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21/12/2015 07:11 CET | Actualizado 20/12/2016 11:12 CET

Mártires de las puñeteras etiquetas

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Foto: REUTERS

Busco molestar, picar, transparentarme y hacerme notar ¿Quién soy? Soy una etiqueta de ropa en varias capas de 25 centímetros cuadrados y vengo recosida a un tanga de dos milímetros. Para deshacerte de mí, tendrás que arrancarme. Tendrás que romper la prenda o quedarte conmigo.

Soy una víctima, realmente todo los somos, puesto que quien estrene alguna prenda de ropa, sea cual sea su edad y condición, se convierte inmediatamente en damnificado de la guerra silenciosa que los precarios empleados de las fábricas textiles mantienen contra su empleadores del primer mundo. Si no, ¿por qué demonios la etiqueta de la camisa que me acabo de comprar esta cosida y recosida con hilos indestructibles? Solo dejando un agujero enorme en la espalda conseguiría desembarazarme de ese mamotreto hiriente. Y es que eso es lo que buscan quienes adosan con tanto énfasis las etiquetas -por cierto, ininteligibles- a las prendas de vestir. Buscan molestar, picar, transparentarse, hacerse notar y jorobar a quien la lleva puesta. Quizá esta sea su revancha mientras atizan durante horas la máquina de coser y limpian con esta pequeña venganza el sudor de su frente.

Toma, chulita europea que compras camisetas a tres euros, toma picor en el costado en esta sudadera, toma colgajo de quince centímetros en el tanga, y no te agaches que te asomarán por detrás los consejos de lavado. Y ¡ten cuidado! Porque cuando no puedas más y arranques con tus manos la dichosa etiqueta que te amarga la fiesta, dejarás un boquete en tu vestido.

Quizá el tamaño de las etiquetas también es producto de este resarcimiento laboral, porque no es de lógica el papelón de varios tomos que se le pone a la ropa interior. ¿De verdad que una bragas necesitan tanto control de calidad y manual de uso? ¿Por qué algo tan delicado y suave como la ropa de bebé ha de llevar incrustado un papel de lija, con letras de papel de lija en forma de etiqueta?

La respuesta está en el origen, y mientras pienso que esto es obra de los explotados, que la etiqueta que me hiere, es en realidad un destello de ironía, cosido en un recóndito taller de vete a tú a saber, me siento menos mal, y más cerca de sus espaldas encorvadas, pues tal vez, esta misma postura de cirujana desprendiendo con pincitas hilos de etiqueta de mi tanga sea tomada diariamente, y por demasiado tiempo, por otras mujeres como tú y como yo, pero de peor suerte. Si ciertamente las etiquetas se consideran documentos, estamos, sin duda, ante una gran metáfora. La moda rasca.