'El lindo Don Diego', qué poco ha cambiado el narcisismo
Una nueva producción de la clásica comedia de Moreto que tiene todo para ser un éxito de público que también guste a la crítica.
Viene siendo habitual que un estreno absoluto en el Festival Iberoamericano de Teatro de Siglo de Oro - Clásicos en Alcalá se postule como un éxito de público de la temporada que viene allá donde se estrene. Si el año pasado fue La desconquista de Ron Lalá, este año puede que sea El lindo Don Diego de Moreto, tuneada por Fernando San Segundo, de MIC Producciones.
Lo anterior se puede afirmar sin miedo a equivocarse cuando se asiste a la reacción del público en un estreno con poca presencia de profesionales del teatro y menos del periodismo cultural, como fue el caso.
El silencio que acompaña al comienzo, las risas y la escucha interesada durante la función y el aplauso final lo certificaron. Y, sí, es una producción que quiere al público. Que sabe que sin público el teatro no es nada. Pero que no es complaciente, no trata de ganárselo a cualquier precio.
Esto se nota en los riesgos que asumen. El primero el de atreverse a modificar el original. En realidad, lo que hacen es cambiar la historia para que nada cambie. Y se entienda mejor la hoguera de las vanidades en la que se vivía en el Barroco y en la que se vive en la actualidad. Períodos que, con permiso de la IA, no parecen diferir mucho. Por algo será por lo que la música de aquella época triunfa entre los más jóvenes.
En este caso, en vez de un padre, es una madre viuda la que está desesperada por casar a sus hijas. Cambio que Fernando Sansegundo y Borja Rodríguez, dramaturgo y director respectivamente, justifican porque dicen que en el original no se entiende muy bien lo de que el padre quiera casar a las dos hijas con tanto empeño haciéndolo parecer un castigo.
Al transformarla en una madre viuda se comprende mejor, más que nada porque se le da una vertiente económica al asunto. Las dificultades de una madre con los recursos mermados para mantener a sus hijas porque ha perdido la pareja. En una acción que está situada en una playa italiana entre Nápoles y Milán en la década de los cuarenta del siglo XX. Lo que les ha permitido introducir bonitas canciones napolitanas cantadas en directo. Que paran la acción permitiendo el relax y la calma tras el enredo, las risas y las carcajadas para retomarlas luego con más ganas.
Esa mujer ha encontrado dos pretendientes en dos primos que se acercarán a desposarlas. Lo que no sabrá ella es que uno de ellos cojea de un narcisismo extremo. Ni que a la hija que ha destinado a este narcisista le gusta otro, el joven Giovanni, amigo de la familia y habitual presencia en la casa. Lo que favorece el enredo. Por si fuera poco, los criados, Mosquito y Beatrice, en un intento de ayudar a la pareja que el matrimonio con el narcisista separaría, van a liarla aún más.
Con estos mimbres esta producción tiene varios aciertos. El primero una escenografía sencilla creada por Curt Allen y Leticia Gañán. Unas casetas de playa con puertas practicables para favorecer entradas y salidas, la presencia de espejos en los que no deja de mirarse Don Diego, y mostrar con pudor y sin abuso el subconsciente de los personajes cada vez que se abren y los muestra en su intimidad.
A lo que se añade un templete con una iluminación de bombillas que le da la obra la sensación de verbena veraniega. Todo en unos tonos pastel, suaves, desleídos, que no molestan ni cansan. Un espacio que acoge todas las escenas en las que los pocos elementos que se necesitan los irán poniendo los actores de manera muy natural, acorde a lo que dicen y hacen.
El otro acierto es el elenco. Pues son buenos cómicos y cómicas con Alfonso Lara a la cabeza. Un actor que se aplica en su papel de lindo Don Diego haciéndolo ridículo, pero no haciendo el ridículo ni ridiculizándolo. Es decir, haciendo que se vea en el personaje al ser humano. Por eso funciona para el público y divierte a la platea y debería hacerle aparecer en las listas de nominados a los premios teatrales a mejor actor la próxima temporada.
Un elenco que, aunque alguna vez cae en decir el verso como si fuera un ripio, sobre todo al principio de la función, en general lo naturaliza mucho. Manteniendo la musicalidad y el ritmo. Y apoyándose en los añadidos o traslaciones que Fernando Sansegundo ha hecho al lenguaje actual para alcanzar el oído, la vista y el corazón del público de este tiempo.
Intérpretes a los que se les ve muy a gusto en la comedia y que sabe huir del costumbrismo en el que, por ejemplo, podría haber caído un personaje como la madre, pero es que lo interpreta Gloria Albalate, que sabe poner lo culto y lo popular a la par. O haber cedido a un exceso de histrionismo cómico o payasismo, como podría haberle ocurrido a Luna Mayo en el papel de la criada Beatrice, sobre todo cuando se disfraza de Condesa, y que, sin embargo, ella sabe mantener antes de caer en dicho exceso.
Hay alguna que otra cosa que tal vez no se le vea la necesidad desde la butaca, aunque es cierto que no molestan. Como la referencia a la halitosis o mal olor de Giovanni, el amante que cree que a su amada se la van a casar con Don Diego, más que nada porque se hace en una escena y en ningún otro momento hay referencia o se presta al juego dramático. O el baile que al inicio hace el elenco en una esquina, una especie de flashmob tranquilo, poco enérgico, que van abandonando a medida que se incorporan a las escenas. Minucias.
Lo cierto es que la obra sirve para plantear dos temas importantes. Uno que quizás ha pasado a mejor vida o al menos tiene la repulsa mayoritaria de la sociedad, el de los matrimonios de los hijos impuestos y acordados por los padres. Ahora, en general, los progenitores son más respetuosos con a quién quieren y con quién quieren pasar la vida sus retoños.
El otro, sin embargo, es de una rabiosa actualidad: el del narcisismo. Que esta obra muestra lo ridículo que es, el tiempo y el esfuerzo que consume, como entontece a los seres humanos que lo practican y como dificulta la vida, el día a día.
Claro que esto es difícil de ver en una sociedad capitalista como la actual, que lo adula como mejor sabe hacer: monetizándolo, convirtiéndolo en dinero y, por tanto, en éxito. La obra El lindo Don Diego, y en concreto esta producción, lo muestra claramente, no solo su inutilidad, sino su dificultad para disfrutar de unas vidas y unas sociedades sanas y saludables. Y lo hace con gracia, que la letra con risa es como mejor entra.