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17/12/2017 09:58 CET | Actualizado 17/12/2017 09:59 CET

Cuando tus ídolos se convierten en monstruos

Cómo amar a Hollywood cuando está plagada de cerdos.

Gabriela Landazuri Saltos/HuffPost, Getty Images

Antes de que escuchemos por primera vez el concepto "cultura popular", nuestras ideas sobre el mundo ya están moldeadas por las pantallas. Hemos visto a E.T. elevarse hacia la luna con su nuevo amigo Elliott, a la Cruel Bruja del Oeste ser derrotada por una turista de buen corazón, a un dibujo de león canturrear sobre su deseo de dirigir el reino, a un adolescente del oeste de Filadelfia mudarse al pijo barrio de Bel Air. Todos guardamos esas imágenes —seguramente como resultado del trabajo de magos extraordinariamente talentosos—, las llevamos desde nuestra adolescencia a nuestra adultez y en algún momento nos damos cuenta de cómo actores, escritores, directores, productores, cámaras, diseñadores, decoradores, maquilladores, cocineros y decenas de cientos de manos adicionales han contribuido a su creación.

Y es ahora cuando nos vemos obligados a reconocer el hecho de que muchas —muchas, muchas— de esas manos estaban sucias.

La marabunta de acusaciones contra acosadores sexuales este año será recordada como hito cultural, como el momento en el que un siglo de violaciones y abusos pasaron de la superficie del cotilleo a la esfera de un debate internacional. Es, posiblemente, el testamento de una tribu de hombres que han intimidado a sus subordinadas y amenazado a principiantes que han visto ahí su gran momento, escudados por un poder insuperable, a menudo al mismo tiempo que hacían arte y entretenimiento, o incluso ilustraban nuestra visión del mundo.

La cultura popular es más que una frivolidad; es un modo de vida. ¿Y qué hay que hacer cuando el ecosistema que apoya a esto está plagado de cerdos?

Ninguno de los que hemos visto Hollywood desde la barrera ha sufrido como las mujeres y los hombres que han visto su dignidad ensuciada por Harvey Weinstein, Kevin Spacey, Louis C.K. y los otros muchos que llevan a sus espaldas años de brindis en alfombras rojas, sesiones glamurosas de revistas y negocios multimillonarios a su nombre. No obstante, en Estados Unidos, la cultura popular es más que una frivolidad; es un modo de vida. ¿Y qué hay que hacer cuando el ecosistema que apoya a esto está plagado de cerdos?

Me di cuenta de que era un fanático de las películas más o menos a los 8 años. Por aquel entonces solía acumular taquillazos de videoclubs junto a las cintas de mi familia y fingía tener una tienda de vídeos en mi salón. A los 11 o 12 años, me prometí ver toda la lista de las 100 mejores películas del American Film Institute (AFI). Eso me llevó hasta Annie Hall y Hannah y sus hermanas, ambas dirigidas por Woody Allen, quien, según me enteré después, había abusado presuntamente de su hija adoptada de 7 años. AFI también me dio Pulp Fiction, financiada por Weinstein, que hasta ahora ha sido acusado de acosar o agredir a más de 80 mujeres. Fue también en ese momento cuando me enamoré de Kramer vs. Kramer, protagonizada por Dustin Hoffman, que presuntamente acosó a una becaria de 17 años en 1985. Todo ello mientras yo devoraba las reposiciones de La hora de Bill Cosby, años antes de que la supuesta identidad de Bill Cosby como violador en serie fuera de dominio público. La semilla del diablo y Repulsión, obras del violador de niños confeso Roman Polanski, son dos de mis películas favoritas.

El problema no es que unos pocos artistas influyentes sean unos depredadores. El problema es que los cimientos de Hollywood se construyen sobre la dinámica entre esos depredadores y su presa.

Casi todo el mundo tiene una versión de esta misma trama. Quizás fueras superfán de Aquellos maravillosos 70 y ahora tengas que asumir que Danny Masterson ha violado presuntamente a cuatro mujeres. Los discípulos de Star Trek deben convivir con el pensamiento de que su querido George Takei supuestamente metió mano a un modelo. Quizás hayas venerado a Ben Affleck o Jeremy Piven o Casey Affleck o Ed Westwick o Matthew Weiner o Jeffrey Tambor o Terry Richardson o Sylvester Stallone o Steven Seagal o James Toback.

El problema no es sólo que unos pocos artistas contemporáneos influyentes y con talento sean unos depredadores. De hecho, ya lo sabíamos, más o menos. No, el problema es que los propios cimientos de Hollywood se construyen sobre la dinámica entre los depredadores y su presa, entre los capitanes y sus ingenuos aspirantes. El problema es que hemos ignorado las consecuencias de este desequilibrio de poder al considerarlas rumores de antaño, cuando los estudios contrataban a intérpretes, moldeaban su imagen pública y controlaban su vida.

Durante años, las historias de conductas sexuales inapropiadas ―en caravanas, en sets de rodaje, durante veladas, en suites de hotel de ejecutivos— se clasificaban como cotilleos de famosos. La grandilocuencia sensacionalista se vio avivada por el escándalo de violación de 1921 por el que (quizás de forma errónea) se incriminó al cómico de cine mudo Fatty Arbuckle; la Metro Goldwyn Mayer ocultó en 1937 la violación de un bailarín de 20 años; en 1943 el temerario actor Errol Flynn fue procesado por estupro; una cantidad ingente de antiguas diosas de Hollywood que definieron lo que supone ser estrella de cine, como Judy Garland y Marilyn Monroe, vivieron varios episodios de acoso a manos de magnates. Lo dejaron caer en sus memorias y eso mismo se desprende de otros archivos, si se escudriñan bien los detalles de sus sobredosis.

Quizá podemos separar el arte del artista, pero no podemos separar al artista del negocio.

Cuando omitíamos conversaciones sobre estas anormalidades, babosos como Woody Allen y Louis C.K. estaban proyectando su (supuestamente) mala conducta en su trabajo, contando historias sobre violación, agresores sexuales y chicas que tontean con hombres mayores. La atención que se prestó a sus aparentes transgresiones no fue suficiente para evitar que los estudios y las cadenas les firmaran sendos cheques. Quizá podemos separar el arte del artista, pero no podemos separar al artista del negocio.

Estos horrores se han ido produciendo a lo largo de casi todo un siglo, y los agresores en cuestión son a veces los mismos hombres que durante años han dado luz verde a las ideas de otros hombres. ¿Conocéis esas frustrantes estadísticas que aparecen cada año que llaman la atención sobre la poca cantidad de películas dirigidas por mujeres y sobre lo poco que intervienen los actores de color? Son el resultado de una institución pastoreada por tipos casposos que ven a las mujeres (y a algunos hombres) como juguetes. Mientras Oliver Stone estaba presuntamente metiendo mano a una actriz en una fiesta, puede que a una mujer de color le estuvieran diciendo que su historia no era lo suficiente buena como para ser contada.

Teniendo en cuenta todos los casos que están saliendo a la luz de perros ávidos de poder, no es injusto asumir que la mayoría de las grandes películas y programas de televisión incluían al menos a una persona que había usado su posición para intimidar o agredir a colegas, aunque esto no ocurriera en el propio set de rodaje. Como poco, es muy probable que la mayoría de películas y shows incluyan a alguien que era cómplice de esconder bajo la alfombra el comportamiento intolerable de un hombre. Duele mucho al pensar que hemos gastado nuestro tiempo y dinero en esta gente, pensando que simplemente estábamos disfrutando del último contenido de entretenimiento. Indigna mucho que nos hayamos tragado las historias de actrices difíciles y hayamos glorificado a sus guardianes, sin llegar a reconocer la magnitud de estas implicaciones. El habernos mantenido ciegos ante las explotaciones de nuestros héroes ―tan ciegos que la Academia concedió un Oscar a Mejor Director a Polanski casi tres décadas después de que huyera del país por cargos de abuso sexual― será una mancha imborrable en la historia de Hollywood.

Hay un motivo por el que nos encantan las historias de amores no correspondidos: el deterioro de un idilio es una de las mayores punzadas en la vida de alguien. Y eso es lo que está ocurriendo con Hollywood ahora mismo. Una de las industrias que más amamos se ha revelado como un ente que no nos devuelve ese amor, que trabaja activamente por ocultar sus crímenes con la esperanza de reforzar a los pocos elegidos que gozan de mucha influencia.

El habernos mantenido ciegos ante las explotaciones de nuestros héroes será una mancha imborrable en la historia de Hollywood.

Ya basta. Lo que está ocurriendo en la meca del cine ahora no arrancará de raíz toda la perversión sexual del mundo. Pero la exposición de quienes han abusado continuamente de la gente contribuirá a restaurar la credibilidad del medio que nos ha regalado fantasías de viajes en bicicleta por la luna. Con suerte creará una infraestructura en la que tales transacciones de pesadilla entre bambalinas sean la anomalía, no la norma. Y, con suerte, sacará a la luz otras facetas de discriminación que todavía no se han desenterrado como debería.

De aquí al próximo siglo, si todo va bien, la crónica de la degradación generalizada será un recuerdo remoto. Porque por cada hombre desagradable ahí fuera, hay decenas de mujeres y algunos hombres decentes que se involucran en las joyas de la pequeña y la gran pantalla que enriquecen el mundo. Sus contribuciones no se pueden desestimar sólo porque un puñado de villanos las eclipsen. Son ellas por los que merece la pena luchar, y son ellas el motivo por el que deben seguir aflorando estas verdades dolorosas. Pronto, serán sus historias las que definan nuestra cultura popular. Pronto, conocer a los hombres detrás del escenario no nos producirá decepción.

El pequeño obseso por los taquillazos que sigue dentro de mí no va a tirar la toalla con Hollywood.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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