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10/06/2018 10:11 CEST | Actualizado 10/06/2018 10:12 CEST

La investigación de un reportero del 'HuffPost' que hizo que Twitter lo vetara

Las brigadas de troles y extremistas tienen un gran poder para dictar el tono y el contenido de Twitter.

Twitter
Después de que Luke O'Brien expusiera a la persona detrás de la cuenta @AmyMek, recibió docendas de amenazas por Twitter, móvil e email.

La semana pasada, el reportero del HuffPost Estados Unidos Luke O'Brien publicó un artículo en el que descubría a la mujer que hay detrás de la cuenta @AmyMek, un seudónimo muy popular de una cuenta de Twitter seguida por personalidades como Sean Hannity, Roseanne Barr, Sarah Huckabee Sanders y Ryan Zinke y apoyada por el presidente estadounidense Donald Trump y el ex asesor de seguridad nacional, Michael Flynn.

O'Brien delató a la persona que había detrás de esta cuenta con 220.000 seguidores: una mujer residente de Nueva York (EEUU) que también dirigía una página web en la que publicaba nombres, fotografías e información de contacto de personas y grupos que, según ella, colaboraban con terroristas. La historia caló hondo. Cientos de miles de personas leyeron el artículo. Entre otras cosas, tuvo tanta repercusión porque resulta chocante enterarse de que una persona cualquiera (la profesora de tu hijo o alguien que conozcas en un bar) puede llevar una vida paralela difundiendo odio en las redes.

Sin embargo, la reacción al artículo de O'Brien sacó a relucir un aspecto mucho más profundo y perturbador sobre el periodismo en Estados Unidos y el funcionamiento de la política en la era de internet. El periodista recibió docenas de amenazas vía Twitter, teléfono y correo electrónico los días siguientes a la publicación de la historia. Mucha gente publicó las direcciones y los números de teléfono de sus familiares, así como de al menos otros cinco empleados del HuffPost y siete miembros de sus familias. El editor jefe recibió llamadas al móvil de personas que se dirigieron a él con expresiones racistas. Fueron publicados los números de teléfono y fotos de los hijos de personas que también se llamaban Luke O'Brien. Además, varias web de derechas publicaron artículos acusando falsamente a O'Brien de violar la ética del periodismo.

Durante varios meses, el 'HuffPost' ha investigado a los usuarios más influyentes de Twitter y Facebook dedicados a difundir odio para saber quién se esconde detrás de cada cuenta. Y el artículo de O'Brien sobre @AmyMek fue parte de ese proceso.

Hubo gente que incluso se quejó ante empresas matrices del HuffPost con la esperanza de que O'Brien fuera despedido. Pero no lo fue. No obstante, esta historia podría haber acabado de forma completamente distinta, por lo que queremos explicar qué ocurrió antes y después de que el artículo fuera publicado.

O'Brien tenía un buen motivo para estudiar la cuenta de @AmyMek: investigar sobre personas influyentes forma parte de su trabajo. Gracias a las redes sociales como Twitter o Facebook, es más fácil que nunca convertirse en un personaje público y al mismo tiempo mantener el anonimato. La forma más sencilla de conseguirlo es instigando al odio. A través de la Primera Enmienda, los estadounidenses tienen derecho a instigar al odio de forma anónima sin recibir sanciones por parte del gobierno. Sin embargo, la identidad de personajes anónimos influyentes es de interés intrínsecamente periodístico. De modo que, durante varios meses, el HuffPost ha investigado a los usuarios más influyentes de Twitter y Facebook dedicados a difundir odio para saber quién se esconde detrás de cada cuenta. Y el artículo de O'Brien sobre @AmyMek fue parte de ese proceso.

Antes de publicar el artículo, editado por mí, O'Brien intentó en múltiples ocasiones contactar con Amy Mekelburg, la mujer detrás de @AmyMek. Ella tardó varios días en responder. Poco antes de la publicación, Amy derivó a O'Brien a un abogado, pero este le dijo que no la representaba. Después tuiteó un hilo acusando a O'Brien de "acosarla" a ella, así como a "su marido y sus seres queridos".

Eso no era cierto: O'Brien estaba contactando con Mekelburg, su marido y otras personas mencionadas en el artículo para darles la oportunidad de hablar antes de publicarlo. Él estaba haciendo su trabajo como periodista.

Pero los tuits de Mekelburg (enviados antes de que se subiera la historia de O'Brien) desataron un torrente de amenazas en forma de tuits, mails y llamadas telefónicas dirigidas a O'Brien y otros reporteros del HuffPost. A ello se unieron personajes prominentes de la llamada derecha alternativa, de la que O'Brien había hablado en varias ocasiones.

O'Brien no publicó la dirección ni el número de teléfono de Mekelburg, pues las normas del HuffPost no permiten este acto, conocido como doxing. Sin embargo, mucha gente le acusó de haberlo hecho y, acto seguido, procedieron a publicar las direcciones y números de teléfono de sus familiares, así como los de varios periodistas del HuffPost y sus familiares.

En Twitter y 4Chan, un tablón de mensajes online, muchos usuarios sugirieron lanzar ladrillos a los reporteros. "Lanza un ladrillo a un periodista" es una campaña de intimidación de extrema derecha destinada a amenazar a los periodistas; O'Brien recibió al menos una docena de fotos de ladrillos. Andrew Anglin, un neonazi estadounidense del que habló O'Brien en The Atlantic, incluso trató de marcar a O'Brien como aliado nazi (no, no vamos a dar el link a su página), animando a sus seguidores a apoyar al reportero que le había seguido durante meses, pese a que los neonazis habían acosado a O'Brien y a su familia en Twitter.

O'Brien es un periodista profesional que informa sobre extremistas políticos. Y no se esconde: su nombre figura en sus artículos y su número de teléfono está en su biografía de Twitter. Es consciente de que con su trabajo está expuesto a recibir amenazas. Pero lo que ocurrió a continuación muestra qué tipo de quejas se toman en serio plataformas como Twitter y cuáles no.

Cuando un usuario acusó a O'Brien de "perseguir" al marido de Mekelburg (porque el periodista se puso en contacto con la empresa WWE, donde trabaja su marido para pedir hablar con él), O'Brien, que ya había recibido amenazas en anteriores ocasiones, escribió un tuit explicándolo todo:

"Nadie le persiguió en su trabajo, estirado insufrible. Llamé a WWE para darles la oportunidad de responder a información de una fuente que me había asegurado que la empresa WWE sabía quién era AmyMek. Y así es EXACTAMENTE cómo funciona el periodismo ético. Le despidieron y me chocó mucho. Tomadla con ellos".

En este mismo tuit, O'Brien empleó la expresión go DDT yourself. Dado que las siglas DDT también se refieren a un pesticida (dicloro difenil tricloroetano), Twitter decidió retirarle la cuenta (ya la ha recuperado desde entonces) aduciendo que podría inducir a la autolesión. Sin embargo, O'Brien había empleado las siglas DDT con la acepción de un término empleado en lucha libre, no como pesticida.

Tal vez el Twitter que tenemos ahora, anegado de acosadores, troles y personas que incitan al odio, es el Twitter que quiere esta empresa.

Las cuentas de muchas de las personas que le han enviado amenazas no han sido suspendidas. (Twitter emplea el término "suspensión permanente" para referirse a un veto y "bloqueo temporal" para referirse a una suspensión).

El hecho de que la cuenta de O'Brien fuera suspendida, pero que las personas que le amenazaron mantengan su cuenta revela un problema aún mayor: Twitter (que aseguraba "tomarse en serio" este asunto) depende en gran medida de sus usuarios para controlar la plataforma. La empresa sostiene que cuenta con herramientas para identificar contenido que viole sus términos de servicio y elimina las cuentas responsables. Sin embargo, tras navegar un poco en Twitter queda claro que esas herramientas no son eficientes para conseguir que sea un espacio para "un diálogo saludable", al contrario de lo que asegura la compañía.

Twitter tiene un gran peso: pese a todos sus fallos, es una herramienta esencial para muchas personas y un lugar donde salen a la luz muchas noticias. Por consiguiente, cuenta con un alto número de usuarios. Pero precisamente porque Twitter es tan grande, a la empresa le costaría grandes sumas de dinero contratar a encargados para controlar todo el acoso que tiene lugar en esta plataforma. Por tanto, la plataforma externaliza gran parte del trabajo inicial, permitiendo a los usuarios marcar tuits que contengan amenazas o que inciten al acoso o el abuso de las víctimas de esos ataques. Pero ese mecanismo no suele funcionar muy bien y, en los últimos días, en los que miles de personas spamearon la cuenta de O'Brien, funcionó fatal. Una sola persona no podría haber rastreado y denunciado todas las amenazas que recibió este periodista. Eran demasiadas y se sumaban al montón de mierda que estaba recibiendo. Esto implica que la mayoría de usuarios responsables de acosar y amenazar a O'Brien conservarán su cuenta de Twitter o se harán una cuenta nueva si se la suspenden.

Esta situación hace que brigadas de troles y extremistas tengan un gran poder para dictar el tono y el contenido de Twitter.

Esta queja no es nueva, mucha gente lleva años quejándose. Sin embargo, Twitter sigue siendo igual de tóxico. Puede que se deba a que la plataforma, en realidad, no se está tomando los problemas en serio. Tal vez el Twitter que tenemos ahora, anegado de acosadores, troles y personas que incitan al odio, es el Twitter que quiere esta empresa.

Con la colaboración de Travis Waldron.

Este artículo fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por María Ginés Grao.

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