Adam Grant, experto mundial en psicología organizacional: "Estoy perturbado por lo poco que los líderes piensan en las consecuencias de la IA para el empleo y la paz social"
El psicólogo se pregunta si hay un plan real para que los trabajadores afectados sigan siendo empleables.

Mientras las voces de "no es o no será para tanto" siguen en el debate, cada vez son más los expertos de todas las disciplinas que advierten de lo que se viene con la inteligencia artificial (IA). Preocupa más aún no actuar a tiempo, y aquí entran los países y políticos, como apunta el experto en psicología organizacional, Adam Grant.
Entre los discursos sobre innovación, productividad y futuro en Davos 2026, una de las advertencias más serias sobre la IA no llegó de un tecnólogo ni de un gran ejecutivo, a los que muchos, ya sea acertadamente o como argumento para restar importancia a esta revolución, tildan de exagerar para aumentar negocio e inversión, sino de un profesor de Wharton y una de las voces más influyentes de la psicología organizacional.
Su diagnóstico es de lo más inquietante: "Me desanima y me preocupa la poca cantidad de líderes que piensan en las implicaciones a largo plazo de la IA para el empleo y lo que esto significa para el empleo y el malestar social". La frase, pronunciada durante el Foro Económico Mundial de Davos, resume una grieta cada vez más visible: las empresas quieren acelerar con la IA, pero no está nada claro que estén pensando con la misma seriedad en el coste social de esa carrera.
La advertencia llega en un momento clave para la IA, que vuelve a acelerar su avance en capacidades y la "amenaza" de los agentes, que convierte a esta tecnología no ya en una herramienta complementaria, sino, como su propio nombre indica, un "piloto" total que puede realizar un proceso laboral completo.
También llega tras ese reciente Foro Económico Mundial que celebró su reunión anual en Davos-Klosters del 19 al 23 de enero de 2026, en un momento en que la IA se ha convertido en la gran obsesión empresarial del año.
Un momento ideal para que Grant planteara la pregunta que muchos directivos y mandatarios parecen evitar: si una parte creciente del trabajo del conocimiento, del trabajo de servicios e incluso de la manufactura puede ser alterada o sustituida por sistemas de IA y robots, ¿qué plan real existe para que esas personas sigan siendo empleables?
La gran duda que ya se cuela en Davos
Lo más revelador de Davos, analizado en Business Insider, no es solo la frase de Grant, sino el ambiente que la rodea. En varias conversaciones con directivos y responsables de recursos humanos, la conclusión era parecida: la IA todavía no ha demostrado, al menos de forma generalizada, las enormes ganancias de productividad que prometía.
Sin embargo, las empresas siguen comprometidas con esa transformación y ya están pensando en cómo rediseñar plantillas, procesos y estructuras internas. Puede que el gran ahorro laboral no haya llegado del todo, pero muchas compañías ya se preparan para ese escenario. ¿Y los países? Porque, según apuntan muchos con lógica, aunque luego no sea para tanto, mejor tener un plan para implementarlo ante, por otro lado, una mayor probabilidad de que sí lo sea.
El discurso corporativo sobre la IA suele presentarse como una historia de eficiencia, modernización y competitividad. Lo que Grant pone sobre la mesa es el después, qué pasa cuando los sistemas empiezan de verdad a reemplazar tareas a gran escala. Qué ocurre con los trabajadores desplazados y qué efectos tiene eso en la cohesión social. Grant "baja" a tierra, a lo incómodo.
Su crítica no va contra la tecnología en sí, sino contra la falta de pensamiento a largo plazo de muchos líderes empresariales.
La señal que llega desde las empresas
El contexto actual refuerza esa preocupación. A finales de febrero, Block anunció más de 4.000 despidos, cerca del 40% de su plantilla, en una reestructuración ligada al uso de IA. Reuters informó además de que las acciones de la compañía llegaron a subir alrededor de un 25% tras el anuncio, una reacción del mercado que muchos leyeron como una validación de esa lógica: menos empleo, más eficiencia esperada, mejor recibimiento bursátil.
Ese caso encaja de lleno con la inquietud de Grant. Si el mercado premia los recortes vinculados a automatización y si los equipos directivos ya están rediseñando sus compañías con esa mentalidad, la discusión deja de ser teórica. Pasa a ser una cuestión política, laboral y social de primer orden. Porque una cosa es usar la IA para ayudar a un empleado a trabajar mejor y otra muy distinta utilizarla para justificar una reducción estructural de plantillas.
No es solo empleo, es paz social
La parte más potente de la frase de Grant es que une dos términos que muchas empresas todavía separan: empleo y malestar social. No habla solo de puestos destruidos, sino de las consecuencias colectivas de una transición mal gestionada. Si millones de trabajadores sienten que pierden estabilidad, utilidad o futuro, el problema deja de estar dentro de la empresa y se traslada a toda la sociedad.
Para otros, no será para tanto e incluso positivo para aquellos que odiaban los trabajos y pueden dedicarse a algo que les llene o simplemente disfrutar, eso sí, dentro de sus posibilidades, si solo tienen la posible renta básica universal. Un subsidio vitalicio para cubrir las necesidades básicas en un mundo donde el trabajo será a medio plazo muy especializado, y a largo, incluso opcional para los más preparados. El problema es si la sociedad lo admitirá.
La cuestión de fondo ya no es si la IA cambiará el trabajo. Eso se da casi por hecho. La cuestión es cómo se gestionará ese cambio, quién asumirá el coste y qué responsabilidad aceptarán los líderes que hoy impulsan esa transformación.
