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Para las mujeres afganas, tener la regla es una desgracia

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Una historia de Sahar Fetrat

Zahra estaba en tercero cuando le vino la regla por primera vez. En aquel momento, ella y su familia estaban en Irán, después de haber huido de la guerra civil en su tierra, Afganistán. Como otros refugiados afganos, Zahra y su familia sufrieron discriminación y prejuicios, y se les acusó de haber llevado enfermedades a Irán. Cuando Zahra vio la sangre en su ropa interior, estaba convencida de que estaba enferma. ¿Sería cáncer? En el barrio de Zahra, los iraníes asociaban el cáncer a los afganos. ¿Tendría que dejar de ir a la escuela? O peor: ¿se estaba muriendo?

Entre las familias afganas, la menstruación es un secreto vergonzoso. Casi nunca se habla de ello, ni siquiera entre madres e hijas, y las chicas a menudo no entienden qué les está pasando. La masculinidad, por su parte, sí se celebra: la circuncisión masculina es motivo de fiesta familiar. "No tuve una buena experiencia y siempre lo recordaré", dice Zahra, ahora de 30 años. Como otras mujeres entrevistadas para esta historia, no quiere que aparezca su apellido. "Pero quiero que todas las adolescentes celebren esta transición y la disfruten", afirma.

"Empecé a odiar mi cuerpo, el colegio y mi adolescencia, porque no sabía cómo esconder la sangre. Limpiaba la sangre que empapaba mis pantalones negros. Después, los lavaba y me los ponía mojados".

Fatima tenía 12 años cuando tuvo su período por primera vez. El miedo, la vergüenza y la culpa siguen presentes y a ella le cuesta describir su experiencia. Las mujeres mayores de la familia de Fatima le advirtieron que nunca hablara del tema. Lo único que debía saber era que la menstruación era algo sucio y que cualquier cosa relacionada con su vagina era tabú. "Nunca había oído ni visto cómo actúa la gente frente a esto", comenta. "Empecé a odiar mi cuerpo, el colegio y mi adolescencia, porque no sabía cómo esconder la sangre. Limpiaba la sangre que empapaba mis pantalones negros. Después, los lavaba y me los ponía mojados".

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Una joven universitaria va a por compresas a una tienda de Kabul. Foto: Sahar Fetrat


La entrada de las mujeres afganas a la edad adulta no está reconocida, en parte porque la sexualidad femenina sigue siendo zona vedada. Las chicas tienen miedo de los cambios que suceden en su cuerpo. Desconocen lo que es y se sienten confusas, sin saber cómo actuar. Las expectativas tácitas también les persiguen. Tienen que dejar de ser niñas y empezar a comportarse como adultas. Para las mujeres, esto significa ser sumisa y actuar con humildad, especialmente de cara a los hombres.

La llegada repentina de la menstruación, y la humillación que puede conllevar, hace que muchas chicas afganas odien la transición de niña a mujer. Tiene un impacto significativo en su vida, sobre todo en su capacidad para concentrarse en el colegio. La mayoría de las chicas no recibe dinero ni apoyo de sus madres para comprar productos de higiene adecuados. A veces se pueden encontrar compresas en los supermercados de las principales ciudades afganas, pero están escondidas en una sección que no muchos pueden ver.

La falta de concienciación en torno al trato de la higiene menstrual tiene consecuencias devastadoras para las chicas y las mujeres afganas. Según un estudio conjunto entre el Ministerio de Educación y UNICEF llevado a cabo en Kabul y en la provincia de Parwan, el 29% de las chicas falta a clase por la menstruación, más del 70% no se ducha durante el período y la mitad no sabía qué era antes de tener su primera regla. La ignorancia lleva a las mujeres a usar trapos sucios que pueden provocar infecciones, y a muchas les da vergüenza pedir medicamentos mientras sufren dolor menstrual. "Las chicas son incapaces de llevar su menstruación con seguridad, dignidad y privacidad", revela el informe.

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En Afganistán, el 29% de las chicas falta a clase por su menstruación. Foto: Sahar Fetrat


Hasta que no pasaron unos meses, la madre de Fatima no le contó que las chicas usan una tela para la sangre y la lavan por la noche. "Mi madre me dio dos trozos de tela, pero yo sangraba mucho y no eran suficientes", explica. "Siempre estaba estresada, lo odiaba". Tuvieron que pasar más meses antes de que las amigas de Fatima le hablaran del maravilloso mundo de las compresas.
"Debería verse con el mismo orgullo y celebración que la circuncisión".

Aunque pueda parecer que una mejor higiene menstrual es una parte menor de la extensa lucha por los derechos de las mujeres afganas, las chicas sienten que resulta clave en su batalla por la igualdad. "Debería verse con el mismo orgullo y celebración que la circuncisión", opina.

Incluso en escuelas no mixtas, el currículum nacional no ofrece educación sexual, y mucho menos sobre una higiene menstrual saludable. "Es demasiado pronto para que los afganos entiendan estas cuestiones", asegura Mujib Mehradad, portavoz del Ministerio de Educación, que adelanta que no hay planes de futuro de introducir elementos "tabú".

La falta de conocimiento y el estigma generalizado que rodean a la menstruación no ocurren sólo en Afganistán. En Pakistán ya existen varias campañas de sensibilización, y hace poco los estudiantes universitarios de Lahore empapelaron sus paredes con compresas a modo de protesta. En India, un par de activistas crearon un popular cómic titulado Menstrupedia, con el que tratan de educar a las niñas sobre su higiene durante la regla.

El año pasado, una londinense de 26 años copó titulares de medio mundo por correr una maratón sangrando. Kiran Gandhi corrió mientras menstruaba y sin protección para concienciar sobre las mujeres que no tienen acceso a tampones o compresas. Enseguida la atacaron en las redes y la llamaron "asquerosa".

Maryam, estudiante de literatura de Bamiyan, en el norte de Afganistán, cree que su país necesita hacer más para educar a sus mujeres y niñas sobre su cuerpo. Recuerda el momento de la menstruación como una de las experiencias más oscuras de su vida. Muy delgada y demasiado alta para su edad, Maryam sólo tenía 10 años cuando le vino la regla por primera vez. Cuando se lo contó a su madre, le pegó. "Mi madre tuvo la menstruación a los 13 años. No me creía y pensaba que había mantenido relaciones sexuales o que me habían violado. Creyó que había llevado la vergüenza a la familia. Desde entonces, con cada período, me siento culpable", reconoce Maryam, de 27 años.

"Es imprescindible que las jóvenes de Afganistán puedan concentrarse en la escuela sin correr el riesgo de la humillación que supone mancharse delante de sus compañeros, amigos y familia", afirma.

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Sahar Speaks es un proyecto que dota a mujeres periodistas de la formación, las redes y las oportunidades de publicación necesarias para dar voz a las mujeres de Afganistán. 'The Huffington Post' presenta a las protagonistas y publica sus historias en formato multimedia.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano