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Sin escrúpulos

02/02/2017 07:16 CET | Actualizado 02/02/2017 07:17 CET

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Foto: EFE

Donald Trump defiende la tortura contra los terroristas. Lo argumenta diciendo que es eficaz. Es como si nosotros restableciéramos la guillotina como una medida contra el latrocinio de los políticos y las grandes fortunas. Tendríamos sesión de guillotina cada día y quizás deberíamos disponer de alguien que la afilara de vez en cuando, no fuera que perdiese efectividad por culpa de un exceso de uso. Y, de este modo, el personal se lo pensaría dos veces antes de defraudar y robar a los ciudadanos. Es evidente que un signo fundamental de civilización es haber conseguido unos derechos humanos universales. Unos derechos para todos. Dicho esto, un "no" rotundo a la tortura. Además... ¿dónde está el límite? ¿Quién es y quién no es susceptible de su aplicación? ¿Se estipulará sólo para los terroristas detenidos? Esto no funciona así.

El señor Trump es un energúmeno, un empresario de los que antes denominábamos "sin ningún tipo de escrúpulos". Todo vale: desde despóticas humillaciones sexistas, muros infranqueables y torturas hasta la negación del cambio climático antropogénico porque aceptarlo va contra sus intereses. Tras su fachada populista dispone de todo un arsenal de miedos que difunde con intenciones políticas y electoralistas. ¿Qué clase de políticos son traficantes de miedo? ¿Quiénes son los que creen en el castigo ejemplar, drástico? Trump hace un doble juego: proclama su decisión de poner en práctica la tortura, y así introduce escenarios de inseguridad en el pensamiento colectivo y, al mismo tiempo, orgullo de grupo, protección, tranquilidad a cambio de sumisión y obediencia.

Para maximizar el impacto psicológico de sus ataques y perpetrarlo allí donde el enemigo es más débil, los terroristas apuntan a civiles. Estos ataques producen sentimientos de inseguridad, incertidumbre, miedo y ansiedad intensos...; un cuadro de síntomas que incluso se manifiesta en una gran mayoría de personas que no están directamente afectadas y viven lejos del lugar del atentado. Todo este escenario psicológico hace que las personas cierren las barreras del grupo al que se sienten pertenecientes. Vemos que después de los ataques del once de septiembre, los índices de aprobación del presidente George W. Bush subieron al 86%, cuando el 10 de septiembre eran del 51%. El aumento del apoyo al liderazgo del Gobierno después de las amenazas a la seguridad nacional es un fenómeno bien conocido que se llama "efecto de reunión". Experimentos de laboratorio han demostrado que cuando a los participantes en la investigación les hacían pensar en el once de septiembre, aumentaban su apoyo al presidente Bush y a sus políticas antiterroristas.

Trump, haciendo honor a lo que es, un neofascista, no ha tardado ni un soplo en proclamar que quiere multiplicar el número de militares en el ejército y los barcos de guerra.

Parece, pues, que no sólo los ataques terroristas sino que también pensar en estos ataques hace incrementar el apoyo al liderazgo vigente en lugar de socavarlo. Trump sabe estas cosas y cómo utilizarlas. Anunciar a bombo y platillo en los medios de comunicación la aplicación de la tortura a los terroristas forma parte de este conjunto de estrategias. Propagar a voz alzada la instauración de la tortura, despierta y refuerza en el imaginario norteamericano la amenaza terrorista.

No digo que no exista amenaza, al contrario, vivimos en un mundo desestabilizado y con el temor de ataques terroristas, pero Trump la esparce para intensificar el apoyo a su causa y captar nuevos patriotas con el orgullo malherido, allí donde existan. Le interesa que el miedo de la amenaza se convierta en un estado anímico vivo y perenne. Por ejemplo, los resultados de un estudio han mostrado que una fuerte identificación como estadounidenses combinaba con sentimientos de amenaza frente al terrorismo y esta combinación predecía los prejuicios, los estereotipos y la discriminación contra los árabes. La atmósfera psicológica descrita propicia el deseo general de contraatacar con ataques de represalia, un deseo que todavía es mucho más intenso en las personas que se esfuerzan por establecer relaciones hegemónicas entre los grupos sociales y, por supuesto, también entre los partidarios del autoritarismo de derechas.

La respuesta militar y la ausencia de preocupación por las posibles consecuencias negativas son rasgos característicos de estas personas, cuya personalidad está muy marcada por el anhelo de alcanzar y preservar cotas elevadas de dominancia social. Son las clásicas instigadoras de implementar la violencia contra Oriente Medio. Así, James Mattis, apodado «perro loco», ha sido investido por Trump como secretario de Defensa. Fue uno de los primeros en poner los pies en Afganistán después del once de septiembre y también participó en la invasión de Irak durante la primavera de 2003. La cuestión es que Trump, haciendo honor a lo que es, un neofascista, no ha tardado ni un soplo en proclamar que quiere multiplicar el número de militares en el ejército y los barcos de guerra.

Es evidente que está motivado por la ley de la selva, donde el más fuerte y poderoso es el que triunfa. Sabe lo que se hace: los sentimientos de peligro y la intimidación que siembra es el caldo de cultivo que le permite legitimar y justificar su acción política de cierre y endurecimiento y, así, preservar y aumentar su poder, que me permito calificar de fundamentalmente malsano. Preocupa de lo más que tanta gente le haya votado. Hay que seguir haciendo análisis en profundidad ya que el neofascismo se está extendiendo por todo el mundo.