El gorrilla

El gorrilla

"Es proverbial el 'torpe aliño indumentario' de los poetas, aunque últimamente se les sienta más atentos a la vestimenta que a la versificación".

El gorrillaCARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'

Hace ya muchos años que lo encontré, por pura casualidad, pero no puedo evitar recordarlo cada vez que mayo vencido se despide plantando en El Retiro las casetas de la Feria del Libro bajo el diluvio, extenso mercado de la droga que durante dos semanas me desespera de tan cerca como lo tengo y tan imposible como me es acudir a por una sobredosis: cuando no arde el frigorífico se hiela el horno, y si un cocinero no hace su trabajo, lo que es malo, puede que un camarero se decida por fin a hacer el propio, lo que suele ser peor.

Tarde o temprano consigo descorchar un par de horas para darles a los libreros lo que debieran cobrar los carniceros y volver al restaurante con tres bolsas por dedo, esfuerzo ingrato para mis años y equilibrio imposible para mi destreza.

En una de aquellas, ya dije que hace muchos años, vi en una caseta a un individuo que se aburría con el aire meditabundo y vergonzoso con el que se aburren los escritores ayunos de firma. Me llamó la atención la gorra de visera con la que escondía sus ojos, empeñados en la lectura de un libro ajeno (no es tan raro el firmante que se solaza picando de los propios, y de su expresión se puede colegir su satisfacción plena). Era negra y de pana, pero lo asimilé de inmediato a las de tela y visera de cartón que rematan la vera efigie de los que llamamos "gorrillas", custodios de las plazas de aparcamiento que, a cambio de una propina, defienden nuestro coche del daño que ellos mismos pudieran provocar. En buena lógica, debiéramos llamarlos "banqueros", pues a estos también les pagamos para que no nos cobren más aún.

Es proverbial el "torpe aliño indumentario" de los poetas, aunque últimamente se les sienta más atentos a la vestimenta que a la versificación. Al mismo Antonio le llamaban sus alumnos "Manchado", pues nunca le vieron sin ceniza ni lamparones en su chaqueta raída (tiene su aquel que la única foto que se le conoce con smoking y bien afeitado pose junto al repeinado José Antonio Primo de Rivera, en el estreno de La Lola se va a los puertos. Pero incluso en esa instantánea se percibe su tristeza ¿presagiaría ya el sangriento naufragio?).

Y me cuentan que a Leopoldo María Panero le prohibieron en más de una ocasión el acceso al local en que iba a leer para el público congregado.

Sé que soy injusto al referirme al aspecto del desconocido y a su gorra, sobre todo si tengo en cuenta que yo voy a todas partes con el sombrero bien calado (si me lo quité para casarme fue para congraciarme con el cura). Bendita injusticia que me llevó a interesarme por lo que aquel marginado en mi imaginación pudiera contarme. Me acerqué a la caseta y le pedí que me recomendara uno de sus libros para un primer contacto. Me respondió con marcado acento chileno dándome las gracias por el interés y entregándome un ejemplar debidamente firmado.

En un banco frente a la biblioteca que antes fue zoológico (qué suerte que hayan sobrevivido los tigres de Borges) abrí el libro y me encontré con unos versos que bien pudieron ser los que siguen:

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones,

te turbulentamente besara,

mi vergonzosa, en esos muslos

de individua blanca, tacara esos pies

para otro vuelo más aire que ese aire

felino de tu fragancia, te dijera española

mía, francesa mía, inglesa, ragazza,

nórdica boreal, espuma

de la diáspora del Génesis... ¿Qué más

te dijera por dentro?

                                    ¿griega,

mi egipcia, romana

por el mármol?

                                 ¿fenicia,

cartaginesa, o loca, locamente andaluza

en el arco de morir

con todos los pétalos abiertos,

                                                       tensa

la cítara de Dios, en la danza

del fornicio?...

Y así fue como me di de bruces con la poesía de Gonzalo Rojas, erótica y combativa, cualidades que siempre se aparean.

Fresca y endiabladamente seria de tan divertida.

Visceral como pocas.

Por fortuna, ya ocupa el lugar que le corresponde en ese Olimpo con pantuflas que es la gloria literaria, pero tengo la impresión de que aún lo oculta la gigantesca sombra de Neruda. Pareja suerte ha corrido Raúl Zurita o, incluso, Nicanor Parra. Todos ellos poetas grandes, cada cual en su camino divergente de los demás y del amigo Neftalí, del que no pudieron eludir sus fauces y acabó devorándolos como el dios zombi pintado por Goya.

Lo mismo le sucedió a la narrativa chilena con Donoso hasta que Roberto Bolaño rasgó el telón. Y me pregunto a quién no estará eclipsando Bolaño en este momento.

Debe de ser cosa de la cultura hispánica, proclive a proclamar santos patrones como quien fríe huevos.

Por cierto, y ya que me sacan a relucir el santoral, Unamuno rechazaba la ropa interior y prefería darse calor con hojas de periódico. Crujía al caminar pero, lejos de amilanarse, al menor comentario largaba una perorata interminable acerca de las ventajas del papel impreso sobre la lana.

Me gustaría poder contarles las sobremesas tenidas con Gonzalo Rojas, pero es que nunca las tuve. Volví a verlo en una lectura en una librería, uno de esos actos por lo general tumultuosos (asistí a una presentación en la que, contando al autor, al editor, al librero y a los parientes, éramos nueve. Y eso que la familia era del Opus). Estuvo brillante, sardónico, enredón, y supo asomar la categoría de viejo verde al balcón del palacio.

Cuando acabó el acto, me quedé hojeando por el local y me di cuenta de que el poeta se había dejado su gorra en la mesa. No necesité pensarlo; con toda naturalidad me acerqué al altar, me la eché al bolsillo y me marché dejando al gorrilla sin su identidad secreta, la que yo le había atribuido una tarde en el Parque del Retiro.

Alguna vez maquiné que su proximidad me podía dar alas para elevar un poema; al menos, un pareado.

Pero lo que me salió fue un emparedado.

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He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”