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26/08/2013 22:25 CEST | Actualizado 26/10/2013 11:12 CEST

La mano de Cecilia

Hace exactamente un año Cecilia Giménez, una pintora de Borja de 81 años, estaba en boca de todo el mundo. Nunca nadie, al menos en España, había conocido una popularidad internacional tan súbita, tan involuntaria. La más sorprendida, con mucha diferencia, era la propia Cecilia. Ella solo había querido arreglar un cuadro que adoraba.

Hace exactamente un año Cecilia Giménez, una pintora de Borja de 81 años, estaba en boca de todo el mundo. Nunca nadie, al menos en España, había conocido una popularidad internacional tan súbita, tan involuntaria. La más sorprendida, con mucha diferencia, era la propia Cecilia. Ella solo había querido arreglar un cuadro que adoraba y no había podido acabar su trabajo. Eso era todo.

Cecilia era aficionada al dibujo y a la pintura desde que, de niña, estudió con las Hermanas de Santa Ana. No tuvo una vida fácil. Su padre murió cuando ella tenía 17 años. Se casó y, después de un embarazo muy complicado, nació José Antonio, afectado por una lesión cerebral que le postró en una silla de ruedas; el segundo hijo, Jesusín, era muy listo y compartía con ella su afición por la pintura. Pero, a los cinco años, Jesusín comenzó a caerse, víctima de una enfermedad muscular que se lo llevó a los 20 años. Luego, su marido enfermó y también murió. En julio de 2012 Cecilia tenía dos obsesiones en esta vida: su hijo José Antonio, que permanecía a su cuidado, y sus pinturas, que le hacían volar: "Cuando pinto se me olvida que existe el mundo".

Desde hacía unos 70 años uno de los refugios favoritos de Cecilia era el Santuario de Misericordia, a unos siete kilómetros de Borja. Allí se habían celebrado su boda y la comunión de sus hijos. Allí iba a menudo ella a limpiar la iglesia. El santuario era como su casa. Entraba y salía cuando le venía en gana. En la iglesia había una pequeña pintura mural de Elías García Martínez. Era un retrato del Cristo doliente, esa imagen que se conoce como Ecce Homo. El cuadro databa de 1930 y, francamente, los visitantes del santuario no le prestaban demasiada atención. Además, sufría un claro deterioro al que Cecilia - asidua del santuario y pintora- era, cómo no, muy sensible, la más sensible, la única sensible. Hacía tres años había restaurado algunas zonas del cuadro y, aunque no se había atrevido con la cara, ella se había quedado muy contenta. Incluso, una nieta de Elías García le había dado su aprobación una vez que visitó el santuario. Pero ahora, este verano de 2012, el rostro del Ecce Homo presentaba un aspecto lamentable y decidió actuar, como otras veces, por su cuenta, sin encomendarse a nadie. Al fin y al cabo, ella estaba en su casa. Comenzó su trabajo pero, en esta ocasión, el resultado no le convencía. Se le había ido la mano. El Ecce Homo adquiría un aire extraño, un poco ridículo. Pero ella iba a corregir el chandrío. En medio de su tarea, le surgió un viaje con su hijo a Guadalaviar. Al volver a Borja, su hermana le espetó, en tono de broma: "Cecilia, vas a ir a la cárcel". Y le contó lo que había pasado. Cecilia no entendía nada: "Pero si no lo he terminado". Esa era su frase más repetida.

El siete de agosto, mientras Cecilia y su hijo estaban en Guadalaviar, el Centro de Estudios Borjanos había publicado en su blog la imagen del Ecce Homo dejado a medias por Cecilia, con un post que denunciaba la actuación, aunque no revelaba la identidad del responsable. Leído ahora, resulta muy gracioso el tono de indignación por el atentado hacia la obra de arte que respira ese texto. La compañera de HERALDO Elena Pérez Beriain detectó enseguida que aquello era una perla informativa local y el 21 de agosto publicó un reportaje que lo precipitó todo. El suceso dio la vuelta al mundo a una velocidad insólita. Internet y las redes sociales fueron las figuras de la difusión pero todos los medios explotaron una serpiente de verano -eso parecía- tan descacharrante. La estampa conjunta del antes y el después del Ecce Homo era una joya del gag visual. Su brutal eficacia cómica era instantánea y universal. No era preciso saber ni una palabra de arte para disfrutar de esta obra inaudita. Desde que Luis Buñuel mostró en "Nazarín" un plano de Cristo riendo yo no había visto una imagen tan iconoclasta y revoltosa del hijo de Dios. Se hablaba de "la peor restauración jamás hecha". Cuando se supo que la artista era una viejecita española, el cachondeo global se desbocó. Cecilia se vino abajo. No hacía más que llorar y llegó a sufrir una crisis de ansiedad. Al principio se habló de que se haría lo necesario para que el Ecce Homo recobrara su forma original. Pero a medida que el nombre de Borja llegaba a los lugares más remotos y miles de personas peregrinaban al santuario, se comprendió que reparar el desaguisado era una pésima idea: si el Ecce Homo volvía a ser el que fue, Borja nunca volvería a ser lo que estaba siendo.

Pero el Ecce Homo de Cecilia no fue un fenómeno fugaz. Un año después sigue entre nosotros y yo sigo perplejo y fascinado. Cuando suceden cosas así, todavía extraño más a Berlanga, Azcona, Fernán-Gómez y Perico Beltrán. El episodio es tremendamente sugerente y tiene muchas capas: una anciana anónima, entrañable y cándida convertida, en unas pocas horas, y muy a su pesar, en una estrella planetaria; una niña de la Guerra Civil desbordada por el poder, el furor y la voracidad de las tecnologías y los medios de comunicación del siglo XXI; una artista que ve cómo le impiden rematar su trabajo porque su obra inconclusa se ha convertido en un icono pop y en un atractivo turístico desconcertante; la mezcla de orgullo, picardía y pudor en la actitud de un Borja que digiere brillar en el mundo por un logro tan, y nunca mejor dicho, pintoresco; el festival de negocios, intereses y suspicacias, más o menos camuflados, desatado a la sombra del Ecce Homo; la sensación, entre incómoda y divertida, de que Cecilia había alcanzado mayor impacto mediático internacional que Goya, Picasso y Velázquez juntos; o las infinitas teorías que se podían desarrollar acerca del sentido y el valor del arte, de la transgresión impensada, de las buenas intenciones o de lo que de verdad mantiene en vilo a la gente. Pocas cosas tan pequeñas como ésta han sido un espejo más preciso de ciertos rasgos de nuestro tiempo. Si Mario Vargas Llosa reedita "La civilización del espectáculo" podría añadir un apéndice con el caso del Ecce Homo. Es un ejemplo perfecto de algunas tesis que desliza en su ensayo. La chapuza espectáculo. Ese sería un buen título.

Hace tiempo que Cecilia Giménez ha dejado de sufrir. Se desenvuelve con naturalidad dentro del personaje que se ha hecho de ella y la oleada de cariño que siente a su alrededor le resulta muy reconfortante. María Ángeles Martínez, directora de Radio Moncayo en el verano de 2012, la conoce desde niña y siempre me dice que Cecilia es lo que parece: una buena mujer que ignora qué es eso de la malicia. Si el autor de la restauración frustrada fuera un imbécil este asunto no nos haría tanta gracia. Pero Cecilia ya no nos puede inspirar más ternura. Conmueve, por ejemplo, que, a estas alturas, Cecilia insista en que todo ocurrió porque no le dejaron terminar su tarea. Aunque ahora, de algún modo, Cecilia se ha resarcido: ha pintado, hasta el final, otro Ecce Homo, un cuadro que, junto a otras pinturas suyas, forman parte de la exposición que hasta ayer permaneció en el santuario y que va a viajar por ahí. Pero me huele que este Ecce Homo no va a merecer, como el otro, un editorial del Financial Times o una parodia en el show de Conan O´Brien en el canal TBS de los Estados Unidos.

Cecilia Giménez es un genio inconsciente que, como suelen hacer los genios, ha logrado algo revolucionario. Sin pretenderlo, sin sospecharlo, su mano ha inventado un género que se agota en sí mismo y que incluye una única obra maestra: ese Ecce Homo inacabado, inesperado, subversivo y profundamente divertido. Nunca una obra de arte había tocado de esa manera la tecla de la risa del mundo entero. Existen pocas razones más nobles para pasar a la historia que hacer reír a la gente. Y su Ecce Homo ha traído una sobredosis de alegría en un momento en el que nos sobra demasiada tristeza.

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