'El animal de Hungría' y 'Ahora que nos dejan hablar, la juventud y los clásicos

Llegan los jóvenes. Llegan con fuerza. Llegan con potencia.
Una imagen de 'El Animal de Hungría'.
Jorge Eliseo
Una imagen de 'El Animal de Hungría'.

Juventud, divino tesoro, que dirían los clásicos. Y si hubieran visto El animal de Hungría de Lope de Vega por el Colectivo Állatok en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares y/o Ahora que nos dejan hablar de Mudanzas López, obra inspirada en El Coloquio de los Perros de Cervantes, en el Teatro Quique San Francisco o en Nave 73, confirmarían esa máxima. Ya que estos dos montajes rebosan juventud por todos los lados. Así como conocimiento de los clásicos y del oficio de hacer teatro. De tal manera que se sale de ambas entusiasmado y no se para de hablar.

La primera, El animal de Hungría, es un Lope de Vega poco conocido y representado. Suerte que puede que cambie tras este montaje. El motivo es que se trata de una comedia de enredos en la que hay hijos perdidos, príncipes y princesas, mujeres despechadas, traiciones, drama, humor y mucho deseo y amor. Una obra lopesca que, debido al dominio cultural anglosajón de la globalización, se describiría como comedia shakespeariana.

La historia sucede en Hungría. Allá, en sus montes, vive una bestia, un animal, que tiene atemorizado al pueblo llano. Lugar en el que la reina perderá a su hija y donde se criará un niño español de familia noble que fue abandonado a su suerte en esas montañas tan peligrosas. ¿Qué o quién es ese animal? ¿Qué pasó con la princesa perdida? ¿Cuál será la suerte del niño español? ¿Quiénes y cómo son los aldeanos de la zona? ¿Y quiénes son sus reyes?

No, no es momento de responder a estas preguntas. Hay que ir al teatro y, primero, enredarse, para, luego desenredarse, con esta historia vodevilesca. Divertida, muy divertida, al menos como está montada. Y vienen muchas oportunidades para hacerlo. El 20 de julio en el Festival de Teatro Clásicos de Peñíscola; el 23 y 24 de julio, en el Festival Internacional de Teatro Clásicos de Almagro; y del 20 al 22 de agosto, en los Veranos de la Villa. Oportunidades que seguramente se ampliarán a medida que la vayan viendo programadores y críticos.

Razones para que tenga más representaciones y gire no faltan. Comenzando por la fuerza que tiene el elenco y las ganas con la que salen al escenario. Y es que lo hacen bailando una haka y después de dos horas en continua actividad en escena, multiplicándose en personajes, se despiden de la misma manera.

Elenco que forman el Colectivo Állatok. Un grupo de alumnos de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) que juntaron un poco de dinero para contratar al actor y director de escena Ernesto Arias un curso de verso. Fue de ese curso de donde salió la idea de montar esta obra, que el mismo Ernesto ha versionado, en colaboración con Brenda Escobedo, y dirigido.

Seguramente se involucró atrapado por la entrega y ganas de estos jóvenes- que le arrastraría a él como lo hace con el público- por el espíritu que anima esta comedia y el buen texto de Lope. Destaca en su segundo acto una reivindicación de la mujer como un sujeto activo de deseos sexuales que parece escrito ayer mismo y no trescientos y pico años atrás.

Una reivindicación hecha con mucho humor no falto de poesía, algo realmente difícil de hacer. En una larga escena que funciona como un reloj en sus réplicas y contrarréplicas gracias a las dos actrices que la protagonizan. Y, en la que destacaba Nora Hernández como la afiebrada hija que descubre y describe la atracción por los hombres, mejor dicho, por un hombre. Actriz que en gira ha sido sustituida.

Escena de 'El animal de Hungría'.
Festival Iberoamericano de teatro de Siglo de Oro de Alcalá de Henares.
Escena de 'El animal de Hungría'.

Ahora que nos dejan hablar de Adrian Perea dirigida por Álvaro Nogales -al que vio José Luis Gómez y se lo quedó para que le ayudase en su Mio Cid- es otra cosa. No es un montaje al uso, como el anterior. Es más performativo, al menos aparentemente. En él la autoficción y el metateatro se meten a saco en el texto y en escena. Normal, ¿de dónde se puede tirar si no es de uno mismo y sus circunstancias cuando la historia que cuenta la obra surge de la urgencia de tener que entregar un texto en once días?

Pues de eso va la obra. De que a estos jóvenes les aceptan provisionalmente un proyecto en la sección AlmagrOff del Festival de Almagro, pero para poder ser aceptados definitivamente tienen que presentar un texto que no tienen antes de once días. Un aspecto clave para que les dejen subirse a un escenario y, como los perros de Cervantes, poder hablar al menos por una noche, que mañana será otro día.

Y, ¿de qué hablar? De lo que les pasa. Lo que les pasa es que a sus veintitantos y estando suficientemente preparados en lo suyo, gracias a escuelas universitarias como la RESAD, siguen buscándose un futuro. Lo hacen estudiando más, haciendo más cursos. Haciendo ese master que les faltaba. Y, si tienen suerte, aceptado contratos en prácticas a tiempo completo con sueldos que ni les llega para un alquiler que con un poco de suerte podrán encadenar con otros contratos en prácticas, en empresas culturales cada vez mejores, con el ánimo de que en algún momento pasen a jugar en otra liga.

'Ahora que nos dejan hablar'.
Erica M. Santos
'Ahora que nos dejan hablar'.

Lo potente de esto es que la cruda realidad, la suya, tan cruda como la de los perros abandonados en las gasolineras que acabarán en una protectora de animales a la espera de un dueño, está contada con gracia, simpatía y de manera vitalista. Pues su compromiso es no hacer un drama, el lema es “NO DRAMA”, como en un momento de la función grafitean en una gran pared de papel. Papel en blanco como la obra, como su vida, que se llenará de objetivos, de urgencia por conseguirlos, de conflictos y, por ahora, de pobres resultados económicos.

Ya que de hacer caso a lo que cuentan los más viejos y reconocidos de la profesión que se van encontrando en el camino, con los que la juventud siempre entrará en conflicto, los resultados comenzarán a ser palpables a partir de los treinta. Así que, no worries, ellos, que están en sus veintitantos, todavía tienen tiempo. ¿También si esos veintitantos están cerca de los treinta y todavía no se ve ni chicha ni limoná como plantea Olaya López, una de las actrices de la obra a la que no deberían perder de vista, que se está acercando peligrosamente a ese rubicón profesional?

Así que dejen paso. Llegan los jóvenes. Llegan con fuerza. Llegan con potencia. Llegan suficientemente preparados para hacer reír, entretener y, también, hacer pensar, reflexionar, sin aburrir. Llegan con ganas. Se bailan una haka maoríe como se podrían bailar una jota aragonesa.

El público se beneficiaría de dejar de mirar donde siempre y mirarlos y escucharlos a ellos. Divertirse, en el sentido de desviarse del camino que le lleva a la obra y al teatro al que ya se ha acomodado. Se sorprenderá por lo que ve en escena. Y por lo que ve en las butacas. Unas butacas que en estas obras están tan rejuvenecidas como el escenario, aunque son obras creadas para públicos adultos de cualquier edad.

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