elaborado varias asociaciones de mujeres profesionales del mundo de la ciencia y la cultura: AMIT (Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas); CIMA (Mujeres Cineastas y de los Medios Audiovisuales); Clásicas y Modernas: Asociación por la Igualdad de Genero en la Cultura; y MAV (Mujeres en las Artes Visuales).