Bajo las alcantarillas de París, 427 kilómetros de tuberías de 6,5 cm han permanecido inactivas desde 1984, y nadie se ha molestado en retirarlas
Un enorme entramado de antiguas infraestructuras bajo los pies de la ciudad del amor.

París es conocida en todo el mundo como la ciudad del amor y de la luz, una capital asociada a los grandes monumentos, los paseos junto al Sena, el lujo y ese aire romántico que atrae a millones de visitantes cada año. Pero, lejos de los escaparates y las calles de postal, la ciudad esconde bajo sus pies otra cara mucho menos conocida: un enorme entramado de túneles, tuberías y antiguas infraestructuras que también forman parte de su historia.
Y entre todas esas estructuras que permanecen ocultas bajo el asfalto hay una especialmente curiosa. Durante más de un siglo, París contó con una red de tuberías de apenas 6,5 centímetros de diámetro por la que circulaban cartas impulsadas por aire comprimido, un sistema de correo neumático que llegó a extenderse por 427 kilómetros y a conectar buena parte de las oficinas de la capital. Aunque dejó de funcionar en 1984, sus antiguos conductos no desaparecieron y algunos todavía permanecen intactos.
Tal y como recoge Sciencepost, la historia comenzó en 1866, durante el Segundo Imperio de Napoleón III. Las primeras pruebas conectaron la Bolsa de París con el Grand-Hôtel y poco después el sistema se amplió para enlazar distintos centros telegráficos. De esta forma, el correo fue encontrando su propio espacio dentro de la compleja ciudad subterránea que se estaba construyendo bajo París.
Una revolución bajo tierra
En 1879, el servicio dejó de estar reservado a las comunicaciones oficiales y se abrió al público. Los parisinos comenzaron a utilizar aquellas pequeñas cápsulas para enviar mensajes urgentes. El sistema alcanzó su máximo desarrollo en 1933-1934, cuando la red llegó a los 427 kilómetros y conectaba alrededor de 130 oficinas. Durante la Segunda Guerra Mundial llegó a registrar su mayor volumen, con unos 30 millones de mensajes en 1945.
Pero aquella tecnología empezó a perder protagonismo contra el teléfono, el télex y, posteriormente, el fax. En 1966, una parte considerable de los tubos presentaba desgaste y los bloqueos comenzaron a multiplicarse. Solo en 1970 se registraron 270 atascos que obligaron a los trabajadores a entrar en las alcantarillas para recuperar los recipientes que habían quedado atrapados.
La decadencia terminó en 1984, cuando el servicio dejó oficialmente de funcionar. Para entonces, el número de envíos había caído drásticamente: de millones de mensajes al año en décadas anteriores se había pasado a unos 648.000 en 1982. La Administración optó por sustituir aquella infraestructura por servicios más modernos, entre ellos el fax público Postéclair y el sistema de reparto rápido Postexpress.
Sin embargo, cerrar el servicio no significó retirar toda la red del subsuelo. Sustituir cientos de kilómetros de tuberías habría exigido levantar calles, acceder a alcantarillas y asumir un coste difícil de justificar para una infraestructura que ya no tenía utilidad. Por ello, todavía quedan restos de aquel antiguo sistema que durante más de un siglo convirtió el aire comprimido en una especie de autopista subterránea para las cartas.
