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10/05/2013 08:28 CEST | Actualizado 09/07/2013 11:12 CEST

Alfredo Landa y lo mejor del mundo

Conocí a Alfredo Landa encima de un tejado, mientras se echaba la siesta. Fue en Sos del Rey Católico, el pueblo zaragozano en el que se rodó La vaquilla en el verano de 1984. Yo tenía 22 años y nunca había estado en un rodaje. Fui a hacer una entrevista a Berlanga quien, al acabar la charla, me propuso quedarme allí, como figurante de la película. No tuve más remedio que aceptar: unos días hice de soldado republicano y otros de soldado nacional. El primer día el ayudante de dirección me envío subir a un tejado. Y allí me encontré a Alfredo Landa. Acababa de comer y se había quedado frito.

El Alfredo de La vaquilla estaba exultante. Hacía unos meses que el Festival de Cine de Cannes les había concedido a él y a Paco Rabal el premio a la mejor interpretación por Los santos inocentes. Alfredo se sentía respetado como nunca en su vida y se le notaba mucho la alegría. Durante el rodaje en Sos pude disfrutarle en muchas tertulias. Alfredo tenía una memoria fabulosa y era un gran narrador de anécdotas. Sobre todo, las de su propia vida.

A nadie como a él le he escuchado tantas veces repetir la fecha de su nacimiento: "Nací en Pamplona el 3 del 3 del 33". Le hacía mucha gracia subrayar la coincidencia de los treses y aún le divertía más añadir que su debut en el cine fue en Atraco a las tres y que vivía en el número 3 de la calle Comandante Franco. El tres era, cómo no, su número talismán. Él siempre decía que había tenido muy buena estrella.

De algún modo, él tuvo tres vidas, fue tres actores en uno. El primero fue el actor de las comedias de los últimos años del franquismo, cuyo techo popular marcó No desearás al vecino del quinto. Eso que se conoce como "el españolito de a pie" -curiosa expresión, por cierto- se sintió brutalmente identificado con los personajes de Alfredo, que absorbían buena parte de los anhelos, traumas y fantasmas de la España de la época. La imagen de Alfredo Landa en calzoncillos o suspirando por las suecas ya han pasado al imaginario colectivo. Ese grupo de películas se conoció como landismo. Es la única vez en la historia del cine que un actor ha dado nombre a un movimiento cinematográfico. A Alfredo también le gustaba presumir de eso.

El segundo Alfredo Landa nació gracias al cineasta antifranquista por excelencia, Juan Antonio Bardem, que le dirigió en El puente (1977). Por ese personaje -un españolito que adquiere conciencia de clase- Alfredo recibió en el Festival de Cine de Moscú el primer premio de su carrera. Fue un momento clave: hasta entonces Alfredo era un actor muy gracioso y popular pero a nadie se le había pasado por la cabeza darle un premio. Luego, vinieron sus películas con José Luis Garci, Las verdes praderas y, sobre todo, El crack (1981), una notable muestra de cine negro en la que Alfredo encarnaba con impresionante convicción a Areta, un detective muy peculiar. Cuando en esa película le escuché decir "Baretta, dame el mechero o te quemo los huevos", con esa entonación, con aquella mirada, supe que el protagonista de Cateto a babor era un primera clase.

El Paco El bajo de Los santos inocentes descubrió el tercer Alfredo Landa, el sublime intérprete de prestigio internacional al que se rindieron directores como Luis Berlanga, José Luis Cuerda, Francisco Betriu, Pedro Olea, Basilio Martín Patino, José Luis Borau, Manuel Gutiérrez Aragón o Luigi Comencini. En el Fendetestas de El bosque animado y el Sancho Panza de la serie Don Quijote Alfredo estuvo especialmente memorable. Alfredo Landa logró lo que cualquier actor sueña: que el público le considerara uno de los suyos, que los aficionados más exigentes reconocieran su talento y que los más grandes quisieran trabajar con él.

Alfredo fue el hijo único de un capitán de la Guardia Civil. De niño se fue a vivir con su familia a San Sebastián. Su padre murió y, al concluir el bachillerato, Alfredo le confesó a su madre que él quería ser actor. Su madre le advirtió que eso lo tenía que consultar con los parientes. Cogió un autobús de La Roncalesa y se fue a comunicarles la noticia a los tíos de Alfredo que residían en Pamplona. Celebraron una asamblea familiar y la madre lo anunció: "Que el Alfredico quiere ser cómico". Las palabras cayeron como una bomba. Los tíos de Alfredo fueron implacables: "Ni hablar. No podemos consentir ese baldón en la familia". Su madre volvió a casa y le comunicó la sentencia: "Oye, que han dicho que no".

Alfredo se vio empujado a seguir caminos más convencionales. Se matriculó en Derecho y estudió tres cursos. Mientras, desahogaba la vocación en el Teatro Universitario de San Sebastián que él contribuyó a fundar. Pero un día no pudo más y, a bocajarro, le lanzó a la madre una frase definitiva: "Mamá, si tú quieres, acabaré Derecho. Pero si a los 40 años no soy feliz, te voy a echar la culpa a ti". Entonces, su madre, le dijo: "Vete, hijo, vete".

Una semana después, Alfredo Landa se encontraba en el andén de la estación Príncipe Pío de Madrid, con siete mil pesetas, una maleta de cartón y sin la menor idea de qué hacer ni dónde ir. Era el ocho de octubre de 1958. Pero Alfredo arrastraba una ilusión que le animaría de manera obsesiva toda la vida: no decepcionar a su madre y llegar a ser feliz.

Lo primero que pensó, allí en el andén, fue en comprar el diario Ya. En los anuncios por palabras buscó una casa que alquilara habitaciones y tuvo la suerte de encontrar una familia encantadora que lo adoptó como un hijo. En esa casa coincidió con dos amigos donostiarras, Elías Querejeta y Maiki Marín, "la chica más guapa de San Sebastián". A la mañana siguiente llamó a Ángel María Baltanás, un actor de doblaje que conocía de San Sebastián. Landa recordaba que pasaron 15 días hasta que ese amigo le avisó para unas pruebas de doblaje. Las superó sin dificultad. Hasta entonces él creía que los actores de las películas americanas hablaban en castellano. Al primer actor que dobló fue a Richard Widmark. Más de una vez le escuché a Alfredo recitar de corrido los diálogos que colocó en los labios de Widmark en su día número uno de trabajo.

En 1962 José María Forqué buscaba un actor para interpretar al pusilánime Castrillo de Atraco a las tres. De repente, se acordó de un actor bajito y con mucha gracia que había visto en el Teatro María Guerrero en una obra de Jardiel Poncela. No recordaba su nombre pero enseguida lo identificaron. Se llamaba Alfredo Landa. Ahí comenzó su explosión.

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De izquierda a derecha, Luis Alegre, Luis Berlanga y Alfredo Landa.

Uno de los días que no creo que olvide nunca es uno que viví con Alfredo en La Almunia de Doña Godina, el pueblo zaragozano de Florián Rey. Luis Berlanga recibía un homenaje y Alfredo y yo fuimos a pasar el día con él. Era sábado y, todos los sábados por la tarde, Luis colaboraba en Radio Nacional, en el programa de Beatriz Pécker. Después de la comida, Luis nos pidió que le acompañáramos al cuarto de su hotel, desde el que, por teléfono, iba a intervenir en el programa. La intención de Luis era que Alfredo también hablara en la radio. Era mayo de 1999 y aún no teníamos móvil. Cuando entramos en el cuarto de Luis, Alfredo se abalanzó sobre la cama y se tumbó boca arriba. Con una naturalidad hilarante Berlanga, sin siquiera pedirle que le hiciera sitio, se acostó a su lado y se pusieron a charlar mirando el techo. José María Pemán -el director de las Jornadas de Cine de La Almunia- hizo una foto de aquella imagen. Al rato, los de la radio llamaron por teléfono. Luis y Alfredo se incorporaron y se sentaron al borde de la cama para hablar con mayor comodidad. Entonces yo, que soy un fanático de la siesta, me tumbé en la cama y ocupé el hueco dejado por los dos genios. Mientras ellos hablaban en Radio Nacional, me quedé dormido como un niño.

Alfredo Landa dejó de fumar a los 55 años con la intención de volver a los 75, cuando "ya le daba igual lo que le podía pasar". En un restaurante de Zaragoza él y yo comimos canguro por primera vez en nuestra vida. Alfredo presumía de ser el mejor jugador de mus del mundo, de preparar los mejores dry martinis del mundo y de tener la mejor memoria del mundo.

Alfredo siempre respondía a las llamadas si le dejabas un mensaje en el buzón de voz de su contestador. Antonio Resines y yo siempre nos recordábamos el llamarle todos los tres de marzo, el día de su cumpleaños. Pero, desde hace tres años, ya no respondía las llamadas. Alfredo perdió su memoria y los amigos perdimos a Alfredo.

La última vez que lo vi fue en Tudela, en la muestra de cine en la que le brindamos un homenaje. Le recordé entonces la frase con la que convenció a su madre para que le dejara marcharse a Madrid. Y me dijo: "Es que yo, chaval, tuve la mejor madre del mundo".

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