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06/02/2014 07:53 CET | Actualizado 07/04/2014 11:12 CEST

Luces y sombras de las 'wearable technologies'

Los gurús nos dicen que "van a cambiar la forma de comunicarnos", van a mejorar el rendimiento de los deportistas y también el cuidado de los enfermos y ancianos. Alguno va más allá y nos adelanta que llevar una ristra de sensores y procesadores conectados nos hará más felices.

En los últimos meses se ha puesto de moda el término wearable. Sonó mucho en el CES de Las Vegas, la mayor feria de electrónica de consumo del mundo, y previsiblemente en el masivo y exclusivo -vale el oxímoron- Mobile World Congress de Barcelona se volverá a escuchar este anglicismo al que todavía no encontramos una digna traducción. Las wearable technologies son dispositivos que llevaremos pegados al cuerpo, en la ropa o que cargaremos como una pieza más de nuestro vestuario. Llegarán en forma de pulseras, gafas o relojes inteligentes, o sensores adheridos a la piel o a la córnea y chips incrustados en pantalones o camisas, y se podrán sincronizar con el ordenador o el teléfono.

¿Para qué servirán? Pues para controlar cosas como el ejercicio físico mientras corremos, la forma de andar mientras vamos a la oficina, las horas y calidad del sueño o la cantidad de azúcar en sangre. No está mal esta última parte, sobre todo si de una vez por todas damos carpetazo a las molestas agujas matutinas para medirnos la diabetes.

Los gurús (y las compañías interesadas en crear tendencia) nos dicen que las wearables technologies "van a cambiar la forma de comunicarnos", van a mejorar el rendimiento de los deportistas y también el cuidado de los enfermos y de los ancianos. Alguno va más allá y nos adelanta que llevar una ristra de sensores y procesadores conectados encima sencillamente nos hará más felices. ¿Qué más se puede pedir? Los analistas del mercado, que viven -no lo olvidemos- de lo que les pagan los fabricantes de la tecnología de la que hablan, se apuntan a la fiesta y nos anuncian que en unos años los wearables serán parte de nuestra vida cotidiana y que andaremos en medio de una marea de pequeños dispositivos conectados a Internet.

En breve, nos recuerdan, el trabajo de los centros de I+D de las grandes tecnológicas, de las audaces startups de Silicon Valley y de los diseñadores de firmas de ropa como Nike o Adidas, darán sus frutos. Los 10 o 15 millones de aparatitos wearable que se vendieron el año pasado serán 200 o 300 millones en 2018. Es decir, en los países occidentales, casi todos llevaremos unas gafas para navegar por Internet, una pulsera medidora de constantes vitales o unos calcetines con sensor para corregir la zancada.

Yo, sin embargo, no lo veo tan claro. Por el momento, veo complicado que estos cacharritos no acaben sucumbiendo al poderío del smartphone, el killer gadget de la industria tecnológica de la última década. La mejora de las funcionalidades de los teléfonos inteligentes ha acabado con mercados tan boyantes en su momento como el de las cámaras digitales (de fotos y de vídeo), el de GPS y el de los reproductores MP3 (a Apple no le quedó más remedio que reportar una caída del 50% en las ventas del mítico iPod en el último trimestre de 2013).

No veo por qué las pulseras o los relojes inteligentes de turno iban a sortear la dura competencia del versátil teléfono inteligente, del que en 2013 se vendieron más de 1.000 millones de unidades en todo el mundo y que sigue creciendo a tasas superiores al 30% y, sobre todo, seduciendo a propios y extraños. El hecho de que en los próximos cuatro o cinco años muchos wearables tengan que estar sincronizados al móvil es otro argumento a favor de éste.

Por otro lado, a día de hoy no existe una necesidad acuciante para acudir a la tienda o a Amazon.com a por el último wereable. Cuando Apple revolucionó el mundo de la música con el iPod, la necesidad de llevar tu música contigo mientras corrías o viajabas en metro ya estaba creada gracias al legendario walkman. Lo mismo pasó cuando salió el iPhone en 2007. Medio mundo llevaba un teléfono encima para hablar, pero echaba de menos ver correo electrónico y navegar por Internet en cualquier sitio y a cualquier hora.

Más cosas. Los desarrollos y diseños de las tecnologías "pegadas al cuerpo" siguen muy en ciernes, y, según algunos, tardaremos un lustro más en ver dispositivos realmente atractivos y a precios populares. El teléfono de Samsung es una primera aproximación, las Google Glasses siguen en periodo de pruebas y presentan todavía un diseño no demasiado comercializable, Apple retrasa una y otra vez su esperado iWatch (la última noticia que tengo es que saldrá a finales de año)... Aspectos como la escasa duración de las baterías, la falta de aplicaciones o la escasa interoperabilidad son serios obstáculos por el momento.

Otro problema es que a la industria del wearable le falta un modelo de negocio. Se dice que la proliferación de estos dispositivos va a hacer confluir la industria de la ropa y la moda con la de tecnología. Algunos han visto el fichaje de Angela Ahrendts, la CEO de Burberry, por parte de Apple como un adelanto de esta convergencia. Sin embargo, si se mira bien, son negocios muy diferentes, con márgenes, procesos de fabricación, ciclos de inventario o periodos de amortización de las inversiones que no tienen nada que ver.

Además, a corto y medio plazo parece que los wearables no serán precisamente baratos. El reloj inteligente de Samsung, el Gear, cuesta casi 300 euros y depende del Galaxy de turno, mientras que el más económico de Pebble no baja de 200 euros y la pulsera de Fitbit, la más popular para medir el gasto de energía y la calidad del sueño, ronda los 100 dólares. Las rompedoras Google Glasses, por su parte, tendrán un precio de unos 1.500 dólares. Demasiado si se tiene en cuenta que este año podremos encontrar smartphones de 5 pulgadas y con todo incluido por 200 o 250 euros.

En definitiva, creo que la industria tecnológica echa las campanas al vuelo muy pronto con las wearables. No conozco a nadie hoy con una pulsera o un reloj inteligente (por poner dos ejemplos de tecnologías que ya comercializan marcas como Samsung, Sony, Pebble o Fitbit), y menos aún con parches inteligentes o sensores para controlar su salud. Tengo la impresión de que el supuesto tirón las wearable technologies, quedará reducido, en caso de producirse, a nichos concretos de comprador, como los deportistas o profesionales de la salud y personas con necesidad de un control continuo de ciertos parámetros vitales. Sin embargo, la mayoría seguiremos tan contentos con nuestro smartphone, cada vez más barato y capaz.

Un apunte: ¿cómo le llamamos?

"Tecnología pegada al cuerpo", "ropa conectada a Internet", "ropa inteligente" "objetos inteligentes", "accesorios tecnológicos", "tecnología llevable"... El inglés nos ha ganado otra vez la partida con el término de wearable, un palabra cuyo primer uso conocido data de finales del siglo XVI y que el prestigioso diccionario Merriam-Webster define como "suitable to wear" o "capable of being worn", es decir, susceptible de ser llevado encima o vestido. Parece que por el momento no encontramos un término a la altura de la denominación anglosajona. Habrá que seguir buscando.

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