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24/07/2019 07:21 CEST | Actualizado 24/07/2019 07:21 CEST

El fragor de la fantasía épica

Diez Minutos

Mi generación creció literariamente gracias al género de la fantasía épica, aunque tiene muchos otros nombres y variaciones: épica fantástica, fantasía heroica, espada y brujería, etcétera. Crecimos con Gandalf y con Conan, con espadachines y hechiceros que se enfrentaban a un mal que amenazaba con extinguirlo todo.

La fantasía épica maduró, igual que maduró mi generación, y yo perdí el contacto con la épica fantástica. He querido regresar a este mundo perdido entrevistando a Benjamin Robertson, un profesor de literatura que prepara en la actualidad un monográfico sobre el género con un título de lo más sugerente: Aquí al final de todas las cosas. Adéntrense conmigo en el fragor de la batalla literaria por gobernar la fantasía:

ANDRÉS LOMEÑA: Ahora apenas leo fantasía épica y me siento frustrado porque autores como J.R.R. Tolkien o Stephen Lawhead estaban entre mis favoritos cuando era adolescente. ¿Fue usted un buen lector de fantasía épica?

BENJAMIN ROBERTSON: Crecí leyendo mucha fantasía, empezando con El señor de los anillos cuando tenía unos diez años. En aquel tiempo, la mejor manera de descubrir nuevas historias fantásticas era la librería, así que leí sobre todo lo que tenían disponible: Stephen R. Donaldson, Terry Brooks, David Eddings, autores que ahora identificaríamos con grandes éxitos comerciales de la fantasía en 1977. También leí todos los libros de la Dragonlance que cayeron en mis manos hasta principios de los noventa, cuando fui a la universidad. Me harté del género y dejé de leerlo durante años. En torno a 2010, un amigo me recomendó Solo el acero, y después de leerlo y descubrir en él algunas ideas, lo encontré interesante como adulto. Me preguntaba si podría enseñar un curso de fantasía. Ese libro, y los cursos que impartí después de leerlo, fueron los orígenes de mi interés académico por el género.

A.L.: La serie Juego de Tronos ha terminado y la reacción del público ha sido muy infantil al pedir que rehagan la última temporada. El final no ha sido nada satisfactorio. Su investigación literaria es idónea porque explora los finales en las sagas de épica fantástica.

B.R.: Los finales en la fantasía, concretamente en la fantasía épica que sigue los pasos de Tolkien, son siempre raros. Los libros de Shannara de Terry Brooks siempre terminan con la derrota del mayor mal que el mundo ha conocido nunca y el siguiente empieza con el nuevo mayor mal que el mundo ha presenciado. No hay un final, solo una interrupción temporal del conflicto. Por supuesto, podemos entender esta dinámica como la naturaleza de la historia, pues cada “final” llega a ser la condición del siguiente principio. Uno de los grandes problemas de la fantasía más elaborada, como en el caso de la serie televisiva Juego de Tronos, (y de la saga literaria que Martin se supone que terminará algún día), es la siguiente: ¿cómo abarcar toda la trama, todo el movimiento épico que implica un gran cálculo o transformación de la historia, y al mismo tiempo dejar que el mundo continúe después del final? El final de El retorno del Jedi (para mí, Star Wars tiene más de fantasía que de ciencia-ficción) implica la derrota del Emperador y la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte, lo que resolverá los problemas de la galaxia. En El despertar de la Fuerza descubrimos que, contra todo pronóstico, el final del Imperio solo creó las bases de la Primera Orden. El final en realidad nunca llega.

En un sentido más abstracto, el final que la fantasía épica desea no es realmente un final. En realidad, quiere un final de finales, y un final del principio y del desarrollo. Estas ideas (principio, nudo, desenlace) son herramientas que usamos para poner orden a nuestras vidas y darles sentido en un mundo que no garantiza ningún asidero existencial. Eso es lo que Francis Fukuyama, siguiendo a Hegel y a otros, llama historia: el marco en el que los hechos humanos llegan a ser significativos. Sin embargo, la fantasía no va de eso. La fantasía (no toda, pero sí la que sigue la estela de Tolkien) busca un sentido verdadero, una especie de unidad con el mundo que asociamos con el mito o la religión. Esa clase de sentido no tiene un principio, un nudo y un desenlace. La fantasía que considero más estimulante es la que afronta este problema, tanto si intenta resolverlo como si muestra por qué es imposible solucionarlo.

A.L.: Le ruego que trace un camino de lectura para la fantasía épica.

B.R.: Uno de los mayores problemas de los académicos es intentar leer lo suficiente para tener una idea del género y he estado reflexionando sobre un tipo de fantasía que con demasiada frecuencia se arrogó el derecho de considerarse portavoz de todo el género. No he mencionado ninguna fantasía urbana ni la fantasía young adult, por ejemplo. Cuando las personas me preguntan qué pueden leer, sugiero la Trilogía de la Tierra Fragmentada de N.K. Jemisin y Quién teme a la muerte de Nnedi Okorafor. Hay cierto debate sobre si esos textos son ciencia-ficción o fantasía, y no diré nada al respecto. Jemisin y Okorafor son de lo mejor, especialmente por cómo transforman un género con mala reputación por excluir a las personas de color y, quizás en menor medida, a las mujeres. Más allá de eso, reivindicaría la figura de Rothfuss si se quiere conocer lo mejor de la tradición tolkieniana. Tierra de Héroes de Richard Morgan es probablemente la mejor respuesta de los últimos años a: ¿qué ocurre después de que la búsqueda haya acabado? Leopardo negro, lobo rojo de Marlon James es fantástico. China Miéville y Steph Swainston siguen siendo mis favoritos, así como la novela Vorrh: el bosque infinitode Brian Catling, aunque pueden ser auténticas rarezas para los lectores. Si viajamos al pasado un poco, recomendaría encarecidamente los libros de Gormenghast de Mervyn Peake, La espada rota de Poul Anderson (la edición revisada de Ballantine, si puedes dar con ella), Viriconium de Michael John Harrison, Terramar de Ursula Le Guin y Maestro de enigmas de Patricia McKillip. Esos libros, entre otros, representan una especie de contrahistoria de la fantasía que ofrece una mirada del género que no está dominada por Tolkien.

A.L.: ¿Cuántos libros ha leído para su investigación y cuándo veremos Aquí al final de todas las cosas en las librerías?

B.R.: No sabría decirte un número. Cien sería un orden de magnitud adecuado, pero no estaba intentando cubrir todo el género. Eso sería imposible y además dejaría de sacar partido a las lecturas a partir de cierto momento. Mi intención es, en primer lugar, saber cómo funciona la fantasía como género. En segundo lugar, busco entender la influencia de Tolkien sobre el género y cómo eclipsa aspectos de la fantasía que son interesantes. En tercer y último lugar, quiero analizar a los escritores de fantasía y los textos que escapan de la influencia de Tolkien de una forma u otra, ya sea porque le precedieron o porque intentaron desafiar lo que había hecho. Mi lectura refleja esas preocupaciones y deriva de mis discusiones con amigos, colegas de profesión y estudiantes, así como de mis lecturas más académicas y de las comunicaciones de las conferencias.

No sé si la publicación del libro llegará en 2020. Ahora mismo tengo dos capítulos y necesito sentarme para editar, recortar y darle forma al manuscrito antes de que pueda enviarlo para revisión. No veo imposible que llegue para finales del próximo año, pero 2021 me parece más realista.

A.L.: ¿Alguna conclusión definitiva? Un final de finales... 

B.R.: Dos cosas. Primero, me encantaría no volver a pensar en la fantasía épica durante un tiempo después de esto. Mi proyecto merece la pena, pero creo que ya he refinado todos mis argumentos y no tengo muchas novedades que añadir. Quiero avanzar y cambiar de tema. Segundo, me gustaría ver que la cultura popular avanza en su manera de pensar sobre Tolkien. No estoy sugiriendo que las personas no deban disfrutar con sus historias, aunque creo que buena parte de su obra es criticable. Querría, más bien, que las nuevas fantasías fueran acogidas sin la comparación inmediata con Tolkien. Cuando Marlon James publicó Leopardo negro, lobo rojo a principios de este año, cada crítica que leía establecía una comparación con El señor de los anillos y Juego de Tronos. Estas comparaciones no aportan prácticamente nada, y la fantasía de James apunta hacia tradiciones bastante distintas y produce efectos muy diferentes. Es hora de empezar a pensar en la fantasía como un gran género tremendamente diverso.

He disfrutado muchísimo con las palabras de Benjamin Robertson y aquí, al final de todas las palabras, deseo “desenvainar las hojas” de todas las novelas de fantasía épica que ahora quiero comprarme.

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